RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
Guerra por los dominios
Andan revueltas las aguas mediáticas; sobre todo, las dedicadas al mundo de la televisión. Y la verdad es que no es para menos. Hace unos días los medios de comunicación nos informaron del peligro que suponía que el empresario, de origen australiano, Rupert Murdoch pudiera tener plataformas digitales en todos los puntos del planeta. El negocio está en comprar Direct TV, el sistema de transmisión por satélite más popular de Estados Unidos, y unirlo al sistema Sky, que tiene una amplia audiencia en Asia, Europa e Hispanoamérica. Su objetivo final: destruir el imperio de la cadena de noticias CNN. Nombres y siglas de medios televisivos se entremezclan para iniciar una nueva batalla, y así poder estar en la parrilla de salida cuando comience la gran carrera de los medios audiovisuales.

Y es que, tras este fenómeno, se mueven muchos intereses económicos que la industria y la empresa dedicadas al mundo de la imagen no pueden, ni quieren, perder. La llamada globalización de los medios intenta controlar el imperialismo cultural, aprovechándose del vacío de identidad que existe en estos momentos en la gran mayoría de las naciones.

Las grandes empresas televisivas intentan acaparar el mayor número de productos culturales. Y, para ello, es necesario lograr una producción constante (noticiarios, series, etc.) Los costes de estos productos suelen ser muy altos, hecho que favorece a las compañías más grandes. Por el contrario, los costes de reproducción son bajos, y por lo tanto la rentabilidad de las empresas televisivas proviene más de la distribución que de la producción. Pero el poder se encuentra en poder combinar los dos fenómenos, porque la competencia salvaje desatada obliga a controlar todas las fases de producción. Es lo que se llama concentración empresarial. Somos conscientes de que el problema preocupa a políticos, a periodistas, incluso a empresarios de los medios implicados, pero ésta es la hora en que no se vislumbra una solución. O ¿no se quiere entrar en el fondo de la cuestión?

Leopoldo Seijas