|
|
|
A lo largo de mi vida he tenido situaciones muy hermosas y grandes momentos de felicidad, pero nunca pude imaginar que sentirse madre revolucionara tanto mi vida y mis sentimientos. Desde el instante en el que conocí mi estado, el concepto de vida cambió para mí; mi cuerpo ya no era mío, dentro de mí había un ser al que yo quería transmitir desde ese momento mi amor, tranquilidad, seguridad..., alimentarlo, y que todo eso se lo proporcionaba yo con mi cuerpo, según yo me encontrase. Antes no me preocupaba por mí, ahora esa preocupación pasó a primer plano, porque, según mi estado, se lo transmitía directamente a mi hijo, afloraba por primera vez el instinto de ser madre y proteger a mi hijo, a un ser al que no conocía pero que ya amaba con toda mi alma.
Llegó el día, el momento de conocer a mi hijo, de ver por primera vez su cara: aquí está, es tan lindo, tan hermoso, tan bello, su cara blanquita, sus manos tan pequeñitas y su primer llanto en su contacto con el mundo. Ponen su cuerpo sobre el mío y me pregunto: ¿cómo es posible que yo haya podido dar vida a un ser tan hermoso? Es vida. El instante en que conocí a mi hijo me dije a mí misma que jamás, jamás, le faltaría cariño, amor, apoyo, protección; no sé si podré darle todo materialmente, pero espiritualmente me tiene para siempre, que se sienta querido y deseado. Mi hijo ha cambiado mi vida, en este momento me necesita, se ve tan indefenso Es tan hermoso ver cómo de su pequeña boquita nace una sonrisa, cómo conoce mi voz y sigue mis ojos con sus pequeñitos ojos, cómo mueve sus brazos y sus piernas todavía torpes. Es hermoso, es fascinante. La experiencia de ser madre es lo mejor que ha podido ocurrirme nunca. Ana Pedrero |