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Quien más, quien menos, conserva entre sus más entrañables recuerdos el de un maestro, el de una profesora cuyo nombre no quiere olvidar. Por eso, entre otras muchas razones, es tan noble la tarea de enseñar y ha sido tan reconocida y valorada hasta el presente. Ahora menos. Y es aquí precisamente donde se duele este comentario.
Según informes recientes, el Cuerpo de profesorado, sobre todo de Enseñanza Secundaria, está sufriendo una enfermedad moral, y una mayoría de las bajas solicitadas lo son por ese desmoronamiento interior que es la depresión, la decepción o el desengaño. Yo misma conozco a estupendos profesionales de la enseñanza, con verdadera vocación docente, hoy desencantados ante unas demandas imposibles de llevar a cabo. Sienten que les han mermado autoridad y les han echado cargas difíciles de soportar en unas espaldas hechas para llevar el sólido pero frágil peso de la Lengua, la Física o las Matemáticas, de la palabra que impulsa, el diálogo que forma, el estímulo que hace crecer. Empezaron con la ilusión de quien se entrega, y ahora viven como quien se defiende. Se prepararon para ser arquitectos de un edificio humano, y en la actualidad ven cómo se desmoronan sus propios muros, y no precisamente de la carrera de la edad, sino de la falta de apoyo y de respaldo social. Seguramente la culpa la tiene la sociedad irrespetuosa y permisiva que estamos haciendo. Me jugaría muchas cosas por hacer emerger los auténticos referentes de solidaridad, de respeto y de ternura que viven en el corazón mismo del cuerpo social y en lo mejor de cada ser humano. Marisa Rodríguez Abancéns |