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Extraña ceguera
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Entonces, ¿cuál es el propósito de la posesión diabólica? preguntó Karras con el ceño fruncido. ¿Qué sentido tiene? ¿Quién lo sabe? respondió Merrin. ¿Quién puede tener la esperanza de saber? Pero yo creo que el objetivo del demonio no es el poseso, sino nosotros , los observadores... Y creo que lo que quiere es que nos desesperemos, que rechacemos nuestra propia humanidad, que nos veamos como bestias, como esencialmente viles e inmundos sin nobleza, horribles, indignos. Y tal vez ahí esté el centro de todo: en la indignidad. Porque yo pienso que creer en Dios es una cuestión de amor, de aceptar la posibilidad de que Dios puede amarnos Merrin hizo otra pausa y prosiguió: Él demonio sabe dónde atacar Hace mucho tiempo que me sentía desesperado por no poder amar a mi prójimo. Ciertas personas me repelían. ¿Cómo podría amarlas?, pensaba. Y eso me atormentaba, Damien; me llevó a desconfiar de mí mismo y, partiendo de aquí, desconfiar de mi Dios. Se hizo añicos mi fe Interesado, Karras preguntó: ¿Y qué pasó? Pues que, al fin, me dí cuenta de que Dios nunca me pediría aquello que me es psicológicamente imposible, que el amor que Él me pedía estaba en mi voluntad y no quería decir que debía sentirlo como una emoción. Me pedía amor hacia los demás, y el hecho de que lo hiciera con aquellos que me repelían, era un acto de amor más grande que cualquier otro. Pero entonces no alcanzaba a verlo. Extraña ceguera. ¡Cuántos maridos y mujeres creerán que ya no se aman porque sus corazones no se conmueven al verse . Ahí radica la posesión; no tanto en las guerras, como algunos quieren creer, y muy pocas veces en intervenciones extraordinarias. No, yo lo veo mucho más a menudo en cosas pequeñas, Damien; en los mezquinos o absurdos rencores, en las equivocaciones, en la palabra cruel e insidiosa que las lenguas desatadas lanzan entre amigos. Unas cuantas de estas cosas y ya no es necesario que Satán dirija muestras guerras; las dirigimos nosotros mismos W. Peter Blatty |