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El pasado 7 de mayo se celebró la consagración de dos vírgenes seglares, Carmen Lara y Carmela Calvo, quienes, de este modo, entraron en el Orden de las Vírgenes en la Iglesia diocesana de Madrid. No se trata de una profesión religiosa o de la emisión de unos votos, sino de una forma primitiva de consagración a Dios que el Concilio Vaticano II ha retomado con nueva fuerza, como se establece en el canon 604, del nuevo Código de Derecho Canónico: En el Orden de las Vírgenes, que, formulando el propósito santo de seguir más de cerca de Cristo, son consagradas a Dios por el obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia. Son seglares consagradas en fidelidad constante a Dios y bajo la dependencia del obispo. En la oración solemne consecratoria, el obispo dice: Así, sin menoscabo del valor del matrimonio y sin pérdida de la bendición que ya al principio del mundo diste a la unión del hombre y la mujer, algunos de tus hijos, inspirados por ti, renuncian a esa legítima unión, y, sin embargo, apetecen lo que en el matrimonio se significa; no imitan lo que en las nupcias se realiza pero aman lo que en ellas se prefigura. Se les entregan las insignias de la virginidad consagrada: anillo, velo y libro de la Liturgia de las Horas, pidiéndoles que guarden siempre fidelidad a Cristo y oren a Dios por el mundo entero.Bernardo Santos Sedano |
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LA VIRGINIDAD CONSAGRADA, UNA VOCACIÓN PARA LA ENTREGA
Me buscaréis y encontraréis, si me buscáis de todo corazón. Me dejaré encontrar, y cambiaré vuestra suerte. Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Doy gracias a Dios, porque estas frases de la Escritura se han hecho experiencia viva en mí. En mi búsqueda de la verdad, Jesucristo me ha salido al encuentro, se me ha dejado encontrar. Con alegría quiero agradecer al Señor mi vocación a la virginidad consagrada, como seglar, en la archidiócesis de Madrid y pertenecer al Orden de las Vírgenes. En este acontecimiento he podido comprender la frase de san Pablo: Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, y vivir el misterio pascual de Cristo, pues por Él, con Él y en Él, en el Bautismo pasé de la muerte a la Vida, y ahora en la consagración en virginidad deseo vivir, con la gracia de Dios, la plenitud del Bautismo. En Jesús, crucificado y resucitado, he encontrado la luz, la verdad y la libertad de los hijos de Dios, en Él que es el Camino que lleva a la vida. En la paradoja de perder fui ganada y he encontrado la plenitud. Así, en esta consagración quiero expresar, como san Pablo: Para mí la vida es Cristo, es más, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, y pido a la Virgen María que, como Ella, dócil a la voluntad del Padre, deje que el Espíritu configure en mi ser a Jesús, para que pueda revelar el Amor de Dios a todos los hombres. Esta experiencia de vida es la que me ha llevado a plantearme que Él me llamaba, que era su voluntad entregarme totalmente a Él, siguiendo sus huellas, para Dios y para los hombres. Cuando, en la liturgia de consagración de vírgenes, a la pregunta del cardenal Antonio María Rouco, mi obispo y pastor: ¿Queréis perseverar, todos los días de vuestra vida, en el santo propósito de la virginidad, al servicio de Dios y de la Iglesia?, respondía públicamente: Sí, quiero, formulé mi deseo de ser desposada con Jesucristo, vivir con total disponibilidad a la Iglesia, entregándome ahora a mis hermanos enfermos, especialmente los terminales, y alimentar mi vocación y mi amor a Dios y a los hombres ante la presencia real y verdadera de Jesús en la Eucaristía. Quienes nos contemplaban, vieron que objetivamente renunciábamos a unos bienes lícitos: formar una familia, tener unos hijos Sin embargo, esto no lo experimentamos sólo como una renuncia, sino que, en la perspectiva interior y profunda de un horizonte inmenso, lo vivíamos como una entrega, pues nos abríamos a la familia universal de todos los hombres en Cristo, quien nos impulsa a entregarnos como Él mismo. La virginidad consagrada en una vocación a vivir en el Amor en actitud de gratuidad, portando en frágiles vasijas de barro lo que Él por su gran misericordia depositó, como puro don, en nuestros corazones, para saciar la sed de Amor y de plenitud de tantos hombres y mujeres. Gracias, Señor. Carmen Lara |
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UNA LLAMADA DESDE LA CRUZ
Me conmueve profundamente pensar que, desde toda la eternidad, Dios me pensó y me guardó en su corazón reservándome sólo para Él, como un presente, como expresión de su Amor hacia su Hijo. Por eso, al consagrar a Dios mi vida, mi alma y mi corazón, tengo la certeza interior de poder decir como Jesús, con emocionada acción de gracias: Yo para esto he nacido, para esto he venido al mundo. Siento en mi corazón la llamada a abrazar la Pasión de Jesús, a entrar en aquel misterio redentor por el que Él dio la vida al mundo, a permanecer junto a Él, como María, en el instante de la Cruz. Desde la Cruz me he sentido profundamente amada por Dios, y ahora mi alma sólo anhela poder confesarle también su amor y corresponderle con un amor semejante. Algo me dice en mi interior que sólo penetrando en el misterio de la Cruz mi alma hallará la paz que desea y podrá comprender el grande y eterno Amor de Dios hacia mi vida. Y siento que desde ella se me llama, se me invita a revivirla en mi corazón, participando de los mismos sentimientos de Jesús. Esta llamada halla respuesta en mi corazón por tres cauces: en el silencio de la oración y la adoración de la Eucaristía, memorial vivo de la pasión de Jesús, que Él nos dejó en el tiempo de su ausencia, donde poder meditar, contemplar y amar este misterio, uniéndome a su súplica a favor del mundo; en el ejercicio de la caridad y la atención a los pobres, en cuya carne permanece viva la pasión de Jesús; y en la soledad, el dolor y el abandono de los caminos, voluntariamente asumidos por Amor, para vida del mundo y de la Iglesia, donde todo se recibe de Dios, y donde todo trae al corazón la noticia de su Amor, convirtiéndose así en un precioso lugar de encuentro con Dios, en el que es Él quien establece la medida de lo que hemos de sufrir por amor suyo y del mundo. Sé bien que mi alma no puede nada y que no está en mi mano amar de esta manera, por eso sólo puedo ofrecerme a Dios en cuerpo y alma, suplicándole su gracia con la esperanza de que sea Él quien lleve a término el deseo que un día hizo nacer en mi corazón, siempre por medio de María, a quien he encomendado toda mi vida y la realización de esta llamada, que nadie como Ella cumplió junto a la Cruz. Carmela Calvo |