RetrocesoA&ONº 265/21-VI-2001SumarioContraportadaContinuar
Los recuerdos de un maestro
La Historia, testigo siempre de los tiempos, nos ha dejado la memoria de seres ilustres y maestros en los escritos de sus discípulos. Ya en sí mismo un discípulo es simbólicamente un hijo del alma de su maestro. Preciosa metáfora que utiliza Platón en el Fedro y en Las leyes. Pero no sólo en esto se manifiesta la grandeza de un maestro, sino porque son innumerables los ejemplos de esta literatura en la que las obras del discípulo nos ofrecen el testimonio fértil ejercido por el maestro.

Yo quisiera rendir un tímido homenaje a un ilustre leonés, don Antonio González de Lama, maestro donde los haya, y cuya influencia rebasó con creces los límites regionales, nacionales e internacionales. Al afirmar esto no creo exagerar, pues muchos de sus discípulos han llevado su ciencia, su estilo y su pedagogía allende nuestras fronteras.

Haciendo un breve resumen de ilustres discípulos salidos de su escuela, se me ocurren: filósofos, como don Ángel González Álvarez, inmediato sucesor en la cátedral de Metafísica de don José Ortega y Gasset. Poetas como don Eugenio de Nora, Antonio Pereira, Antonio Gamonea, Paco Velasco. Novelistas, como Luis Mateo Díez, Agustín Delgado, José María Merino, Juan Pedro Aparicio, Jesús Torbado, etc. Y así podríamos enumerar una pléyade incalculable de autores que fueron testigos de la palabra y pluma de aquel insigne y sabio cura leonés.

Entre los múltiples legados que en el ámbito cultural nos dejó don Antonio González de Lama, y por los que la ciudad de León debe estar muy agradecida, destacaríamos: el enriquecimiento y reestructuración de la fundación cultural Sierra Pambley, exigua representación en la ciudad de la Institución Libre de Enseñanza, cuya biblioteca, conocida como Biblioteca Azcárate, auténtica escuela y fecunda tertulia, reordenó y superdotó de material bibliográfico. Prestó igualmente una colaboración especialísima en la ordenación y perfeccionamiento de la biblioteca de la Diputación. Pero lo que le confirió una especial fama de intelectual y hombre especialmente dotado para la literatura y las Humanidades, fue la creación, junto con los jóvenes e inquietos poetas de la época, de la primera revista de poesía y crítica literaria de la posguerra española: Espadaña, ya citada por el gran poeta Dámaso Alonso, allá por la década de los años 40. La publicación de aquella revista significó una visión de futuro y una gran valentía para expresar una tímida libertad de pensamiento, así como, y sobre todo, la primera oportunidad de expresarse, a través de la poesía, los jóvenes valores que comenzaban a despuntar en el alba del panorama literario de la posguerra.

Y lo sorprendente no es que recibiéramos elevados discursos ni extraordinarios contenidos doctrinales, sino que lo realmente inolvidable de aquel hombre era su sencillo método de enseñanza, repleto de anécdotas de la vida, su capacidad para hacer fértil lo difícil. La Historia de la Filosofía que nos enseñó fue una Historia de la vida que no he olvidado jamás. Tuve muchos profesores ese año, pero todos pasaron menos él.

Nadie duda hoy, de entre los que le conocieron, que era un hombre de extraordinaria lucidez mental y de una erudición y cultura inigualables, pero a la vez es necesario reconocer que su sabiduría no le vino de la asistencia a prestigiosas Universidades, sino que la escuela nació de sí mismo, pues las circunstancias de la época no le permitían estudios universitarios, exprimiéndole la diócesis, dado su talante y cultura, en todos los puestos habidos y por haber. Y esta imposibilidad para disfrutar de un mínimo tiempo para el estudio era tal que, en ocasiones, le oí decir textualmente lo siguiente: En este momento los únicos que pueden estudiar y formarse son los frailes, pues disponen de tiempo y de casas Madre en todo el mundo.

Sin apartarnos aún de la misma temática, no olvidaré cómo nos describió una parte importante de su formación cultural. Recién ordenado cura, fue destinado a un pueblecito próximo a la ciudad, de nombre Viloria de la Jurisdicción. Muy cerca del mismo, en otro pueblo vecino, Cembranos, se conservaba una casa señorial, herencia de un antiguo regidor de aquella comarca. Pues bien, la lectura y la reordenación de la biblioteca, conservada en la señorial casa, significó una primera etapa de su formación.

Posteriormente, y como él mismo relataba con cierta sorna, con la disponibilidad que le permitía la mínima actividad de una parroquia pequeña, inició una serie de viajes semanales a León en el burro del señor Antonio, por cierto, personaje que le introdujo en los misterios y ritos de estos pueblos, al que cargaba de libros que en la semana leía, para así repetir cada semana la misma operación. De este modo, y durante los pocos años que ejerció en Viloria, se construyó su propio edificio cultural, el que por desgracia la Universidad no le pudo ofrecer.

Sería interminable este trabajo si pretendiera relatar todas las anécdotas que le oí de su voz gruesa y ronca. Pero, como escribo desde Asturias, no quiero olvidarme de su paso por estas tierras. Don Antonio gustaba de pasear y charlar con los hombres del mar, de los que aprendió que, en las mareas, sólo la luna, sólo la luna intervenía… Así nos lo contaba, queriendo decir que no todo en los libros se aprende, sino que también en la filosofía de la vida está el saber.

Con estas líneas he pretendido, por una parte, un reconocimiento al ilustre maestro, con el que, en mi fuero interno, tenía contraída una deuda por lo mucho que aprendí; y, por otra parte, extender su fama, entre los que no tuvieron la suerte de conocer su magisterio, para que puedan al menos admirarle en su obra, de la que hoy quedan aún muchos testigos.

José Antonio Llamas Martínez