RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioEspañaContinuar
Comunicado de la Comisión Episcopal de Pastoral Social,
en la solemnidad del Corpus Christi
De ti depende que nadie sea excluido
Cualquier día debería ser el Día de la Caridad, y aun así no se haría justicia
con los millones de hombres y niños olvidados en el tercer mundo,
o en medio de nuestro primer mundo, sentados en las aceras que pisamos demasiado aprisa.
Sus harapos y soledad forman parte del mobiliario urbano, y de nosotros depende
que no se sientan excluidos.
En la solemnidad del Corpus Christi, los obispos de la Comisión episcopal
de Pastoral Social recuerdan, en este texto, al hombre apartado, al pobre, al humilde, al excluido:
Celebramos la fiesta del Corpus Christi de manera solemne. Y celebramos cada domingo, cada día, con agradecimiento y temblor, este misterio del amor de Cristo, significado en un pan partido y un cáliz rebosante, un cuerpo entregado y una sangre derramada. Toda celebración eucarística es signo de unidad, bandera de reconciliación, invitación a la solidaridad —nosotros preferimos decir fraternidad y común-unión—.

En este Día de Caridad nos dejamos interpelar por el mundo de la pobreza y la exclusión social. Es una realidad humillante y dolorosa: millones de seres humanos indefensos, desvalidos, despojados de su dignidad; millones de seres humanos olvidados, anónimos, sin palabra, sin posibilidad de defenderse o valerse por sí mismos.

Un mundo en el que nadie fuera excluido sería un mundo ideal. Sería un mundo como el que siempre hemos soñado, limpio y solidario, habitable para todos; un mundo en el que la persona fuera respetada por sí misma, y el más insignificante de los hombres desarrollara todas sus capacidades y disfrutara de todos sus derechos.

Por desgracia estos sueños distan mucho de hacerse realidad. El espejo de nuestros sueños se rompe en mil pedazos cada vez que despertamos. Constatamos que el mundo en que vivimos está lleno de violencias e injusticias, de miserias y de marginaciones. No desconocemos los aspectos positivos del desarrollo técnico-científico, así como los avances culturales y sociológicos. Son en verdad admirables. Pero nuestro mundo está enfermo, decía Pablo VI, y con metástasis; enfermo, sobre todo, por la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos.

Y Juan Pablo II advierte: Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de contradicciones. La Humanidad empieza esta nueva etapa de su historia con heridas todavía abiertas. Podríamos hablar de sus cinco llagas más terribles y dolorosas:

- La violencia, la guerra y el terror, la opresión y la tortura, la esclavitud y la persecución. Duros y sangrientos conflictos, dice el Papa. Es la semilla de Caín, que se multiplica cada día. Los señores de la guerra imponen un cultura de muerte.

- La injusticia, cristalizada en sistemas políticos y financieros que explotan y expolian a los pueblos, originando enfermedad, miseria, dependencia, hambres y muertes, en miles de millones.

- La intolerancia, el racismo, el fanatismo religioso, con toda la parafernalia de odio e incomprensiones.

- La codicia, el afán de tener y consumir, con la consecuente dependencia de las cosas, el estrés y la insatisfacción, la idolatría del dinero, la competitividad inhumana, la exclusión de los vencidos.

- La amoralidad, la pérdida de la fe y de valores, el desencanto y la duda, el tono gris de la existencia, el conformismo y el relativismo, el vacío interior y la falta de fidelidad, la irresponsabilidad y la despreocupación por el otro.

NO TEMAS

El desarrollo de los países ricos es inhumano, porque está amasado con injusticia y con violencia. Los países más pobres fueron despojados de sus bienes naturales y siguen siendo explotados a través de un comercio injusto o de una deuda injusta. No son pobres, sino empobrecidos. No hay pobres y ricos, sino que hay pobres porque hay ricos.

Y es inhumano porque no alcanza a todos los hombres, sólo una minoría privilegiada de la Humanidad goza de sus ventajas. El 80% de los hombres no puede sentarse a la mesa bien abastecida de los ricos. 360 personas acumulan tanta riqueza como la mitad de la población del mundo. 1.200 millones de personas tienen que sobrevivir con apenas un dólar diario. Dejando a un lado el análisis de las cifras y estadísticas, es suficiente mirar la realidad de una multitud ingente de hombres y mujeres, niños, adultos, ancianos, en una palabra, personas humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria. Son muchos millones los que carecen de esperanza.

Los excluidos no siempre lo son por razones económicas. Hay ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la exclusión social. Hay exluidos por razones de salud, o edad, o sexo, o raza, o religión, o por la falta de preparación para la competencia. Excluido es todo aquel que no cuenta, que fracasa, que no es capaz de subir al tren del desarrollo. A veces es peor ser excluido que ser oprimido, porque a éste todavía se le da un valor, el primero, en cambio, pierde su condición de persona, condenado al anonimato y al olvido.

De ti depende, pero no temas. Tú no puedes cambiar el mundo, pero sí puedes encender alguna luz en la noche del mundo. Tu trabajo será humilde y callado, como el fermento, pero fuerte y constante. Puedes aportar una palabra, una acogida, una ayuda, una oración. Cada uno de tus gestos será levadura de un mundo nuevo. Empieza por no exluir a nadie de tu corazón, que el más alejado de los hombres sea algo tuyo. Que cada uno pueda sentirse junto a ti como en su casa. Contagia después tus ideales a los demás…, y todo irá cambiando.