RetrocesoA&ONº 265/21-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
Irrepetible Quinn
Hay actores de cine que, por esos misteriosos secretos de la luz del arte verdadero, acaban como formando parte de la propia vida de los espectadores. Anthony Quinn fue uno de ellos. Muchos de sus inmensos personajes están ligados a una tarde de nuestra vida, a una especial vivencia personal, a una reacción inesperada; todos, a un recuerdo imborrable...

Ha muerto a los 86 años, cuando casi todos estábamos como convencidos de que eso nunca podría ocurrir; y, en realidad, bien se puede decir que no ha ocurrido, porque vive, y vivirá para siempre, en sus inolvidables, irrepetibles creaciones artísticas. En realidad, este mejicano universal, crecido entre tortillas y frijoles en la Chihua-hua recién revolucionada por Pancho Villa, este bucanero del cine al que le encantaba hablar la lengua castellana que aprendió de niño, se llamaba Antonio Quiñones Oasaca; pero, para usted, para mí, para la vecina del quinto B, para el sargento comandante del puesto, para el cura de la barriada, para el catedrático de Exactas y para la ex-miss será, ya para siempre, qué sé yo... el prodigioso Zampanó de La Strada de Fellini, que cuando tocaba la trompeta en el carromato del circo extasiaba a Giulie-a (Gelsomina) Massina..., y a todos los demás; o será el Zorba del sirtaki mejor y más bailado de la historia del folklore griego; o el Papa venido del Este de Las sandalias del pescador; o, quién sabe, el párroco de pueblo de la sierra de Albarracín; o Barrabás, o Gauguin, o quizás Onassis; el Gran Khan, Atila o Mahoma; o, sin más, el tozudo amigo árabe de Lawrence de Arabia....

Puede que sea, para más de uno, el socarrón alcalde insuperable de El secreto de Santa Vi-oria, o el protagonista de La hora 25, de Los cañones del Navarone; el pirata portugués que le quiere robar la goleta y la chica, nada menos que a Gregory Peck; el jugador de ventaja, funámbulo, Papa, cuatrero, indio piel roja, esquimal que da el pego en Los dientes del diablo... Maravilloso ser humano, prodigioso camaleón, artista global, se lo disputaron Fellini y Cacoyannis, Walsh, King y Mamoulian, y hasta Kazan, que le dio dos Oscars.

Se nos ha ido, sin despedirse, y gracias a Dios sin irse, este Anthony Quinn de nuestros mejores sueños de celuloide y de verdad; este inolvidable Quasimodo que seguía soñando, ahora, con hacer de Picasso y de Tolstoi. Y ¡qué bien lo hubiera hecho...! Ya ha cogido el último tren, más importante y decisivo que el de Gun Hill. El saltimbanqui fabuloso ha dado su postrer salto mortal y yo, de corazón, desde este rincón humilde de papel, le deseo que haya sido un salto de vida sempiterna. No ya para sus personajes, que eso bien asegurado está ya para el resto, sino para él, para Antonio Quiñones Oasaca, 1,90 de altura, simpático, pintoresco, padre de trece hijos, con casi 350 películas en su prodigioso zurrón de sueños, tan nuestro, tan de todos.

¡Que nuestro Padre, Dios, le haya tendido su mano cargada de misericordia y de amor a este legendario personaje y querido ser humano tan hambriento de amor y de ternura. Y tan generoso e irrepetible regalador de vida!

M. A. V.