RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioLa fotoContinuar

El precioso legado
del Beato Juan XXIII

El domingo pasado, el Papa Juan XXIII recibió otra vez el abrazo de la gente en la plaza de San Pedro del Vaticano. Cincuenta mil personas vivieron momentos únicos. Muchos de los presentes, de edad avanzada, habían conocido a Juan XXIII y no se hubieran perdido aquellos minutos por nada del mundo. La exposición de los restos mortales del Papa que convocó el Concilio Vaticano II fue querida explícitamente por Juan Pablo II, con un objetivo muy preciso: agradecer de manera pública su testimonio de santidad. Para explicar un gesto así, el mismo Pontífice prefirió citar aquellas palabras textuales que solía pronunciar el Papa Angelo Roncalli al visitar las tumbas de los mártires o de los Papas sepultados en la basílica vaticana y sus grutas: En ocasiones, las reliquias de sus cuerpos han quedado reducidas a pocos huesos, pero en ellas sigue palpitando su recuerdo y oración.

Esta expresión del Papa Juan, aclaró Juan Pablo II, avalada por el ejemplo luminoso de su existencia, pone de manifiesto la importancia de la opción por la santidad como camino privilegiado de la Iglesia a inicios del nuevo milenio. La generosa voluntad de colaborar con el Espíritu en la santificación propia y de los hermanos es la condición previa e indispensable para la nueva evangelización. Este último es el objetivo fundamental que se ha planteado el actual obispo de Roma en sus casi 23 años de pontificado. Y en esto aquel Papa era un maestro. Algunos de los presentes en la plaza de San Pedro recordaban todavía aquella noche en que sus padres, conmovidos, les dieron una caricia de parte del Papa Juan, como él mismo se lo había pedido. Otros eran hijos de aquellos presos de la cárcel del Regina Coeli de Roma, a quienes visitó el Pontífice en 1958 para decirles: He venido, me habéis visto, he puesto mi mirada en vuestra mirada, mi corazón en vuestro corazón…

En la ceremonia estaba presente sor Caterina Capitani, de Agrigento (Italia), quien quedó curada de manera inexplicable de un tumor mortal, según constató una comisión científica, después de haber pedido la intercesión de Roncalli. Aquel milagro sirvió para que pudiera ser elevado a la gloria de los altares, el 3 de septiembre del año pasado. Sólo la santidad de vida de un anciano que había sido escogido como Papa de transición explica la locura del Vaticano II, el acontecimiento más importante para la Iglesia en el siglo XX, que trajo una renovación imposible de imaginar en aquellos años y cuya vigencia, así como la del Papado, quiso explícitamente subrayar Juan Pablo II, quien reconoció que había querido exponer a la veneración los restos del Papa bueno, pues la Iglesia ha descubierto en el Jubileo del año 2000 la gran novedad de aquel Concilio por él querido, a pesar de muchas oposiciones, retomando numerosos aspectos tanto de doctrina como de método. El reciente Consistorio extraordinario ha vuelto a plantear su actualidad y riqueza para las nuevas generaciones cristianas, recordó. Ahora, los restos del Beato Papa Roncalli pueden ser visitados en el altar de San Jerónimo, su preferido de la basílica de San Pedro. Tras el domingo pasado, la canonización de Juan XXIII parece estar mucho más cerca