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La fiesta del nacimiento de Juan el Bautista coincide, más o menos, con el solsticio de verano. Muchas tradiciones y ritos religiosos anteriores al cristianismo se dan cita en este día para celebrar el gozo de la luz y la fuerza exhuberante de la vida, de manera que se organizan también hoy ritos alrededor de estas realidades naturales.
La fe cristiana, ya desde el siglo IV, ha sustituído esas celebraciones paganas con el recuerdo de aquel que anunciaba la Luz verdadera y ofrecería su vida en absoluta fidelidad al que es la Fuente de la vida. Una vez más nos dicen la oportunista Iglesia ha aprovechado un marco pagano de fiesta para cambiar artificialmente su sentido. Es preciso desenmascarar este oportunismo prosiguen y volver al feliz sentido de la fiesta pagana de este solsticio. Hagan lo que quieran los que van en busca de un paganismo imposible e inmisericorde y, según sus partidarios, exento de retruécanos cristianos. Para mí, el paganismo no me produce sino desesperanza y fatalismo, del que nos libró Jesucristo. Pero, además, no hay nada de oportunismo en la Iglesia cuando acepta el marco precristiano de alguna de sus fiestas, para llenarlo de una nueva realidad más humana y más salvífica. Cristo se encarnó y asumió todo lo humano, menos el pecado: todo lo humano le pertenece y Él, el Verbo, creó todas las cosas. ¿Cómo va a ser un despropósito asumir la luz y la exhuberancia de la vida, si con Cristo llegó la plenitud? ¿Quién puede hacerlo con más autoridad que Él? Así pues, éste es el día en que la Iglesia celebra el nacimiento del Precursor como algo sagrado, y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja. Es también evocador que nace Juan Bautista para reconciliar a los padres con sus hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. ¿Estamos hoy, como Pueblo que ya ha recibido a Cristo, bien dispuestos para dar razón de nuestra fe también a un nuevo paganismo emergente? + Braulio Rodríguez Plaza |