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Tenemos las retinas opacas, como veladas por una telaraña de dolor, de tanto contemplar lirios rotos, infancia tronchada: niños moribundos de sida, niños esclavizados, niñas prostituidas, niños soldados Niños muertos, asesinados en frentes de batalla o acribillados a balazos por su padre enloquecido en el apartamento del quinto piso Bebés quemados con cigarrillos por pobres madres drogadictas Criaturas con el cráneo destrozado a fuerza de golpes Todos los días, todas las horas, cada segundo: niños que rompemos, destrozamos para siempre en un matadero abortista, en las calles de Brasil, en los solares polvorientos de Cisjordania, en una barriada de Madrid o en un rascacielos de Denver.
Son los hijos que nunca llegarán a adultos de la ira, del furor, del odio, de la angustia, de la injusticia, de la miseria. ¿Es que quiere Dios el dolor de los niños?, se preguntan almas bienintencionadas o revueltas. No: Dios quiere que estos pequeñuelos, sus predilectos, vivan alegres, queridos, sanos. Somos los hombres los que estrujamos con nuestras manos o nuestros corazones insensibilizados. Son hijos de una época en guerra consigo misma, perdida, que no sabe encontrar su conciencia en el laberinto de las pasiones violentas. Los niños que rompemos son hijos de nuestra falta de paz espiritual. O eso creo.
Pilar Cambra |