RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioEn portadaContinuar

El cardenal Paul Poupard habla para Alfa y Omega
Urge volver a una cultura de la esperanza
El cardenal Paul Poupard, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura,
en la foto, durante la entrevista en la sede de nuestro semanario,
en la que ha concedido unas declaraciones a Alfa y Omega, que ofrecemos a continuación:

Para mí este Consistorio, en el que he participado, ha supuesto una gran alegría; en primer lugar, por los cuarenta y cuatro nuevos hermanos, no digo que los acabo de descubrir porque algunos de ellos son amigos míos, pero a alguno no había tenido antes la ocasión de conocerlo. Para todos ha sido una alegría este encuentro junto al Santo Padre.

En segundo lugar, diría que en él se ha manifestado una unanimidad impresionante con Cristo en el centro. Y esta unanimidad muestra una continuidad, lo que no es sorprendente, pero sí interesante verificarlo, con el Consistorio precedente. El Papa había convocado un Consistorio en 1994 para preparar el Año Jubilar.

Hay también una insistencia sobre la importancia de la belleza de las celebraciones; no la belleza estética, sino esta belleza que introduce al misterio, que hace visible lo que es invisible a nuestros ojos. También se insiste en el testimonio de Cristo por parte de las comunidades cristianas. Es decir, la superación de la tentación del reduccionismo cultural de Cristo a la cultura dominante, y reconocer al verdadero Cristo, hijo de María Santísima, muerto y resucitado.

Me impresionó en nuestro grupo de trabajo la intervención de un cardenal africano, que nos decía: Vuestros antepasados no sabían nada del diálogo interreligioso; ni siquiera sabían nuestra lengua, pero nos han hablado de Cristo, y esto es lo que nos ha fascinado, nos ha convertido. Hay que volver a esta valentía del apóstol Pablo: anunciar a Cristo, la gloria de Cristo. Esto da un nuevo sentido a todo el problema del ecumenismo y del diálogo interreligioso. Y hay también —me gustaría añadir— una invitación a la santidad: a salir de esta pastoral minimalista a presentar a Cristo y las Bienaventuranzas, con la conciencia de que vamos a contra corriente de la cultura dominante, que más bien está en las antípodas de las Bienaventuranzas. Se trata de presentar el mensaje con dulzura y respeto, pero con toda nuestra esperanza: volver a una cultura de la esperanza. No obstante la apariencia de nuestra civilización, la opulencia y la potencia de nuestros medios técnicos, existe un vacío; dicho en términos filosóficos, un horizonte intramundano que es la negación de Dios. Decía mi antiguo maestro Gabriel Marcel: Sin el misterio, la vida se vuelve irrespirable.

Ha hablado usted en su conferencia de que el gran desafío de la Iglesia es esencialmente cultural, y ha empleado las palabras amar los desafíos.

Sí, amarlos. Ésta es una palabra de Lacordaire. Últimamente, en mi dicasterio hemos elaborado con mucho esfuerzo un documento sobre las sectas, y lo hemos presentado como Las sectas, desafío para la Iglesia. Consideramos este problema como un desafío que nos ayuda a descubrir una parte del mensaje evangélico que quizás habíamos dejado un poco de lado. Cristo dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Quizá en el pasado nuestra catequesis se focalizaba sobre este aspecto de la liberación de Cristo. Pero Cristo es también el camino: Cristo mandado por el Padre nos conduce al Padre. Ésa es la intuición que encontramos en ese tipo de religiones. Y este camino tiene una dirección, que es el Cristo verdad, que no es una verdad conceptual o abstracta, sino que tiene el rostro que le ha dado María Santísima, el del Hijo de Dios.

Es curioso, la gente te pregunta siempre por qué crees. Y ¿por qué los cristianos no preguntan a los no creyentes: Y tú, por qué no crees? A mí nadie ha podido probarme aún que Dios no existe. Tenemos que superar esa época difícil que supuso la contestación de todo, y que nos ha dejado ese complejo de inferioridad. No se puede hacer cultura sin esa conciencia gozosa, radiante, de la verdad.

También en el Consistorio se ha hablado de esto. Cuando hablamos de una Iglesia pobre, no queremos decir que está desprovista de medios, sino que es pobre con Cristo pobre, como dice el Apóstol, con nuestra debilidad. Por ejemplo, como dije en una reunión con los rectores de Universidad: un Rector es pobre cuando sabe que no es más que el gestor de unos medios al servicio de la causa de Cristo.

Sobre el tema de la diaconía de la verdad he insistido mucho en mi conferencia. Estamos inmersos en una cultura que desprecia la verdad. Una razón, quizá, es que se ha hecho un fuerte abuso de la verdad; basta recordar el nombre del periódico oficial de la Unión Soviética: Pravda (La verdad), aunque todos sabían que era la mentira cotidiana. La gente sospecha que los que tienen el poder usan esta palabra como coartada para mantenerse en el poder. Supone un esfuerzo enorme para la Iglesia hacer comprender que la verdad es, muy al contrario, una diaconía, un servicio. Por eso es necesario, no sólo la palabra, sino también el testimonio. Un autor decía en el siglo pasado: La verdad es triste. Por eso insisto tanto en mi libro sobre la alegría. Como decía Bernanos: Todo lo que hayáis hecho contra la Iglesia, lo habéis hecho contra la alegría.

Usted ha planteado esta pregunta: ¿Hay lugar para la Iglesia en el mundo nuevo? ¿Cuál es la respuesta que usted da?

En España, uno de los problemas fundamentales es que los medios de comunicación están sustituyendo a los maestros; otro es el grave dualismo entre vida y fe, la fe recluída al ámbito de lo privado...

Durante el Vaticano II, los padres conciliares ya se plantearon el problema —de ahí la Constitución Gaudium et spes— de que esa reducción de la fe a lo privado era la gran tentación. Pero la fe está llamada a redimensionar la vida entera del hombre. Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente pensada y no plenamente vivida. Naturalmente, todo poder humano que tienda a ser global tiene que relacionarse con un tipo de religión para conseguir un desarrollo humano. Pero con la Iglesia nunca lo consigue; esto debe hacer reflexionar: esto significa que la Iglesia está en el mundo pero no es del mundo.

Respecto al problema de los medios de comunicación: yo he crecido en medio de una familia cristiana, con un padre y una madre que se querían, con unos hijos que eran el fruto de ese amor. Una familia relacionada con otras familias, con la parroquia; el párroco con el obispo, éste con el Papa…; es decir, yo he crecido en una cultura católica, que hoy está desmembrada. La familia y la escuela han perdido el monopolio sobre la educación. ¿Por qué? Hoy los niños pasan horas y horas delante de la televisión o de Internet. La familia ha perdido el monopolio ante competidores que son incontrolables. Hoy un chico o chica puede perderse completamente navegando en aguas peligrosas. En la familia y en la escuela, si uno se desvía, hay quien le vuelva a traer al buen camino. Sin embargo, Internet te lleva a direcciones falsas sin darse uno cuenta. El desafío es ayudar a los chicos a discernir, a saber ver y a saber juzgar.