RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
La carne se hace Palabra
El misterio de esta festividad es trinitario. Es presentado con la imagen de la multiplicación de los panes. Ésta no es un truco de magia; para realizarla, Jesús levanta primero los ojos al cielo y reza una oración que es a un tiempo petición y acción de gracias al Padre, pues su autoprodigalidad en los panes será un signo de cómo el amor del Padre entrega total e incondicionalmente su Hijo al mundo. El gesto alude igualmente tanto a su quebrantamiento en la Pasión como a la infinita multiplicación de sus dones que el Espíritu Santo realiza en todas la celebraciones eucarísticas, y con ello se visibiliza simbólicamente que el amor de las tres personas divinas se hace presente en el don eucarístico.

Fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor. Parece extraño celebrar el cuerpo; resulta incluso arcaico, cuando creemos que lo santo está en el espíritu. Pero no es extraño. En Navidad se dice: El Verbo de Dios se hizo carne, esto es, hombre. El Verbo se hizo espíritu no nos serviría de nada. Realmente Cristo sólo puede darse a nosotros como carne. Lo que Dios tiene que decirnos, nos lo dice ahora corporalmente, con su carne y su sangre, de modo que esta carne y sangre es también en verdad una comunión, un don, una entrega de un tipo completamente particular. Olvidamos con frecuencia que lo que recibimos en la comunión es una Palabra que Dios nos dirige. Una Palabra que se asemeja a las palabras de verdadera entrega humana; una Palabra hecha cuerpo, que supera, sin embargo, cualquier entrega humana y que hace posible lo imposible: entregarse a mí como cuerpo entero, como carne y sangre.

Es fácil decir te quiero. Pero hay que demostrarlo. Y las obras que demuestran las palabras son también corporales. Así acontece con Jesucristo, aunque sea una Palabra infinita. Éste es el ofrecimiento de Dios a nosotros en este día del Corpus. Nos puede parecer ininteligible —muchos lo creen así—, quizá incluso molesto, como una violación de la sacrosanta esfera de nuestro yo, en que nadie debe entrar. Por eso tantos piensan que la comunión eucarística es un mero símbolo. Pero eso no es una entrega, y Cristo se entrega.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Obispo de Salamanca