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Palabras del cardenal Poupard en la Universidad San Pablo-CEU
La verdad, palabra demasiado fuerte
para el pensamiento débil
Vivimos un período de importantes transformaciones, a las cuales no escapa la misma universidad. Una nueva revolución tecnológica, la tercera revolución, la de la información, está creando a pasos agigantados un nuevo tipo de economía y de sociedad. Son muchos los que se preguntan si la universidad actual será capaz de responder a las exigencias que la nueva economía y el mercado de trabajo demandan. No pocas se sienten tentadas de abandonar su vocación originaria, para convertirse en escuelas de formación profesional de altísimo nivel. Algunas universidades prefieren denominar incluso a sus alumnos jóvenes profesionales.
La misión propia de la universidad es la diaconía de la verdad, el servicio apasionado a la verdad. Esto significa colocar en el centro de la comunidad universitaria a la persona humana, dotada de capacidad racional y de voluntad libre, que es quien experimenta el gozo por la verdad, y el inagotable deseo humano de encontrar el esplendor de la belleza, la perfección y gloria de la obra y de su artífice. Esta visión conlleva, al mismo tiempo, el horror a la mentira y a la impostura, el vivo deseo de evitar todo sofisma y de aprisionar la verdad en la injusticia, como previene san Pablo. Preferir la verdad a la mentira no es solamente un acto propio de la capacidad cognoscitiva del intelecto humano, sino también un acto propio de la libertad que busca el bien, y, con ello, la realización plena del sentido de la existencia. |
| La diaconía de la verdad significa el compromiso de no contentarse con verdades parciales, fragmentarias y dispersas, establecer permanentemente el paso del fenómeno al fundamento, de las cosas a las causas, sin darse tregua en esta búsqueda de la verdad. Nietzsche definía el nihilismo como la falta de la finalidad, de la pregunta por el por qué. Debemos reconocer que vivimos en un ambiente intelectual enrarecido por el nihilismo, que ha renunciado al gozo por la verdad, y por ello, expuesto a la tentación de un uso instrumental y pragmático de la verdad. La mayor forma de corrupción es la intelectual, que consiste en aprisionar la verdad en la mentira y llamar mal al bien.
Hablar de verdad en la cultura contemporánea constituye una provocación y un desafío. Parece como si buscar la verdad fuera perseguir una quimera, una empresa quijotesca imposible. La pregunta de Pilatos ¿Qué es la verdad? parece haberse convertido en el distintivo de nuestro tiempo. No sabemos, se nos dice, si existe una verdad, ni tampoco si es posible conocerla. Y se nos invita a desconfiar de las personas que se sienten muy seguras de la verdad, que es una palabra demasiado fuerte para nuestros oídos educados en el pensamiento débil. Es necesario inculcar un sano espíritu crítico, pasión por la investigación en todos los miembros de la comunidad universitaria, alumnos y profesores, como la mejor capacitación para la vida. Sólo así la universidad será realmente escuela de saber y no una mera fábrica de titulados. Limitarse a enseñar cómo funcionan las cosas, sin preocuparse del por qué, es una grave mutilación del espíritu universitario. El estudio de las Humanidades no podrá ser nunca un estorbo, porque en definitiva no es sino el estudio del hombre, tal y como lo ha descrito la literatura, lo ha reflejado el arte, se ha pensado a sí mismo en la reflexión filosófica y se conoce en su andadura histórica. ¿De qué nos serviría formar excelentes técnicos, médicos, abogados, empresarios, si carecen de una visión armónica del saber y del mundo, si no están preparados para hacer frente a los problemas éticos y morales que el ejercicio de su profesión les va a plantear inexorablemente? Aún es necesario decir algo sobre una nota irrenunciable de toda universidad católica, que es evangelizar. Una universidad católica no puede renunciar a proclamar el Evangelio en aras de un mal entendido respeto a la libertad de conciencia. Todas las estructuras y medios de que dispone la Iglesia, nacidos de la iniciativa de laicos intrépidos, como esta universidad, o de la acción de los pastores de la Iglesia, miran a un único fin: anunciar a Jesucristo. |
| EL FIN, A TRAVÉS DE LOS MEDIOS
Más de una vez, a lo largo de la historia de la Iglesia, se ha acabado por invertir la relación de medio a fin: lo que nació como medio para la evangelización, ha acabado convirtiéndose en un fin en sí mismo, al que se supeditan todos los criterios de actuación. Todas las obras educativas de la Iglesia son medios de evangelización, que existen en función de ésta. De no ser así, constituirían un lastre insoportable para la Iglesia, del que debería desembarazarse cuanto antes. Recuerdo aún estremecido el inmenso cinismo con que el marxismo de los años 60 decía a los cristianos: Vosotros, haced escuelas; nosotros formaremos maestros. Hemos de hacer un serio examen de conciencia y preguntarnos si la vasta red de centros educativos de la Iglesia ha sido fiel a su misión evangelizadora, si los alumnos que pasan por nuestros centros se acercan a Jesucristo vivo en su Iglesia. Sí, la evangelización en y desde la universidad exige la santidad de la vida intelectual y universitaria. No una santidad limitada únicamente al ámbito privado de los miembros de la comunidad universitaria, a la capilla y a las actividades organizadas en torno a ella, sino vivida, por así decirlo, a partir del oficio mismo del profesor y del estudiante. Es una santidad que ha de penetrar en las aulas, en los despachos de los profesores, la biblioteca, los curricula, e incluso en ese lugar entrañable e imprescindible de toda universidad que es la cafetería. Una santidad que no es la simple excelencia académica, aunque sin duda la exige. La excelencia, o sea, la aceptación social a través del prestigio, o del reconocimiento de otros, se basa únicamente en el esfuerzo de la voluntad, pero apenas deja espacio para la gracia, que es capaz de obrar lo que para los hombres es imposible. Las universidades católicas tienen hoy un papel insustituible en la Iglesia, no como un lugar de formación de élites, sino precisamente como un laboratorio de la fe en diálogo con la razón, una avanzadilla intelectual de la fe, abierta a todos los campos del saber humano, buscando con pasión la verdad con la guía de la fe. Si os he lanzado este desafío, es porque estoy convencido de que la universidad sigue siendo un lugar determinante donde se crea y se transmite cultura, cuya repercusión sobre la sociedad sigue siendo inmensa. Un país será lo que sean sus universidades, donde se forman los cuadros dirigentes de un país, y, sobre todo, donde se establecen criterios y modos de juzgar la vida, la sociedad. |