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La vida humana ha sido interpretada como un viaje: somos peregrinos en un universo y en una historia tan maravillosa como dramática. Podemos sentirnos arrojados en este planeta, invitados involuntarios de una realidad un tanto inclemente. Podemos experimentarnos como anónimos y perdidos transeúntes en un mundo urbano lleno de signos y de voces que no hacen sino aumentar nuestra desorientación.
Cualquier señal que nos informe sobre un sentido para el camino será, por esta razón, bien acogida. Siempre me ha parecido que la revelación cristiana abre una imagen de Dios original, sumamente atractiva: Dios es comunión, que en su unidad divina alberga una pluralidad de personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son los tres rostros de un único Dios que se dona a la Humanidad y se presenta como su compañía de viaje. El caminar humano no es un tránsito a la intemperie: este Dios se le muestra como su horizonte de marcha definitivo. Además se muestra en todos los territorios por los que el hombre camina: naturaleza, familia, sociedad, arte, técnica y la misma muerte. Todos son lugares en los que existe una posibilidad de encuentro con Aquel al que hallará al final de su camino. La fe cristiana dice: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El cristianismo no es sólo un mensaje, sino una vida. No afecta sólo a la mente, sino que nos hace dar un salto cualitativo en el orden del ser. El Padre da la vida al Hijo, que la transmite por el Espíritu Santo a los que la reciben: ésa es la realidad que lo transforma todo. Ciertamente es un misterio grande el de la Santísima Trinidad y tenemos que tener cuidado al hablar de lo que atisbamos e intuimos de él a través de las palabras de Jesús. Pero hay algo que podemos decir con rotundidad: que nuestro Dios es un misterio de amor y que su más íntima realidad es ser relación, y relación amorosa, entre las personas del Padre, el Hijo y el Espíritu. ¡Cómo no va a serlo hacia nosotros cuando Él se revela y se acerca a nosotros! + Braulio Rodríguez Plaza |