RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioContraportadaContinuar
El milagro del Cebreiro
Los romanos fueron quienes abrieron una vía de acceso a Galicia a través del puerto de Piedrahita del Cebreiro, de 1.109 metros de altitud. Desde allí, todo el contorno es un horizonte de montes que se pierden en una policromía de verdes, azules, rosas de piedra y roca. En el otoño el paisaje se viste de un tono dorado, y en el invierno la nieve cubre de blanco muchos días el pequeño monasterio, las pallozas y las casas de piedra.

Los romanos supieron de este camino… Después los siguieron, paso obligado para ir de Castilla a Compostela, pueblos de diversas razas, peregrinos de la fe en romería siguiendo el camino trazado en el cielo por la Via Láctea o Camino de Santiago. Por allí pasaron reyes y príncipes, santos y pecadores, guerreros y gentes de paz. Pasaron y siguen pasando, pues siempre hay razones para ir a Compostela, ganar el Jubileo y postrarse ante el cuerpo del Apóstol descubierto por una estrella. Siguen las peregrinaciones con la alegría de descubrir pronto el Monte del Gozo y sumergir los pies cansados en el río Lavacolla.

Un día del siglo XIV —otros dicen que en el siglo XIII—, en el que la nieve borraba los caminos, un vecino de Barxamaior, labriego, sintió el deseo de oír misa y, sin reparar en el tiempo que hacía y el difícil camino, se dirigió al monasterio del Cebreiro; el frío no le contiene, la tormenta de nieve desencadenada le da fuerzas. Por fin llega al templo, cansado y empapado, sin apenas aliento. Un monje de Aurillac menosprecia el sacrificio del campesino, se mofa del esfuerzo realizado y le dice que una misa no merece tanto. La falta de fe del monje se estrella ante la firmeza en la fe del campesino. Nada replica al monje que se burla, calla; pero, en el fondo de su corazón, hay como una alegría nueva recién nacida.

Comienza la Santa Misa. El monje que la oficia, y que se burló del campesino, no ha olvidado el incidente. En el momento de la Consagración el monje percibe asombrado, cómo la Hostia se convierte en carne sensible a la vista, y el vino que contiene el Cáliz, en sangre… En sangre que hierve, rebosa el Cáliz, y tiñe los corporales. El monje no sabe qué decir, y como un nuevo santo Tomás murmura, arrepentido: Señor mío, y Dios mío

Los cuatro o cinco testigos que están en el templo han contemplado el prodigio. El campesino de Barxamaior comprende el premio que tuvo su sacrificio y el monje lamenta su falta de fe.

El prodigio se difundió de pueblo en pueblo de Galicia, y de nación en nación por toda Europa. Los romeros que iban a Compostela desviaban un momento su camino para ir al Cebreiro y saber del milagro, donde se había producido. Siglos después, el Cebreiro y su milagro influirían en la ópera Parsifal de Ricardo Wagner.

En el año 1486 llegaron al Cebreiro, peregrinos a Compostela, los Reyes Católicos, hospedándose en el monasterio. Querían conocer qué había sucedido en la Santa Misa, querían saber del prodigio. Los monjes les mostraron los corporales con la sangre que había quedado en el Cáliz y la Hostia en la patena. Como recuerdo de la visita donaron el relicario donde se ha guardado el milagro hasta nuestros días. El cáliz del Cebreiro es el mismo que figura en el escudo de Galicia.

Camino de Santiago empedrado de estrellas, camino que han hecho las sandalias de ángeles peregrinos… En bulas pontificias de los Papas Inocencio VIII y Alejandro VI se hace extensa mención de este milagro. El monasterio y el mesón-hospital de peregrinos fue creado en el año 836. En el año 1072, Alfonso VI puso al frente del monasterio a los monjes franceses de Aurillac, unidos al Cluny. Uno de estos monjes fue el protagonista de este relato.

En la capilla del Santo Milagro, los mismos coetáneos de los protagonistas del milagro, monje y campesino, les prepararon unos sencillos mausoleos.

En el puerto de Piedrahita del Cebreiro está el paisaje mudo, y el silencio se ha quedado dormido, a decir del poeta Alejandro Casona.

A. J. González Muñiz