RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioEspañaContinuar
En la muerte de LaínEntralgo
La última lección de don Pedro
El escritor y académico don Pedro LaínEntralgo, uno de los mayores y más prestigiosos intelectuales
españoles del siglo XX, ha muerto enMadrid. Había nacido en Urrea de Gaén (Teruel) en 1908;
tenía, pues, 93 años. Era miembro de las Academias de la Lengua, de la Historia y de la Medicina,
y autor de una amplísima obra reconocida con numerosos premios, entre ellos, el Príncipe de Asturias
de Humanidades, en 1989. Fue Rector de la Universidad de Madrid y estaba considerado
como uno de los pensadores católicos más importantes de la España contemporánea
En estas horas emocionadas y hondas pienso que he tenido el privilegio de haber acompañado, con cierta asiduidad, a don Pedro Laín en este tramo final de su existencia. El testimonio que voy a dar podrían compartirlo algunos discípulos o amigos suyos —Agustín Albarracín, Olegario González de Cardedal, Pedro Cerezo Galán, el obispo Eugenio Romero…— En los últimos meses y con una enfermedad cuya gravedad crecía lenta y progresivamente, don Pedro Laín hablaba de su propósito de dar tres conferencias en el ámbito del Colegio Libre de Eméritos —en el que en noviembre de 1999 había dado cuatro lecciones bajo el título de La empresa de envejecer —conferencias en las que pretendía desarrollar un tema ya tratado en su libro Cuerpo y alma, publicado en 1992. En las últimas veinticinco páginas de ese libro, reflexionaba Laín sobre la muerte. Era consciente, y así lo confesaba, de que la senescencia ha comenzado a deshacerme; aunque me permita vivir y trabajar, mi cuerpo no es lo que era. Soy el mismo, sí, pero de modo cada vez más caduco, "idem sed aliter" hasta mi última hora.
Y enunciaba su reflexión en torno a La muerte es un hecho, puede ser un acto y con gran frecuencia da lugar a un evento. No pretendo aquí y ahora resumir esas reflexiones, ni las expuestas en los dos apartados siguientes del libro, a su vez titulados ¿Aniquilamiento o resurrección? y Antropología de la resurrección. Si hago referencia a estas páginas, es por citar las palabras finales por cuanto encierran de confesión y testimonio. Tras dos líneas en que dice: Debo terminar volviendo a lo más hondo de mí mismo. Desde el centro de mi vida me situó mentalmente ante el hecho muerte, en las líneas finales del libro declara: Y si mi muerte, como hondamente deseo, me permite hacer de ella un acto personal, si no es la súbita consecuencia de un accidente fortuito, al sentirla llegar diré en mi intimidad: "Señor, ésta es mi vida. Mírala según tu misericordia".

¿Qué deseaba decir el maestro Laín Entralgo en esas tres lecciones que proyectaba dar en el Colegio Libre de Eméritos? ¿Qué había florecido en su espíritu al hilo de su experiencia personal por el desgaste que en su cuerpo iba produciendo la enfermedad? Esas lecciones ya no serán dichas ni escuchadas. Sí nos queda, como última lección, la de su serenidad espiritual y su aceptación del cansancio y del dolor. Mi horizonte es la muerte, le oí decir hace dos meses, y hacia ese horizonte caminó preparándose como el buen cristiano que fue siempre. Cuando el obispo auxiliar Eugenio Romero le propuso recibir, tan pronto como el 21 de marzo, la Unción de los Enfermos, lo aceptó con paz y gozo. Y, por cierto, en la breve conversación posterior volvió a expresar su deseo de dar las tres lecciones a que me he referido. Y semanas más tarde, y consciente del avance de sus dolencias, hizo llamar a un agustino recoleto de la parroquia de Santa Rita, conocido suyo, para que le confesase.

Sus lectores, los que hemos conocido sus enseñanzas en libros como La espera y la esperanza, Teoría y realidad del otro, Sobre la amistad, La generación del noventa y ocho, A qué llamamos España, sabemos bien en qué medida ha sido Pedro Laín Entralgo un sabio verdadero, un egrerio católico intelectual, como testimonió la Universidad Pontificia de Salamanca al investirlo doctor honoris causa en noviembre de 1996. Reconocimiento, gratitud y oraciones deben ser nuestra ofrenda en esta hora de la verdad última.

Antonio Lago Carballo