RetrocesoA&ONº 265/21-VI-2001SumarioMundoContinuar
Ucrania
Otro viaje más difícil de Juan Pablo II
El Pontífice llega este sábado a Kiev para reconocer el heroísmo de los cinco millones de católicos del país,
dobreviviendo como en catacumbas hasta hace diez años, y para proponer la reconciliación
con la Iglesia ortodoxa obediente a Moscú. Un objetivo, este último, nada fácil...
Jesús Colina. Roma

Juan Pablo II aterrizará este sábado en Kiev para realizar otro de los viajes más complicados de su pontificado: por una parte, confirmará en la fe a los cinco millones de católicos de ese país, que en esta última década han salido de las catacumbas en las que los había encerrado Stalin; por otra, tratará de impulsar las relaciones con la Ortodoxia rusa, que en Ucrania tiene su cuna y que se opone frontalmente a la peregrinación papal.

Después del éxito del viaje a Grecia (4 al 5 de mayo), que conmovió a la Iglesia ortodoxa con la petición de perdón por los pecados cometidos por católicos contra ortodoxos a través de los siglos, el Pontífice quiere mostrar ahora al Patriarca de Moscú, Alejo II, que, tras las décadas de ateísmo de Estado impuesto en esas tierras, el desafío no es la competencia entre las confesiones cristianas, sino el del anuncio del Evangelio.

En Ucrania, país de 50 millones de habitantes, posiblemente el país más religioso de los obedientes a la Ortodoxia rusa, el 40% de la población se declara atea, y la práctica religiosa en las Iglesias ortodoxas es bajísima, con cifras inferiores al 5% de los creyentes.

CISMAS ENTRE LOS ORTODOXOS


Los problemas que tiene que afrontar con este viaje el Patriarca de Occidente, como llaman algunos por aquí al Papa, en buena parte no dependen de él. El primero y quizá más importante es el de los cismas que han estallado en la Ortodoxia en los últimos años. Estas divisiones han puesto en dificultad al Patriarca Alejo II de Moscú.

Al menos dos mil parroquias ortodoxas han abandonado la obediencia a Moscú, al reconocer como líder al Patriarca de Kiev, el arzobispo metropolitano Filarete, principal antagonista del actual Patriarca ruso, durante su elección por el Santo Sínodo. Alejo II, tras su designación, excomulgó a su rival ucraniano y le redujo al estado laical. En respuesta, Filarete se autoproclamó Patriarca de la Iglesia ortodoxa ucraniana. El rencor histórico que queda en Ucrania a todo lo que tenga sabor a ruso le permitió a Filarete convertirse en el principal interlocutor de los dirigentes políticos de su país, marginando al arzobispo metropolitano Vladimir, el hombre en Kiev del Patriarca ruso.

Además, algunos cientos de parroquias se han reunido en la Iglesia ortodoxa ucraniana autocéfala. Esta corriente se inspira en la Ortodoxia de las catacumbas, que nunca aceptó las imposiciones del régimen soviético y que acusa a Alejo II de colaboración con el KGB en tiempos soviéticos.

En este ambiente de divisiones, es comprensible que Alejo II vea la visita de Juan Pablo II, líder religioso que goza de gran prestigio y reconocimiento entre la población ucraniana, como un elemento que desestabiliza su frágil posición.

A esta situación, se le añade después la gran acusación que lanza Alejo II a la Iglesia ortodoxa: proselitismo. Se trata de una reacción ante el crecimiento que están experimentando los católicos ucranianos, y en particular los de rito oriental, que tienen las mismas tradiciones y liturgia de los ortodoxos, pero que obedecen a Roma.

Stalin, en 1946, decretó la eliminación en la Unión Soviética de la Iglesia católica de rito oriental, y obligó a sus miembros a pasar, con sus propiedades eclesiásticas, a la Iglesia ortodoxa. Los que se opusieron, la inmensa mayoría, obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, conocieron las cárceles e incluso el martirio. Todas sus propiedades pasaron por la fuerza a la Ortodoxia. Mijaíl Gorbachov, al recuperar la libertad religiosa en tiempos de la Perestroika, aprobó una ley que establecía la devolución de algunas de estas parroquias a los católicos. La oposición ortodoxa, sin embargo, fue y sigue siendo feroz. En ocasiones, los sacerdotes ortodoxos viven en algunos de esos templos desde hace cincuenta años con su familia y, como es fácil de comprender, no tienen la más mínima intención de devolverlos. Alejo II se niega a encontrar soluciones concretas, pues considera que Ucrania es territorio canónico ortodoxo, en el que sólo tiene derecho a implantarse el cristianismo ortodoxo.

MÁRTIRES DEL NAZISMO Y DEL COMUNISMO


En este ambiente, complicado aún más por la grave crisis económica y política que atraviesa Ucrania, Juan Pablo II será recibido entre el 23 y el 27 de junio por unos dos millones de ucranianos, quienes demostrarán así que todo lo que viene de Moscú, incluidas las polémicas de su líder religioso, en estos momentos no tiene demasiada buena prensa.

Entre los momentos más simbólicos de la visita destacan dos ceremonias de beatificación de 27 ucranianos, mártires del comunismo y del nazismo. Se trata de 7 obispos, 14 sacerdotes diocesanos o religiosos, 3 religiosas y un laico, padre de familia. Hay además un obispo y un sacerdote greco-católico, este último casado y con hijos, que fue martirizado por los nazis por ayudar a los judíos perseguidos.

Según el programa oficial, en esos días el Pontífice visitará las ciudades de Kiev y Lvov. El sábado, 23 de junio, tras su llegada a Kiev, efectuará una visita de cortesía al Presidente ucraniano, Leonid Kuchma, en el palacio presidencial, y se encontrará con los representantes del mundo de la política, la cultura, la ciencia y la economía. Para evitar interferencias en el cisma ortodoxo, el Pontífice no ha querido tener encuentros separados con sus diferentes líderes, pues esto provocaría una auténtica guerra entre ellos y con el Papa. Por este motivo, se ha organizado un encuentro conjunto con el Consejo Panucraniano de las Iglesias y de las organizaciones religiosas en el palacio de la Filarmónica Nacional de Kiev. Es posible, como ha anunciado Alejo II, que ningún representante ortodoxo obediente a Moscú asista a ese acto. No faltará tampoco, en esta ocasión, un encuentro con los jóvenes ucranianos.

Juan Pablo II no sólo pisará la tierra de Ucrania, sino que penetrará en la Rus, es decir, en ese espacio étnico-cultural que los rusos, como explica Alexander Solzjenitzin, sienten como carne de la propia carne. De este viaje dependerá no sólo el sueño de visitar Moscú, acariciado por el Papa durante tantos años, sino sobre todo el futuro de las relaciones con las Iglesias ortodoxas, pues la rusa es la que mayor número de fieles tiene.

Por el momento, los medios de comunicación de Ucrania han dado gran espacio al regalo que el Papa ha hecho al país al donar al Hospital Municipal de Pediatría número 2, de Kiev, el material necesario para equipar una sala de operaciones para niños, así como un departamento de primeros auxilios para recién nacidos. El director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls, ha declarado que, con este gesto, el Sumo Pontífice quiere manifestar su cercanía a los niños ucranianos enfermos y, en especial, a los que sufren las consecuencias de la catástrofe de Chernobyl.

La ceremonia de entrega del regalo del Santo Padre tuvo lugar el pasado 11 de junio en el Hospital Pediátrico de Kiev. Asistieron a la ceremonia diversas personalidades del mundo eclesiástico y civil, entre las cuales miembros de la administración del Hospital y de la ciudad de Kiev, junto a numerosos representantes de los medios de comunicación. Estuvo también presente el viceministro de Exteriores, Petro Sardachuk. Los responsables de la estructura sanitaria han asegurado que los equipos ya han empezado a funcionar, y que contribuirán a salvar la vida de numerosos niños enfermos. La entrega del regalo del Papa ha tenido un gran eco en la opinión pública.