RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
Punto de Vista
Si la familia va bien,
la sociedad también
El día 15 de mayo se ha celebrado el Día internacional de las familias. Parece obligado aprovechar esta celebración para recordar algunos aspectos que afectan directamente a la institución familiar. En la reciente Asamblea Plenaria de los obispos españoles, decía el cardenal Rouco, como Presidente, que en la crisis de la familia se halla una de las raíces más hondas de la crisis social que se manifiesta luego en esos otros fenómenos que golpean de modo más llamativo y sangrante nuestra sensibilidad y nuestras vidas.

Entre otras manifestaciones, pueden citarse los frecuentes malos tratos, las rupturas de no pocos matrimonios, la legislación contraria a la protección de la familia y la agresión a la vida humana en sus comienzos, en su desarrollo y en su ocaso, dejándola fría y sin amor. Por su enorme repercusión en la sociedad, las cuestiones referentes a la familia no son simplemente cosas de la vida privada de los ciudadanos, como a veces se dice. La cuestión de la familia es una cuestión social de primer orden. Si la familia va mal, la sociedad irá mal. La afirmación en positivo es igualmente cierta.

El legislador tiene la grave obligación de proteger al matrimonio y a la familia en todo lo que le afecte, porque en ellos se basa el presente y el futuro de la sociedad. Por eso sería un grave error que determinadas costumbres —por ejemplo, las parejas de hecho— sean abordadas con soluciones que pongan de algún modo en cuestión al matrimonio como institución configuradora de la familia y de la sociedad, afirma también el cardenal. Pueden buscarse soluciones, pero sin equiparar en el derecho lo que no es equiparable por tratarse de realidades claramente distintas.

Otro aspecto de primer orden hoy es la crisis de paternidad (y maternidad). Como escribe el Prelado del Opus Dei en su libro Itinerarios de vida cristiana, la paternidad y la maternidad se han convertido así en valores en baja, poco atractivos (…) Generar a un hijo no se considera ya algo indiscutible bueno y deseable, sino una opción entre otras muchas posibles. Y los motivos no son sólo económicos, sociales, etc. Hay con frecuencia otra razón más personal y profunda: para algunas personas, el arquetipo humano dominante, el ideal al que se aspira, es ser una persona autosuficiente, desvinculada de cualquier forma de dependencia o condicionamiento. Es necesario descubrir de nuevo el gran valor de la paternidad, y también el de la filiación, que hoy algunos, en aras de una vida adulta y autosuficiente, no valoran, apunta monseñor Echevarría. Si se pierde el sentido de la filiación, se oscurece la verdadera identidad de uno mismo y se pierde también la ilusión de transmitir a otros el don recibido. Y si se pierde el sentido de la paternidad, no se agradecerá y no se valorará lo que significa poder participar en la obra creadora de Dios a través de la procreación, pues la generación —escribía Juan Pablo II en la Carta a las familias en 1994— es la continuación de la creación.

Juan Moya