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Con esa costumbre de atribuirse todo lo bueno que en este mundo ha sido desde el Diluvio universal, comenzando por el arco iris y concluyendo con la última subvención, ha sido común que se escuchara que la cultura de la solidaridad en la que, supuestamente, estamos inmersos se debe también al esfuerzo histórico de las izquierdas. De ser así, nuestra historia nacional ha debido de ser un inconsolable valle de lágrimas, dado que el partido socialista fue una formación raquítica hasta bien entrado el siglo XX y que el comunista no llegó a tener fuerza hasta el estallido de la guerra civil. La realidad guste o no admitirla es que conceptos como los de ayuda social, solidaridad o atención a los más necesitados tienen sus verdaderas y únicas raíces en el cristianismo.
Hasta el siglo I, el único pueblo que se permitía practicar la ayuda a viudas y huérfanos e incluso dedicar fondos a los pobres era Israel, pero incluso en ese caso semejante comportamiento se hallaba restringido, por regla general, a los propios y negado a los extraños. Fue precisamente Jesús el que cambió ese punto de vista universalizándolo. A diferencia de esenios o fariseos, Él mismo había enseñado que había que invitar a las comidas a los enfermos e indigentes; había dado de comer en todos los sentidos a las multitudes; se había compadecido de las viudas e incluso había señalado a sus discípulos que siempre tendrían con ellos a los pobres. |
| La Iglesia cristiana de Jerusalén la pastoreada por los doce apóstoles nombrados por Jesús directamente articuló un sistema asistencial que se encargaba de necesitados de la más diversa extracción. En cuanto a Pablo de Tarso, dedicó un lugar nada despreciable de sus epístolas a referirse al cuidado de las viudas y a las colectas destinadas a los pobres. Fueron los primeros pasos.
En el siglo III, la diócesis de Roma sostenía ya a millares de viudas indigentes, fomentaba la liberación de esclavos y recogía criaturas abandonadas por una sociedad que consideraba estúpido quedarse con hijos no deseados. En el curso de las décadas siguientes quedó repetidamente de manifiesto que, si alguien iba a atender a los enfermos en medio de las más terribles epidemias, ésos serían los cristianos. Como reconocía desesperado el emperador Juliano el apóstata, los perversos galileos no sólo atendían a sus enfermos e indigentes sino también a los nuestros y, de esa manera, dificultaban enormemente la labor de repaganización de la sociedad imperial. Se trataba sólo del inicio, porque en los siglos sucesivos cristianos de las más diversas extracciones crearon los primeros hospitales y lazaretos y las primeras escuelas públicas; defendieron a los indígenas de las tierras recién descubiertas contra la opresión o se enfrentaron resueltamente al tráfico de esclavos. Lo que impulsó desde el primer momento aquellas acciones no fue ni la posibilidad de adquirir cuotas de poder social, ni el señuelo de las subvenciones gubernamentales para organizaciones no gubernamentales, ni la captación de votos ni la creación de una clientela política mediante el establecimiento de nuevos puestos de funcionario. Se movían como se siguen moviendo en la actualidad por obra y gracia de un impulso diferente. Como había escrito con anterioridad Pablo de Tarso, era el amor de Cristo que había muerto por todos cuando aún eran enemigos de Dios el que los empujaba a amar hasta el límite. Por eso, han continuado, anónimos pero no inútiles, desconocidos pero no ociosos, hasta el día de hoy. Por eso, proseguirán el día de mañana. Porque su impulso no deriva de la acción política del día a día sino del Amor que creó el Cosmos y se encarnó para morir en una cruz por todo el género humano. A cada uno lo suyo. César Vidal |