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Se acaba de celebrar en la sede la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) la 27 sesión del Comité para la Seguridad Alimentaria, que tiene como objetivo preparar la cumbre que, en noviembre próximo, examinará la situación del programa de acción contra el hambre, adoptado por esta institución de la ONU, en Roma, hace cinco años. En aquella ocasión, durante el famoso , la FAO y los delegados de los diferentes países se habían propuesto reducir a la mitad el número de hambrientos del mundo para el año 2015. Hoy, nadie se atreve a dar cifras porque la brecha entre ricos y pobres sigue siendo cada día más profunda.
Ésta es la denuncia que monseñor Diarmuid Martin, observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, en Ginebra, ha dirigido a los poderosos del mundo, en la tribuna de la Tercera Conferencia de Naciones Unidas sobre los Países menos Desarrollados, celebrada en Bruselas. Responde a nuestras preguntas: |
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En su intervención, ha invitado a todos los participantes a hacer un examen de conciencia sobre las políticas contra la pobreza. ¿Por qué?
El motivo es muy sencillo. En veinte años, ésta es la tercera conferencia de la ONU sobre los países menos desarrollados. Y sin embargo, en ese plazo, su número ha aumentado. Parece evidente que hay algo que no funciona. Es natural que, llegados aquí, nos hagamos la pregunta de fondo sobre la validez de las intervenciones realizadas. Esta pregunta usted ya se la ha planteado. ¿Tiene una respuesta? Los países desarrollados, empezando por la Unión Europea (UE) que alberga esta conferencia, deben tener el valor de admitir sus errores, que se pueden resumir en una postura de superioridad respecto a los países más pobres. Un comportamiento de superpotencia que debe ser sustituido por una relación de cooperación. ¿Puede explicarlo un poco más? Se trata de invertir en la capacidad de las personas. Invertir en formación. En el fondo, el objetivo del desarrollo es preparar a las personas para que puedan aportar las capacidades que Dios les ha dado. Traducido en pocas palabras: menos asistencia y más desarrollo de la persona. ¿En cambio, en estos años se ha apostado por el asistencialismo? Diría que también aquí, en Bruselas, se habla todavía demasiado de asistencia y no se habla, por ejemplo, de creación de puestos de trabajo. Y, sin embargo, éste es un tema central, un pilar para cualquier política de desarrollo real. Sobre todo, porque un trabajo digno es el primer factor que permite al hombre poner a disposición sus propias capacidades. Y, en segundo lugar, permite a la persona ser dueña de su destino, no depender de la ayuda del poderoso de turno. La creación de nuevos puestos de trabajo debería usarse también como instrumento para evaluar la eficacia de los diversos programas de lucha contra la pobreza. |
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¿Hay un modo privilegiado para crear puestos de trabajo?
Invertir en formación es importante, pero lo es también crear un espíritu de pequeña empresa. Los ejemplos positivos no faltan y demuestran también que las mujeres son especialmente capaces de responder a este estímulo. Las relaciones de cooperación deberían, por tanto, premiar a las pequeñas empresas que funcionan. Y aquí se engancha el tema de la deuda externa. Cuando estas empresas funcionan, es importante que se garantice la reinversión de los beneficios en el mismo lugar. Los altos niveles de deuda, en cambio, impiden esto, de manera que las riquezas locales se gastan en pagar intereses que ya no son sostenibles, y se perpetúa la espiral de la pobreza. De todos modos, en Bruselas se habla poco de trabajo, se habla mucho en cambio de buen gobierno. El programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD) acaba de anunciar la creación de un nuevo fondo para promover el buen gobierno. ¿Qué le parece? Todo depende de cómo se estructure este fondo. Como decía, es importante invertir sobre todo en formación de personas que estén capacitadas para garantizar un buen gobierno. Los países más pobres ya han aceptado este criterio, pero es un error mantener que el problema del buen gobierno afecta sólo a los países menos desarrollados. La Unión Europea, por ejemplo, debería admitir que su propio pasado en este campo no es precisamente un modelo. Lo demuestran los fondos destinados por esta institución y que nunca han llegado a sus destinatarios, así como los muchos casos, incluso recientes, de mala cooperación. Con motivo de esta conferencia, la UE ha lanzado una nueva iniciativa para abrir el mercado de la Unión a los productos de los países menos desarrollados. Es una buena iniciativa, aunque en algún aspecto un poco curiosa. El programa se llama De todo menos armas. Es decir, las armas serán el único producto de los países pobres que no podrá entrar libremente en el mercado europeo. Honestamente, no sé a cuánto asciende el comercio de armas que va desde los países pobres a Europa, pero todos sabemos en cambio que está muy desarrollado el que lleva armas de Europa a los países más pobres. Entonces no estaría mal que la UE diera la vuelta a la iniciativa De todo menos armas, imponiendo a los propios Estados miembros que bloqueen el tráfico de armas hacia estos países, dado que la guerra y los conflictos civiles están entre las primeras causas de la pobreza. Pero creo que de esto no se habla en Bruselas. Avvenire/Alfa y Omega |