RetrocesoA&ONº 266/28-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
Entrevista al escritor italiano Claudio Magris
El amor de lo grande,
descubierto en lo pequeño
El pensador y ensayista Claudio Magris ha concedido una larga entrevista a la revista Calibán,
de la Delegación de Juventud, del Arzobispado de Madrid. Por gentileza de su firmante,
el director de Calibán, don Javier Alonso Sandoica, ofrecemos a nuestros lectores
un anticipo de este interesante análisis de la cultura de nuestro tiempo 

En su posfacio de Verde Agua habla del peso de lo insignificante y pequeño en la literatura, capaz de expresar lo más grande; ¿qué quiere decir?

Es necesario poner atención en lo que parece insignificante, en lo que parece pequeño, en lo que parece que se queda atrás, y descubrir toda su gran riqueza, muchas veces conculcada, pisoteada por la violencia histórica, social, personal o de otro tipo que oprimen al individuo. Pero en esta búsqueda no hay interés por el llamado small is beautiful, eslogan que considero falso. Se trata de volver la atención a lo que la Sagrada Escritura llama la piedra desechada por los constructores, es decir, a ciertos casos extremos de pequeñez, de dolor, de opresión, incluso de silencio o de insignificancia a la que el individuo es reducido. Pero, como dice la Escritura, con esa piedra rechazada por los constructores se puede hacer también la piedra angular de la Casa del Señor, es decir, el problema está en descubrir en estos destinos quizá mudos, pequeños, lo grande: la pasión, el sentimiento, el significado, la grandeza de la vida. Así como en un charco se refleja lo infinito del cielo; el amor por el charco es por tanto el amor de lo grande, encontrado, como corresponde a nuestra humilde condición humana, en lo pequeño.

¿Cuál debe ser el compromiso de la literatura en nuestro tiempo?

Algunos de los más grandes escritores de nuestro siglo han cometido errores desastrosos, demostrando entender bien poco de política; han sido nazis, fascistas, estalinistas. Nosotros seguimos amándoles, porque comprendemos el camino torcido y autodestructivo que ha podido llevar a algunas nobles figuras, a algunas personalidades de puro y noble sentimiento humano, a hacer elecciones que negaban aquellos sentimientos humanos suyos, que destruían su misma humanidad. De este recorrido torcido podemos y debemos entender las razones, continuar amando a esos escritores y aprendiendo lo que enseñan, pero distinguiendo esto de sus errores y viendo su debilidad. La literatura es comprometida en el sentido de que cada hombre, y por tanto también el escritor, no puede eludir los deberes, las preguntas fundamentales. La literatura tiene una gran función moral porque muestra, narra una vida y, sin predicar (la literatura es lo opuesto a cualquier predicación), lo que significa, en la realidad concreta de una persona, la culpa o la libertad, el pecado o la generosidad. La literatura tiene una gran función moral sólo en cuanto que no se propone explícitamente una función pedagógica, sino que enseña la moral indirectamente, contando historias, creando una atmósfera, una dimensión de la vida. Lo encontramos ya en el Evangelio: cuando los discípulos no entienden la enunciación teórica de una verdad, Jesús cuenta una parábola: hace ver, tocar, muestra concretamente la moral resuelta y actualizada en la vida.

Marisa Madieri y usted han mostrado siempre una preocupación clara por la dignidad de los más débiles (no nacidos, ancianos…), ¿el déficit moral de nuestro tiempo tiene que ver con la definición que tengamos de persona?

No creo eso de que en el pasado las cosas fueran mejor, respecto a la definición de persona y al reconocimiento de la dignidad de cada persona. Creo en cambio que en el pasado las cosas estaban mucho peor. Pienso en pueblos enteros exterminados sin que la conciencia colectiva occidental tuviera remordimiento alguno. Nosotros, ciertamente, aún debemos extender más el reconocimiento de la dignidad a categorías de personas a las que no ha sido aún reconocida o plenamente reconocida, como es el caso de los individuos en las primerísimas o últimas fases de su existencia.

En un artículo en Il Corriere della Sera usted hablaba del papel social de la moral de la Iglesia, ¿nos lo podría explicar?

La Iglesia debería ser mucho más valiente en el saber verdaderamente dar a conocer y difundir los auténticos fundamentos de su pensamiento, de su doctrina, que a menudo son banalizados, incluso por parte de muchos eclesiásticos y de mucha instrucción católica, en un achatamiento o en una dimensión mezquina que no hace justicia a cuanto de alto, de grande, de atrevido, de libre hay en la verdadera eneñanza de la Iglesia. Yo tuve la fortuna, de chico, de frecuentar ambientes y de conocer sacerdotes que me han dado este sentido alto y fuerte, picaresco, a lo Chesterton, para entendernos, de la Iglesia; que me han hecho entender cómo el cristianismo quiere decir vida, aventura, plenitud, riesgo. La Iglesia se encuentra, creo, frente al más grande y tremendo desafío quizá del curso de su historia. Por primera vez en la Historia, el cristianismo corre verdaderamente el riesgo de ser absorbido por la secularización, desenraizado, asimilado, volatilizado y evacuado. El capitalismo es la fuerza más revolucionaria que haya habido en la Historia, más desenraizante, más capaz de desarraigar, para bien o para mal, costumbres, valores, tradiciones, modos de ser. Y está literalmente echando fuera al cristianismo (al menos ésta es la impresión que se tiene), como una excavadora que aparta los escombros. Creo que el Papa se ha dado cuenta dramáticamente de que el comunismo ha supuesto una mala influencia respecto al cristianismo, pero el capitalismo triunfante es un cáncer. Naturalmente se podría decir siempre que la Iglesia reposa en la fe de la promesa que le fue hecha del non praevalebunt, pero, como ha dicho en una bellísima intervención el cardenal Ratzinger, esta fe no autoriza a ningún triunfalismo y a ninguna tranquilidad satisfecha, porque incluso quien, apoyándose en esa promesa, piensa que la Iglesia existirá hasta el final de los tiempos, no puede excluir que pueda haber larguísimos períodos en que la Iglesia sea reducida a una lucecita. Verdaderamente, la Iglesia parece conformarse con una especie de distribución de metafóricas píldoras moralizantes, en una especie de contracepción espiritual ilusoria que impida la proliferación de la secularización y del achatamiento.