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La otra noche cenaba yo con una periodista que acaba de terminar un libro basado en cincuenta entrevistas a jóvenes actores y actrices españolas. Hablando de las anécdotas interesantes de aquellas conversaciones con Penélope Cruz, Silvia Abascal, Ana Torrent, Eduardo Noriega, Sergi López..., me comentó que una de las preguntas habituales era el cómo y por qué los actores accedían a una escena de sexo.
A raíz de esto discutimos el complejo tema, y ví con claridad lo importante que es hacer una reflexión seria sobre algo que se presta tan fácilmente a la trivialización. Hay un lugar común entre las actrices y actores, que consiste en justificar su participación en secuencias de sexo explícito afirmando que el guión lo exige. Pero, ¿qué es lo que exige el guión? Probablemente, que entre Fulanito y Menganita debe existir una relación sexual. Pero la narración no impone que eso se presente en imágenes explícitas. La elipsis es uno de los recursos más apreciados del cine. ¿Por qué no usarlo en esas situaciones? Recordemos Titanic: cuando los protagonistas pasan la noche juntos, lo único que se nos muestra es una mano apoyada contra un cristal. Todo el mundo sabe, gracias a esa sencilla imagen, lo que ocurre tras el vidrio. El guión exige que se acuesten juntos y ya lo han hecho, pero sin recurrir al sexo explícito en la pantalla. En la película Vatel, de Roland Joffé, hay un importante trasiego cortesano de visitas nocturas. Es fundamental para entender la película, pero la cámara se queda siempre en la puerta de las alcobas. Economía narrativa. Algo fundamental en el buen cine: no gaste usted planos contándome lo que ya sé que está ocurriendo. Luego la frase el guión lo exige es un camelo. ¿Entonces? |
| Digamos las cosas como son en la mente del productor o director: Yo quiero sacarla a usted desnuda y entregada a las fatigas amatorias, porque eso me va a dar más dinero. Dejémonos de eufemismos. Los productores saben cómo es la condición humana, y hoy en día y siempre quizá- eso funciona a la perfección. Recuerdo el descontento social que hubo cuando se estrenó The Blackout, porque a la mayoría de la gente a la que importaba un bledo la película les dijeron que había una escena de sexo entre la Schiffer y otra mujer. Como en el montaje final se eliminó esa secuencia, el público se sintió estafado: habían ido a ver eso.
En definitiva, la actriz normalmente es ella y no él pone su cuerpo y aspectos de su sexualidad al servicio del mercado. Vaya, fuera de contexto eso suena a otra cosa. Pero seamos sinceros: hay un punto de claudicación personal, antropológica, moral o como quiera llamársele. Y ahí viene la segunda justificación: Es que el trabajo es el trabajo. La respuesta a esto se la dejo al viejo disidente del comunismo checo Belhoradski. Es lo que él llamaba la escatología de la impersonalidad. Consiste en situar tu vida profesional más allá (de ahí lo escatológico) de tu mundo de valores y principios personales; es decir, más allá de tu conciencia y de las exigencias de tu corazón y de tu razón. Más allá de tu libertad. Eso no vale. De qué sirve ganar el mundo si te pierdes. De qué vale salir en las portadas de Variety o de Premieere, si te has hipotecado a la deshumanización del Poder. Por último cabe una tercera justificación: Y a mí qué, ¿qué problema hay en que yo salga en la pantalla haciendo el amor? Fueron el comunista Pasolini y el anarquista Buñuel, de los que no consta que fueran de comunión diaria, los que hace años respondieron a esa cuestión: es mentira que no pase nada. No soy contrario al erotismo, sino a mostrar la fisiología del erotismo decía Buñuel. Y estoy en contra de esa pornografía porque creo en el amor. Además, eróticamente la pornografía es negativa porque agota todo, no tiene misterio. En cambio, apuntar lo erótico como una posibilidad, sugerirlo nada más, es mucho mejor. Y Pasolini, que filmó escenas de sexo en las antípodas de lo comercial, afirmaba: El sexo en mi cine está llamado a tener un papel metafórico horrible: la metáfora de la relación del poder con los que están sometidos a él, la reducción del cuerpo a cosa. Hay niveles de la persona que pertenecen a la esfera de lo íntimo, de lo decisivo, niveles en los que se juega lo más frágil y delicado de nuestra condición humana de acentos divinos. Quien trivializa eso, gana dinero con ello, quien lo extrae del mundo del pudor y del secreto, hace de sí mismo un medio, en vez de un fin, se instrumentaliza y da la espalda a su verdadera dignidad. Y esto sin hablar para nada de lo que se puede ver afectada la sensibilidad de cierto público. Pero también es cierto que a nadie obligan a ir al cine. Quiero terminar citando a uno de los cineastas más humanos de la historia del cine, Andrei Tarkovski: El amor es para mí la manifestación suprema de la comprensión mutua, que la representación del acto sexual no expresa. ¿Por qué no ir en ese caso a filmar en los campos a los toros cubriendo a las vacas? Todo el mundo piensa que hay censura si no se ve en la pantalla. En realidad, no es el amor lo que se muestra sino el acto sexual. Este acto sexual es para cada uno, para cada pareja, algo único. Cuando aparece en las películas es lo contrario. Juan Orellana |