RetrocesoA&ONº 263/7-VI-2001SumarioMundoContinuar
El Papa, preocupado por Chiapas (México)
Los indígenas, problema pendiente
Jesús Colina. Roma

Juan Pablo II pide al segundo país católico del mundo que realice una purificación de la memoria que lleve a la construcción de un nuevo México, crisol de culturas, en el que se reconozca la dignidad de todo indígena.

La candente cuestión de los derechos de los pueblos indígenas en México, que ha encontrado su crisis más dramática en el conflicto estallado en Chiapas en 1994, al levantarse en armas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, se convirtió en el centro del discurso que Juan Pablo II pronunció ante el nuevo embajador de ese país ante la Santa Sede, diplomático nombrado por el nuevo Gobierno de Vicente Fox, quien llegó al poder el pasado 1 de diciembre rompiendo una serie de más de setenta años de Gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

En el segundo país con el mayor número de católicos del mundo (el 90% en una población que acaba de superar los cien millones), los indígenas constituyen, según las estadísticas, casi el 30 por ciento de la población. Sin embargo, es prácticamente imposible ver un rostro indígena en la vida política, económica, social, o incluso en la televisión. En los pueblitos de algunos Estados, como sucede precisamente en Chiapas, el indígena tiene que cambiarse de acera cuando se cruza con un blanco (9% de la población) o mestizo amerindio-español (60%).

LAS DOS TENTACIONES

Una situación, ésta, por la que Juan Pablo II manifestó públicamente su preocupación el pasado 19 de mayo, cuando el nuevo hombre de Fox en el Vaticano presentó sus cartas credenciales al obispo de Roma. Constató que, ante este panorama, se dan en ocasiones actitudes contrastadas que, considerando el encuentro de culturas como una desgracia, han preferido una en detrimento de la otra.

Algunos, con objeto de proteger el indigenismo, han insistido en ideologías basadas en una lectura desenfocada de la Historia, aclaró. Estas tesis han dado lugar a experiencias sumamente aisladas que han caído en la tentación de crear una especie de reducciones folclóricas, de interés para los turistas, en las que se han tratado incluso de recuperar las religiones precolombinas que dejaron de practicarse hace siglos.

En la Iglesia, como denunció Juan Pablo II en el avión rumbo a México, en enero de 1999, esta tentación también ha echado raíces. Corrientes marxistas de la teología de la liberación evolucionaron en la segunda mitad de los años noventa tratando de crear una especie de reducciones de este tipo dentro de una Iglesia indígena autóctona, en oposición frontal a una Iglesia no indígena.

Otros, por el contrario —denunció el Papa—, han ensalzado los valores aportados desde fuera como lo único válido y genuino. Ésta fue la gran tentación de buena parte de los Gobiernos del PRI que veían en la comunidad indígena una bola encadenada a la pierna del progreso económico del país. Por otra parte, se trataba de votos fáciles para ese Partido, con una condición: mantenerles alejados de un sistema de educación digno de este nombre.

PURIFICACIÓN DE LA MEMORIA

Ante ese panorama —afirmó el Papa— es ineludible llevar a cabo una purificación de la memoria y hacer una valoración de la identidad mestiza, a partir de dos culturas que se fundieron, y que tiene una enorme potencialidad de futuro si está reconciliada consigo misma. De esta forma se podrá alcanzar una identidad saneada que asuma con gozo y con esperanza las dos raíces de su peculiaridad actual.

Para ello hay que ir madurando, sin ningún tipo de demora, en el aprecio de la dignidad de lo indígena —exigió el Pontífice ante el embajador mexicano en el Vaticano, Fernando Estrada Sámano—. En el conjunto de la pluralidad y de la plurietnicidad de México se encuentra esta raíz que influye en la religiosidad y en la identidad nacional.

Si se logra conocerse mejor, se reforzará más la conciencia de ser hermanos dentro de la gran familia mexicana, aconsejó el Pontífice, quien aseguró que el futuro de ese país de riquezas humanas y naturales sorprendentes depende de un diálogo en el que nadie quede excluido y acomune aún más a todos sus habitantes, a los creyentes fieles a su fe en Cristo y a los que están alejados de Él.

Sólo el diálogo fraterno entre todos dará vigor a los proyectos de futuras reformas, auspiciadas por los ciudadanos de buena voluntad, pertenecientes a todos los credos religiosos y a los diversos sectores políticos y culturales, concluyó.