RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioCriteriosContinuar
Iglesia y cultura, al servicio del hombre
En esta hora compleja de la Historia, en la que es tan difícil entrever el futuro, y el horizonte de la Humanidad se cubre de nubes, todo parece invitar a una nueva amistad entre la Iglesia y la cultura. El punto de convergencia es el servicio del hombre, del hombre concreto, con su grandeza y sus miserias, capaz de hacer el bien y el mal, misterio para sí mismo, pero abierto estructuralmente al Misterio más grande, en el que se fundamenta su dignidad inalienable.

En su historia bimilenaria, la Iglesia ha acumulado una amplia experiencia acerca del hombre. En efecto, se ha encontrado en todas las épocas con hombres de todos los continentes, a los que desde siempre ofrece el Evangelio como respuesta a los anhelos más profundos de su corazón. Por medio de este anuncio, la Iglesia no propone una ideología, sino una persona, Jesús, en el que Dios, invisible e inefable, se manifiesta en el mundo como hombre entre los hombres. En Él se nos reveló Dios, y también se reveló el hombre a sí mismo.

Así pues, lejos de rehuir los grandes desafíos de la Historia, el anuncio cristiano está muy atento al hombre, a su situación y a su destino.

Pero, ¿acaso no coincide esta perspectiva con el interrogante fundamental de nuestro tiempo, que es precisamente el problema del hombre?

Es mucho lo que está en juego; por eso, hay que esperar que la cultura moderna se confronte valientemente con este interrogante, basándose en la fuerza de la razón, pero, al mismo tiempo, abriéndose al testimonio de la fe, que sólo el prejuicio mezquino y falaz de la cultura de los últimos siglos ha opuesto a las exigencias de la razón y a los intereses profundos del hombre.

Juan Pablo II
(Mensaje a los intelectuales de Estonia, 9-IX-1993)