RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioTestimonioContinuar
Doble soledad
Siempre me he sentido ligada a la religión. Mis padres me educaron junto a mis hermanas en la fe católica. Ya desde niña, y una vez hecha la Primera Comunión, cada día que pasaba por la iglesia al volver del colegio, entraba a hacer una visita a la Virgen de Fátima y a Jesús, rezaba y me iba satisfecha a casa. Mi fe continuó viva hasta los trece años, en que dejé de asistir a Misa los domingos y de interesarme todo lo religioso. Sólo me acordaba de Dios para pedirle cosas —con exigencia y al momento— y, si no me lo daba, me enfadaba con Él. Once años más tarde de aquella renuncia cayó mamá enferma de cáncer. Fue un duro golpe y cuatro meses de auténtico sufrimiento. Entonces me reconcilié con Dios, supe que Él no me había abandonado nunca, me ayudó a ser fuerte en su enfermedad y a soportar más tarde su muerte (25 días antes de la fecha de mi boda, programada antes de que ella enfermase). A mis 24 años pude entender muchas cosas, aprendí a escuchar a Dios, a tenerle como amigo, y a saber pedir con paciencia y constancia, y sin prisas.

Mamá, por su parte, nos dio una lección de cómo aceptar la enfermedad sin rebelarse contra Dios, nunca le faltó la sonrisa ni la paz interior; en ningún momento perdió la fe, y murió con una gran dignidad cristiana. Ella nos enseñó a estar siempre alegres, a ser buenos, sencillos, humildes. Yo sé que está en el cielo y también en mi corazón.

Con su muerte también perdí a las que se llamaban amigas mías. Me dieron la espalda cuando más las necesitaba. Ahora sólo tengo conocidos. ¿Tanto cuesta una amistad? También tengo a mi marido, a mis dos hijos, a mi padre y a mis hermanas. Pero como ya he dicho más arriba, aprendí a pedirle a Dios con paciencia y constancia, y cada día le pido que ponga en mi camino los mejores amigos en algún momento de mi vida, y tengo la certeza de que Él no me fallará.

Virginia Corral Rodríguez