RetrocesoA&ONº 265/21-VI-2001SumarioCriteriosContinuar
Cuando se censura la respuesta…
El pasado domingo, el telediario ilustraba la celebración del Día mundial contra la desertización con imágenes de terrenos completamente secos donde, tan sólo hace unas décadas, crecía la vegetación. El crecimiento imparable de las tierras desérticas en todo el planeta es, sin duda, un hecho preocupante, que afecta también a España, a la cabeza de los países de la Unión Europea por lo que respecta a este asunto. Parece razonable que se tome conciencia de este grave problema. Lo que ya no lo parece tanto es llenar los medios de comunicación con esas imágenes y los consiguientes lamentos, censurando al mismo tiempo la verdadera respuesta. ¿O es que la respuesta son los acuerdos tipo Kyoto, realmente representativo del modo de ser y de actuar de la cultura dominante hoy en el mundo, en los que la alternativa a la contaminación ecológica no es otra que la más profunda y sutil del dinero? Curiosamente, el esfuerzo de los distintos países para defender la capa de ozono está resultando inversamente proporcional a su poder económico. ¡Como puedo pagarlo, tengo todo el derecho a contaminar! Lo mismo que el over-booking: no importa que los pasajeros se queden en tierra, se les da más dinero y problema resuelto.

El pasado domingo había otra celebración. Nada de ella decían las primeras páginas de los periódicos. El telediario aludido no hizo ni la más mínima mención. Algún medio sí, citaba la espléndida joya que es la custodia de Arfe por las calles de Toledo. Sin embargo, ante la joya de verdad, que es la razón de ser de esa custodia, y de todas las cosas, el más completo silencio, y no precisamente contemplativo. ¡Claro, ¿qué tendrá que ver el Corpus Christi con lo que realmente nos preocupa: la desertización, la huelga de pilotos de Iberia, y, por supuesto, la inflación?! ¡Eso del Corpus sólo interesa a unos pocos piadosos! Seguramente interesa a muchos más, pero en buena medida ese interés parece ocultarse en no se sabe qué compartimento del alma; está mal visto hacerlo público y notorio.

Es un hecho evidente la desertización: la de la tierra y la más terrible aún de los corazones. ¿Qué hacer ante el avance imparable de la tierra reseca, agostada, sin agua...., por usar las palabras del salmista cuando describe el alma sedienta de Dios: celebrar Días contra la desertización organizados con los mismos criterios que la provocan? ¿No será necesario, más bien, saciar la sed allí donde está la fuente? El hoy desértico norte de África, en los primeros siglos del cristianismo, la Hipona de san Agustín, como la Cartago de san Cipriano o la Alejandría de san Clemente, conocieron un esplendor extraordinario, en vegetación y en humanidad, porque ambas cosas son inseparables, como es inseparable la fe de la vida. Romper esta unidad —así ocurrió en la llamada Edad Moderna— se paga, precisamente, con la sed y el hambre que todo el poder del mundo es incapaz de saciar, por mucho que se empeñe en hacerlo.

La teología, por mucho que se la quiera convertir en reducto de estudiosos —curiosamente cada vez son más los no estudiosos que se interesan en ella—, no está para servirse a sí misma, como reza el título de nuestro tema de portada; en su contenido esencial, no es cosa de especialistas, que sin duda habrá de haberlos, sino la sabiduría realmente indispensable para vivir. Querer iluminar y salvar al mundo ocultando la Luz y marginando al Salvador no puede servir más que para acabar en el nihilismo y la desesperación, por mucho que se trate de alargar una vida vacía llenándola de flashes y de la cultura del carpe diem. La teología no es un saber más. Desgraciadamente —para el hombre, que es para quien existe la teología—, ya en el siglo pasado se la privó de su condición de clave de unidad para todos los saberes, función que se pretendía que ejerciera la Ética. Con extraordinaria lucidez, el cardenal Newman, en sus Discursos sobre la Universidad, anunció que, marginada la Teología, los saberes se disgregarían en un auténtico caos, incapaces de enseñar nada verdadero a nadie; y la Ética terminaría siendo una particular especialización en las Facultades de Filosofía…

Resulta sarcástico, por poner un ejemplo, ver hoy a la Psicología —desgajada, por supuesto, de la teología, ¡cómo van a introducirse las creencias en la profesionalidad de los científicos!— como un instrumento más, en los países avanzados, para atender en los duelos a los familiares del difunto, o a los afectados y a las familias de las víctimas en los accidentes y catástrofes, desde la más pura inmanencia, sin referencia alguna a la fe en la vida eterna. ¡Cómo se va a hablar de eso tan poco científico! Los problemas, incluida la muerte, habrá que solucionarlos con las técnicas y las ciencias apropiadas a cada caso... Ya dijo Newman que la Ética, es decir, una vida digna del hombre, sin la Teología, se desmorona. Todos podemos ver cómo se acaba la historia cuando se censura la verdadera respuesta.