RetrocesoA&ONº 265/21-VI-2001SumarioEn portadaContinuar

La teología no tiene
que servirse a sí misma
Dos teólogos ante un cuestionario. Dos perspectivas de una plural y rica realidad:
el pensamiento sobre Dios, el hombre y el mundo, en el contexto de la permanente
novedad de la Iglesia. Alfa y Omega ha convocado a los profesores Gerhard L. Müller,
catedrático de Teología en la Universidad Ludwig Maximilian, de Münich,
y Santiago del Cura Elena, también catedrático de Teología en la Facultad de Teología
del Norte de España, sede de Burgos, ambos miembros de la Comisión Teológica Internacional,
para que ofrezcan sus opiniones a un cuestionario sobre la teología en la vida de la Iglesia y en la de los cristianos

SANTIAGO DEL CURA ELENA

Sacerdote diocesano de Burgos, estudió Teología en España, Alemania e Italia (doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma). Catedrático de Teología Dogmática en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, de la que fue Decano en el período 1994-2000. También fue Director del Aula Universitaria Pensamiento y sociedad en la Universidad de Burgos. Es profesor invitado de varias universidades españolas e hispanoamericanas, de entre las que se encuentra la Universidad Pontificia de Salamanca. Sus publicaciones se han centrado en torno a las cuestiones relativas al discurso cristiano sobre Dios, la escatología, la teología del ministerio y el ecumenismo.

GERHARD L. MÜLLER

Nació en 1947, en Mainz-Finthen. Realizó sus estudios de Filosofía y Teología en Maguncia, Munich y Friburgo. En 1977 se doctoró en Teología con el profesor Karl Lehmann, actual obispo de Maguncia, cardenal y Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana. Ese mismo año recibió la ordenación sacerdotal. Desde 1986 es catedrático numerario en la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich. Ha sido profesor invitado en la Pontificia Universidad Lateranense, de Roma, en la Facultad de Teología SanDámaso, de Madrid, y en numerosas universidades de todo el mundo. En 1999 participó en Roma, como experto, en la Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos.

J. F. Serrano Oceja

Cuál es la situación de la teología católica hoy, y cuáles son sus ámbitos de mayor fecundidad ?

Gerhard L. Müller(G. M.): La situación de la teología es la misma que la situación de la Iglesia en todo el mundo. Entre otros, tenemos estos rasgos: por un lado, una corriente de secularismo, y, por otro, una profunda búsqueda, especialmente entre los jóvenes, de los valores religiosos y morales. La teología tendrá que ver dónde están las preguntas existenciales; por ejemplo, cuál es el sentido de la vida humana y cómo puede el hombre lograr su destino, cómo puede llegar a su cumplimiento. La teología sirve para la mediación entre las preguntas antropológicas y la respuesta concreta dada por Dios mismo en la historia de la salvación, que se llevó a cabo en la Palabra encarnada: Jesús de Nazaret.

Santiago del Cura (S. C.): La teología católica ofrece hoy, en el mundo entero, una notable diversidad de propuestas y orientaciones, lo cual dificulta el conocimiento preciso de cada una y el intento de valoraciones globales. Esta pluralidad interna al mismo catolicismo me parece una característica peculiar del momento presente. Es común el núcleo irrenunciable, sobre el que gira el quehacer teológico: Dios se nos comunica, en Jesucristo y por el Espíritu, como salvación nuestra, también hoy, aquí y ahora. Pero el estilo de la reflexión teológica, la manera de hacer creíbles y comunicables los contenidos de la fe, los procedimientos y las metodologías seguidas, ofrecen una creciente diferenciación de planteamientos y de tendencias... Por lo que se refiere a la situación que yo más puedo conocer, la de Europa, destacaría lo siguiente: la desaparición progresiva de toda una generación de teólogos muy vinculada existencial y teológicamente al Vaticano II, las divergencias e incluso confrontaciones intrateológicas sobre la pervivencia del espíritu del Concilio, la necesidad de afrontar fenómenos nuevos como la simultaneidad de secularización y retorno de lo religioso, la irrelevancia creciente del discurso teológico en el ámbito público, el pluralismo radical como situación vital y como cuestión de principio, las implicaciones éticas, sociales y políticas de la fe en un contexto profundamente modificado... Sólo quisiera expresar un deseo: que la teología afronte el desafío de considerar el cristianismo como un momento epocal superado en la historia de la cultura europea, y acierte a presentar la fe en el Dios de Jesucristo como algo atractivo, incluso fascinante, también para nuestros contemporáneos del siglo XXI.

¿Qué papel juega en nuestro tiempo la razón en la relación con la fe? Si hablamos de la nueva razón tecnológica, ¿cómo incide ésta en la teología?

G. M.: El Papa, en su encíclica Fides et ratio, ha subrayado la síntesis definitiva entre fe y razón. La fe no es algo por encima de la razón, y no podemos reducir la razón para arreglar las cosas cotidianas, tecnológicas, etc…, sino que la razón humana sirve para penetrar la existencia humana incluido los sufrimientos, la muerte, la pérdida de un ser querido, una posible esperanza de ser aceptado por este misterio del Amor, del que dependemos incondicionalmente. Un filósofo de la escuela de Frankfurt, Max Horkheimer, ha distinguido entre el uso meramente instrumental o tecnológico de la razón y el uso trascendental o religioso de la razón humana. Para evitar estas catástrofes como, por ejemplo, las guerras mundiales, las matanzas como Auschwitz o los gulags en la Unión Soviética o China, o las guerras civiles recientes en los Balcanes o en África entre hutus y tutsis, tenemos que entrar en las más profundas y más altas dimensiones de la razón humana.

S. C.: La distinción entre distintos tipos de racionalidad, implícita en la pregunta, me parece muy pertinente. De todos son conocidas las dificultades que para la fe supone una razón autoconstituída en criterio decisivo y juez último, que prohibiría sobrepasar parámetros estrictamente racionales (o retenidos como tales). Éstas son las pretensiones de los diversos racionalismos en los últimos siglos. Pero ya hace algún tiempo que entraron en crisis y han tomado conciencia de sus propios límites y fracasos (ahí está la llamada postmodernidad). No se trata de convertir a la razón moderna en el chivo expiatorio de todos los desastres actuales, ni de construir la fe únicamente sobre las ruinas de la razón. Como acertadamente se dice, ante Dios el creyente se quita el sombrero, no la cabeza. Que la teología tenga que ver directamente con la sabiduría de la Cruz, no justifica la desconfianza sistemática en la inteligencia y en la razón; tal actitud alimenta la idea de que la fe y la teología nada tienen que hacer en los ámbitos intelectuales del pensamiento. Yo diría que hoy, ante el cuestionamiento radical de la razón y las pretensiones de algunos irracionalismos, la fe y la teología se transforman en defensoras de la razón. Basta leer la encíclica Fides et ratio para percibir hasta qué punto han cambiado algunos planteamientos. En todo caso, no me parece que Prometeo siga representando hoy, para el hombre contemporáneo, la única ni la principal figura de identificación. Más bien se asemeja a un naúfrago de utopías obligatorias, un tanto desorientado y temeroso de no ser ya señor, sino esclavo de la razón tecnológica. La misma teología se encuentra un tanto desbordada por los desarrollos tecnológicos. Y su obligación de ofrecer criterios de discernimiento no dispensa de la escucha atenta y del aprendizaje humilde. Podríamos considerar, por tanto, la razón tecnológica como un estímulo para qua la teología siga defendiendo la dignidad y la libertad del ser humano concreto e histórico, ayude a no identificar lo moralmente ético con lo técnicamente factible y nos mantenga abiertos a una novedad indeducible de lo ya dado y a la gratuidad de un Dios al que ya no se puede recurrir como tapaagujeros manipulable.

¿Cómo calificaría las relaciones entre magisterio pontificio y episcopal, y la teología en nuestros días?

G. M.:Generalmente se puede decir que las relaciones son buenas. Hay también unas tensiones, pero esto depende del autoentendimiento de algunos teólogos. A mi juicio, los desafíos en el mundo moderno son tan profundos, que muchas luchas entre el Magisterio y la teología son totalmente superfluas y dañinas, porque la teología nunca puede emplear su papel sin la ayuda del Magisterio, y, al revés, el Magisterio necesita el compromiso de la teología, cuya objetivo es una síntesis entre la respuesta de la revelación, una vez para siempre dada en Jesucristo, y el análisis y la formulación del entendimiento antropológico del hombre moderno respecto de los cambios sociológicos, políticos, científicos, filosóficos de hoy día.

S. C.: Como relaciones de instancias que se necesitan mutuamente para el logro de sus cometidos propios. Ciertamente, no se hallan en el mismo plano, pues, para la comprensión católica, la doctrina magisterial es un elemento integrante del mismo método teológico, no un adorno añadido. Por otro lado, no hay magisterio doctrinal que no recurra o no necesite de la reflexión teológica. Y muy pobre sería esta última si se limitara a un elenco repetitivo y rutinario de textos magisteriales. Siendo instancias no intercambiables, predomina una tónica mayoritaria de colaboración fecunda, lo cual no exime de tensiones, a veces difíciles, allí donde pueda hallarse en juego la función y el ámbito de autonomía propio de cada instancia. A veces (pensemos en el mismo Tomás de Aquino y en numerosos teólogos que contribuyeron a hacer posible el Vaticano II), las tensiones han traido consigo frutos positivos. En otras ocasiones no ha sido así. Y los sufrimientos personales o eclesiales han sido cuantiosos. Aunque la separación estricta resulta muy difícil, me parece importante también hoy recordar la distinción entre fe y teología: para que los teólogos relativicemos nuestras propias construcciones ante la precedencia de la fe; para que el Magisterio, cuyos documentos tienen diversos grados de normatividad vinculante, supere el riesgo de identificar la fe con una determinada teología.

¿Cómo se hace la transferencia del pensamiento teológico a la vida de los cristianos?

G. M.: Teólogos como, por ejemplo, Romano Guardini lograron con bastante acierto esta transferencia absolutamente necesaria. Sin perder el alto nivel, él y otros teólogos y filósofos cristianos, o hombres de la literatura cristiana, del arte cristiano, han sabido comunicar con los cristianos no académicamente formados en la teología y la filosofía. La teología no tiene que servirse a sí misma. El objetivo de la teología es la mediación entre el Evangelio, el Magisterio, la ciencia y la vida cotidiana.

S. C.: Dentro de una circularidad recíproca entre vida cristiana y reflexión teológica. La vivencia y la praxis de la fe goza de una prioridad en cuanto lugar de enraizamiento y meta última del esfuerzo discursivo. Pero esta misma fe no puede limitarse a pensar cualquier cosa menos la realidad de Dios y las implicaciones de su aceptación. A veces, quienes nos dedicamos a la docencia teológica, hemos de afrontar la sospecha de hacer más difíciles las cosas de la fe. Personas convencidas de que, en este terreno, es mejor dejar a un lado las preguntas. Ambientes donde el quehacer teológico se contempla con enormes reservas o queda reducido a legitimación de fundamentalismos. Sería cuestión de analizar estos síntomas. A mí me parece que es posible una relación más positiva. La teología está al servicio de la fe sencilla, entendida como fe auténtica, pronta y obediente, expresada en la praxis creyente y en el comportamiento vital. Pero esta misma fe necesita del quehacer teológico. Creer no significa aborrecer los problemas. Y las preguntas surgen en el interior mismo de la fe. Por ello es necesario explicar, interpretar, completar, traducir, hacer plausible y comunicable la fe, presentarla también como algo intelectualmente respetable. Nadie, tampoco el cristiano sencillo, puede escabullirse de esta tarea.

FE Y PROBLEMAS


¿Cómo se demuestra hoy el disenso teológico? ¿En qué ámbitos? ¿Sobre qué temáticas?

G. M.: Podemos decir que hay problemas respecto a la relación de la unicidad de Cristo y el valor religioso en las religiones ya históricamente existentes. Además, como sabemos todos, existen tensiones entre la doctrina moral de la Iglesia y las opiniones corrientes acerca de este tema, sobre todo, de la sexualidad humana, el aborto, la eutanasia, el valor sagrado de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. Estas diferencias no ocurren sólo entre los católicos y la sociedad, sino también existen entre los católicos comprometidos. A mi juicio, la doctrina de la Iglesia es, si nosotros la entendemos bien, por un lado un desafío salvífico, y por otro lado, entendido bien, una ayuda profunda para realizar la moralidad de la vida humana y del amor, cuyo núcleo es entregrar la vida y, como consecuencia, encontrarse con el prójimo en el amor.

S. C.: La expresión disenso teológico encierra el riesgo de convertirse en cajón de sastre donde meter a todo teólogo que exprese la mínima opinión crítica. Las dificultades, los conflictos y las divergencias existen, pero no siempre se originan por una pretendida voluntad de disentir o de ir en contra. Más bien están frecuentemente relacionados con la adecuada presentación de la doctrina, a la que exhortaba el Vaticano II (Constitución Gaudium et spes, 21), es decir, con el deseo de comunicar, transmitir y actualizar el Evangelio de Jesucristo a los hombres de hoy. Lo cual no excluye, sin más, posibles equivocaciones o errores, cuando el esfuerzo de acomodación llega a poner en juego contenidos substanciales de la propia fe cristiana. Entre los ámbitos donde se dan tales conflictos yo destacaría el de las distintas formas de inculturar o de aculturar el Evangelio, el ámbito de las normas morales de comportamiento, las pretensiones de proponer algo definitivo en un contexto de radical pluralismo, los contenidos del Credo o de la moral que no coinciden con opiniones sociológicamente mayoritarias... Su incidencia en la vida de los cristianos trae consigo extrañeza, desconcierto, dificultades añadidas para la fe, sospechas de que los enfrentamientos doctrinales encubran luchas más terrenas y humanas. No puede, sin embargo, considerarse a la mayoría de los fieles cristianos en estado de perpetua minoría de edad. Como ya he dicho antes, los conflictos también pueden ayudar a distinguir entre teología y fe y a vivir con mayor madurez el don inmerecido de esta última.

¿Cuáles son las vías de diálogo entre la teología y la postmodernidad?

G.M.: La filosofía así llamada postmoderna tenía un muy buen punto de partida, es decir, el rechazo de todos los totalitarismos que han devastado la cultura europea en los siglos XIX y XX. En contra de esos totalitarismos, la filosofía postmoderna tuvo sus orígenes en la Francia de los años 70. Este movimiento filosófico ha subrayado los definitivos límites de la razón humana. El hombre no puede por ninguna ideología absolutizar sus pensamientos meramente humanos. Ningún programa de un partido o de una escuela filosófica puede formular para todos los hombres la verdad absoluta. Sin embargo, lo que le falta a este postmodernismo es este entendimiento tan evidente de que el hombre, desde su razón, es relacionado a una verdad absolutamente trascendente, es decir, a un misterio del Amor que tiene la libertad de revelarse al hombre; éste, como ser creado, nunca podrá definir la verdad y crear la salvación. El hombre sigue siendo un posible oyente de la Palabra y destinatario respecto a los actos divinos. Ese mismo Misterio al que todos los hombres llaman Dios tiene desde su propia soberanía la ilimitada libertad de hacerse accesible por su revelación. Todo esto lo sabemos al aceptar la revelación de Dios en la historia de salvación relacionado en su pueblo elegido de Israel hasta la encarnación de Jesucristo, quien asume en su naturaleza humana a todos los hombres.

S. C.:En una doble dirección: cuestiones que la postmodernidad plantea a la teología y cuestiones que, desde la teología, se dirigen a las propuestas postmodernas. Entre las primeras yo colocaría la reivindicación que el pensamiento postmoderno hace de lo otro, lo diferente, lo plural, lo indisponible, lo marginal, lo ausente, lo inarticulado. Su crítica de las pretensiones totalitarias de la razón científica, de la preeminencia de lo simplemente cognitivo, del monopolio de lo funcional. Todo ello puede ayudar a que la teología supere su posible enclaustramiento en una conceptualidad ontoteológica (a expensas de la gratuidad), su obsesión por la unidad (con olvido de la diversidad), su preferencia por los elementos discursivos racionales (con la marginación de las tradiciones espirituales y místicas). Como dice D. Tracy, en la relación entre Theos y logos, propia de la teo-logía, algunos planteamientos postmodernos podrían valorarse como un deseo de que prevalga por encima de todo la sobrecogedora realidad del Theos (Dios) frente al logos (discurso). Por otra parte, desde la teología se ha de cuestionar la despedida de todo fundamento primero (ontológico, epistemológico, ético), la crítica radical de toda meta última como destructora implacable de la pluralidad, así como el alcance de la disolución del sujeto humano... No creo que la teología deba dedicarse a canonizar con retraso un pensamiento más o menos actual. Más bien, el pluralismo postmoderno es un estímulo para que la teología reelabore su propio tema: pensar a Dios de manera no totalitaria, como unidad abierta y convocante.

¿Qué palabra tiene la teología hoy respecto al nacionalismo?

G. M.: El nacionalismo o racismo es, por un lado, una herejía contra la creación, porque Dios ha creado a todos los hombres a su imagen y semejanza, y por eso todos somos hermanos. Por otro lado, las ideologías cerradas de este tipo son un insulto a la razón humana, porque razón, que es en griego logos, no se explica patológicamente en el odio o en el desprecio hacia los demás, sino que, a través de la cristología, todos los hombres pueden comunicarse entre sí con respeto y amor mutuo. Las diferentes culturas, lenguas, costumbres tienen el papel de enriquecer la amplitud humana. No son armas con las cuales nosotros luchamos unos contra otros, sino que, porque derivan de la razón, son medios de la comunicación y de la amistad. Nosotros, los católicos, no nos orientamos en la torre de Babel, en la patología, sino en Pentecostés (en la efusión del Espíritu), en el logos de Cristo, o la racionalidad de la catolicidad, es decir, universalidad. Todos sabemos que los nacionalismos y racismos han devastado la cultura y la Humanidad. Por el contrario, la unión y la amistad siempre han favorecido el desarrollo de la Humanidad en todos los países del mundo.

S. C.:Es ésta una cuestión muy compleja, pues exigiría precisar lo que en cada caso encierra el término de nacionalismo. Así lo corrobora, por ejemplo, la situación que, desde hace años, se está viviendo en Europa y especialmente entre nosotros. Nadie puede dispensarse de un conocimiento de las diversas situaciones ajustado a la realidad histórica, social y política. Y, si la teología tiene una palabra que decir al respecto, debería ser de contribución al discernimiento y a la convivencia pacífica desde una perspectiva creyente; para reconocer y promover lo que en los diversos nacionalismos hay de plenamente legítimo y deseable; para defender la dignidad de todas las personas, en el reconocimiento efectivo de sus derechos humanos irrenunciables y de su libertad; para rechazar explícita y decididamente las formas de violencia y de terrorismo que aniquilan estos derechos y no muestran respeto alguno por la vida humana; para superar las identificaciones excluyentes, que terminan haciendo de la nación, de la etnia o de la cultura propias una especie de ídolo, es decir, algo que para un creyente pueda ser más decisivo que su fe en Dios o que el amor incondicionado al ser humano concreto.

¿Cómo calificarían la calidad de la docencia teológica en Europa y, particularmente, en España?

G. M.:Al hablar de España puedo añadir muchas buenas experiencias. He dado conferencias en Santiago de Compostela, Salamanca, Pamplona, Madrid y en muchos países de Iberoamérica. Conozco a muchos profesores de profunda calidad y gran compromiso. No obstante los muchos problemas que tenemos, puedo decir que soy optimista en cuanto a la evolución de la teología al nivel de España, también de Italia, a las que conozco un poco, y también otros países de Europa como, por ejemplo, Polonia, donde estuve enseñando en diversas ocasiones.

S. C.: Esta pregunta me obliga a ser juez parcial y unilateral en propia causa. Me referiré sólo a España. Aquí nos encontramos con una desproporción entre la proliferación de instituciones docentes de diversos niveles y el número decreciente de alumnos, sin que las ventajas que de aquí podrían deducirse (enseñanza más personalizada y más completa) se hagan siempre realidad. Por otro lado, hay una incorporación creciente y positiva de seglares, hombres y mujeres, a los estudios teológicos, que obliga a sobrepasar los horizontes demasiado clericales de la docencia teológica. Pero, por número, el conjunto de los estudiantes de teología contrasta con el carácter masivo de las universidades civiles. Y la exclusión de la teología de estos ámbitos universitarios no me parece buena para la calidad de la docencia; acostumbra rutinaria y engañosamente a la autoevidencia de lo que se enseña, y dificulta la dimensión pública del discurso teológico. La sobrecarga de tareas en los profesores de Teología, unida a una cierta desestima de lo intelectual por parte de planteamientos pastorales, tampoco favorece la calidad docente. Finalmente, deberíamos preguntarnos si la teología no sigue demasiado anclada en sus métodos tradicionales y en su regulación normativa, sin explorar las nuevas posibilidades tecnológicas para la difusión de su pensamiento y de sus propuestas.

DIÁLOGO ECUMÉNICO

La reciente Carta de Juan Pablo II al Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana nos da pie para preguntar sobre cuáles son los límites teológicos en el diálogo ecuménico. ¿Hasta dónde puede llegar este diálogo y a qué no se puede renunciar?

G. M.: Esta carta habla, en efecto, de algunos problemas que tenemos en el ecumenismo, sobre todo en Alemania, donde la división de la Iglesia tuvo su origen. Teológicamente dicho, los límites del diálogo ecuménico son idénticos en su metas. Según nuestra concepción católica, nunca pueden existir diferentes Iglesias con doctrinas contrarias unas a otras. De acuerdo con Cristo sólo es posible una plena comunión de todos los que creen en Cristo, en la misma fe, los mismos sacramentos, y la misma autoridad sacramentalmente fundada en la sucesión apostólica de los obispos y del Papa, como sucesor de san Pedro. Las preguntas discutidas acerca de la declaración Dominus Iesus se refirieron, respecto al tema de la eclesiología, a diferentes metas en el concepto de la unión de los cristianos. El protestantismo tradicional se da por satisfecho con una buena y respetuosa convivencia de diferentes Iglesias. Por el contrario, la Iglesia católica, como también el pensar católico de las Iglesias orientales, hasta ahora lamentablemente no completamente unidas con el Papa, deben decir que, de acuerdo con la Biblia y los Padres de la Iglesia, la meta del ecumenismo es la completa comunión en la profesión de la fe, la celebración de los sacramentos y la autoridad apostólica del Magisterio.

S. C.: Precisamente en esa Carta indica Juan Pablo II que el camino del ecumenismo, abierto por el Concilio, es irreversible. El mismo Papa ha dado impulsos decisivos no sólo con documentos (por ejemplo, Ut unum sint), sino también y especialmente a través de numerosos gestos, llenos de autenticidad cristiana, en sus encuentros con las otras confesiones (baste recordar su última petición de perdón a los ortodoxos en su visita a Grecia). Mi impresión es que, durante los últimos treinta años, se han dado en el diálogo teológico ecuménico pasos más decisivos que a lo largo de varios siglos. Conviene recordarlo, cuando a veces se propaga la impresión de estar como en un bloqueo resignado. Las dificultades de recepción que los acuerdos alcanzados hallan en las respectivas comunidades, indican que no todos pueden seguir los mismos ritmos y que hay distintos niveles en el diálogo ecuménico. Superar ciertos límites de las propias tradiciones confesionales no lleva necesariamente a la pérdida de la propia identidad. Puede suponer un enriquecimiento recíproco, y una superación de las tentaciones y angustias que implican identificar unidad con uniformidad. Yo no pondría, por ello, en el primer plano la pregunta por los límites teológicos en el diálogo ecuménico. Es claro que a nadie se le puede pedir la propia autodisolución y que no se han de obviar, por razones tácticas, las verdaderas cuestiones de fondo, de divergencias fundamentales. Pero todo esfuerzo es poco de cara al logro de la unidad de los cristianos, no sólo en el amor, sino también en la verdad. Siglos de enfrentamientos no se borran de la noche a la mañana y todos estamos necesitados de una purificación de la memoria.

¿Existe, en síntesis, un franco diálogo entre la teología y la cultura contemporánea, entre la teología y las ideas políticas, sociales, económicas?

G.M.: Es un poco difícil hablar de la cultura contemporánea en singular, porque como todos nosotros sabemos hoy existe a nivel nacional, europeo, mundial, ciertamente en diferentes grados, un pluralismo en las costumbres, ideas políticas, prácticas económicas, ideas filosóficas y convicciones religiosas. La teología no ha dejado de hablar, y sobre todo en los siglos XIX y XX, con todas las culturas en su pluralidad; y a la vez la teología y la vida eclesiástica tienen, desde hace mucho tiempo, muchos rostros. Es decir, la teología misma está enraizada a través de diferentes expresiones de la existencia humana. Por poner un ejemplo, la paz social que tenemos en Alemania, y también una cierta concordia de un compromiso de justicia social, que vale para todos, se debe directamente a la doctrina social de la Iglesia católica. Claramente hay también problemas en Alemania, pero ninguno pone en cuestión los objetivos, o la razón nacional política de justicia y de compromiso social del Estado y de todos los ciudadanos. Todo esto es un resultado de una inculturización de la doctrina social católica en la sociedad de un país concreto.

S. C.:Yo creo que la actitud dialogal, tan característica del Vaticano II, es propia del quehacer teológico y sigue teniendo vigencia. Tal vez deba ganar aún en capacidad de escucha y de interpelación mutua, en autenticidad y en rigor. A veces uno siente cierto malestar cuando, en el planteamiento de la relación, se presupone implícitamente que, en principio, de un lado está la cultura y de otro lado la teología (o la fe). La inculturación no es sino ejercicio de obediencia al mandato de Cristo para que la Buena Nueva llega a todos los pueblos. Hoy día existen tensiones entre una cultura cada vez más mundializada y las culturas particulares o contextuales. En esta situación, la reflexión teológica no puede renunciar a una tarea de discernimiento crítico; para reconocer y asimilar los valores culturales (bondad, belleza, verdad, oferta de sentido), que constituyen una auténtica apertura al Evangelio y que se dan siempre en la realización histórica y concreta de las diversas culturas; para dejar al descubierto las pretensiones de poder o de dominación, que se ocultan a veces bajo capa de universalidad cultural o de idiosincrasia particular; para que el ser humano no sea prisionero de ninguna de sus culturas; para que la fe alcance el corazón de cada una y la purifique (de lo que es fuente o fruto del pecado), la fecunde (con dones y vitalidad nuevas), la enriquezca (con la savia vital del Evangelio) y la abra a los horizontes propios de la novedad (el mandamiento del amor), que trae consigo el acontecimiento Cristo.

¿En qué medida la teología conduce a una mayor profundidad en la vida espiritual de los cristianos?

G.M.: La vida espiritual de los cristianos no es algo nublado más allá de la vida intelectual y práctica de los cristianos. No podemos distinguir absolutamente entre teología y espiritualidad. En una sociedad pluralista y mayormente secularizada y con una mentalidad inmanentista, ningún creyente puede vivir con unas superficiales costumbres cristianas. La medida de emplear la misión del cristianismo y del servir a todos nuestros hermanos y hermanas, incluso a los todavía no creyentes, es nada más que una profunda y completa identificación con Jesucristo, que ha venido no para ser servido, sino para servir y dar su vida por los hombres; si uno interpreta su existencia cristiana a partir de Cristo y no se deja intimidar por el inmanentismo y consumismo, los cuales pretenden ser las últimas y definitivas respuestas respectos a los desafíos de la existencia humana. El inmanentismo va a fracasar, como el fascismo, el comunismo, o el liberalismo escéptico, de forma lastimosa, con muchas víctimas de estas ideologías. El cristiano de hoy, como el de siempre, necesita coraje y amor. Cuando el apóstol Pedro temía hundirse en el barco durante la tempestad, Jesús reaccionó: Ánimo. O cuando Pedro le dijo: Hemos trabajado toda la noche sin haber recogido nada, Jesús nos contestó también a todos nosotros: Rema mar adentro. El cristianismo es el único verdadero humanismo, porque Dios, en su Palabra, se hizo hombre en Jesucristo y habita entre nosotros para siempre, humanizándonos.

S.C.:Resulta difícil determinar esta medida, pues aquí convendría escuchar sobre todo la voz de quienes no son teólogos. En cualquier caso, la desvinculación entre teología y vida espiritual produce consecuencias nefastas: bien una autojustificación del discurso teológico en sí mismo, sin resonancia en las comunidades creyentes; bien la pérdida del norte orientativo, que da alas a fundamentalismos religiosos o favorece activismos inmediatistas y efímeros. De ahí la importancia de resituar la vida espiritual como presupuesto y referencia de la teología. El discurso teológico, por ejemplo, sobre la encarnación del Hijo de Dios y sobre la resurrección de los cuerpos corresponde a una espiritualidad de afirmación positiva del mundo y de lo corporal, de compromiso vital con la Historia, de confianza en un Dios creador, que mantiene su fidelidad inquebrantable, precisamente en el momento de la muerte... Yo comparto la nostalgia y el deseo de una teología que alimente la existencia cristiana y de una vida espiritual que sea como la matriz de la reflexión teológica. Habitadas ambas por una presencia que da fortaleza en tiempos de contradicción y contagia esperanza ante horizontes recortados.