RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver oír... y contarlo
La cultura, al ostracismo
J. F. Serrano Oceja
pserrano@planalfa.

El ostracismo de condenar los programas culturales, en la programación televisiva, a los canales temáticos, y la fascinación por lo temático, propia de la fragmantación postmoderna, es similar a la reducción de la vida de fe al ámbito de la conciencia individual. Jérôme Garcin, en el suplemento cultural del diario El País, Babelia, el pasado sábado, entrevistaba a Bernard Pivot, mago de las letras sobrepuestas a caligrafía de imágenes, quien confesaba que soy muy pesimista respecto al futuro del libro en las grandes cadenas generalistas, sometidas a la ley de los índices de audiencia y al frenesí esquizofrénico del zapping. Además, pienso que todo lo que tiene que ver con la cultura quedará relegado a la periferia y arrinconado, al igual que la caza y la pesca, a los canales temáticos o por cable. La multiplicación del número de cadenas ha inaugurado una televisión segregacionista, de la que el libro será la víctima, al dejar de ser el elemento unificador por el que tanto he luchado.

El problema no es la televisión, sino el circo que se monta en la marea de la fagocitación televisiva. Tomemos, por caso, el tan traído y llevado caso de Joaquín José Martínez. Encarna Jiménez, en el diario Libertad digital, Http:/www.libertaddigital.com/, escribe: La puesta en libertad de Joaquín José Martínez, después de tanta movilización mediática y política, tenía que desembocar en el monstruoso circo del mercado televisivo. El ex condenado a muerte, que podría ser un angelito, pero en todo caso un bastante equivocado, se ha convertido en una estrella que se disputan las cadenas privadas. En esta ocasión la que ha corrido más ha sido Antena 3, que ha encontrado en la familia Martínez su particular, desembolsando una buena cantidad para ofrecer, en , un de los que animan las audiencias y desaniman a quienes todavía recuerdan lo que es el pudor. Los ingredientes del éxito de la historia de Joaquín José son infalibles: unas buenas dosis de antiamericanismo, porque ellos aman la muerte y los españoles defienden la vida; un canto a la familia, pero la española, la del padre y la abuela, siempre con el caldito de cocido preparado; y una ración de buenas intenciones canalizadas a través de una ONG que, en poco tiempo, puede convertirse en una plataforma para administrar las ganancias de las exclusivas y otros bolos de Martínez y Cía.

Nadie piense que nos vamos a alinear, que no a alienar, en el bando de los apocalípticos de Umberto Eco. Lo que queremos es decir, decir con claridad, algunas cosas, que ya no se dicen. Por ejemplo, César Alonso de los Ríos, en el diaro ABC, el viernes día 8 de junio, escribía, en una columna titulada Sardá, el GranHermano y la hipocresía: Lo que vincula metodológicamente a y a es la apuesta por la sinceridad brutal, por la plena desinhibición. Es verdad que ambos programas son muy distintos, en la medida en que el primero de ellos está montado sobre una dramatización esperpéntica (pretexto creativo con el que Sardá quiere escapar a las acusacines de encallanamiento), mientras el segundo está presidido por el naturalismo hasta la náusea. Pero, como digo, los dos se presentan como una batalla contra la hipocresía. Pero ya lo dijo Nietzsche: nada más hipócrita que la eliminación de la hipocresía.

El diario El Mundo publicó el jueves 7 del presente mes un extenso, interesante y polémico artículo del pensador francés Jean Baudrillard, con el título El polvo experimental, que comienza con la siguiente afirmación, síntoma de la cultura de nuestro tiempo: Toda nuestra realidad se ha vuelto experimental. En ausencia de destino, el hombre moderno se ha lanzado a una experimentación sin límites sobre sí mismo.

Es curioso, o paradójico, que Hans Magnus Enzensberger llegue a similares conclusiones en su artículo Golpistas en el laboratorio, publicado el domingo en el diario catalán La Vanguardia. Sobre su reflexión acerca de la moralidad de las investigaciones científicas, establece un conmigo no, acompañado de las siguientes consideraciones: Cada vez se hace más clara la posición hegemónica de unas pocas disciplinas que disponen de recursos decisivos, como dinero y atención, mientras que otras —como la teología, la literatura, la arqueología y, desgraciadamente, también la filosofía— sólo desempeñan un papel marginal, cuando no decorativo. Se las tolera y se las aprecia por ese carácter inofensivo que les adjudica el Estado y el poder económico. Es seguro que en esta situación no cabe esperar de ellas promesas utópicas (...) Nunca la Humanidad se ha liberado voluntariamente de sus fantasías de poder absoluto. Sólo cuando la hidra haya hecho su camino se tomará conciencia, a la fuerza, de los propios límites, probablemente a un precio catastrófico. Entonces volverá a tener también su oportunidad una ciencia que respetamos y con la que podemos vivir.