RetrocesoA&ONº 266/28-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
¿Edificar o destruir la ciudad?
Escribe el obispo Secretario del Consejo Pontificio para la Familia

Todas las civilizaciones del Mediterráneo europeo muestran, con sus castillos, sus murallas y sus poblaciones en las alturas, que los enemigos podían presentarse en cualquier momento y que los ciudadanos deberían poder reaccionar en seguida y con ventajas para rechazar al agresor. Han tratado de prevenir también las agresiones internas haciendo que los peligros fueran limitados. Para las personas que constituían un peligro (homicidas, ladrones, violadores), la sociedad programaba una serie de disposiciones, leyes y penas, a fin de desalentar la elección y prosecución de un camino delictivo.

La vida, la propiedad, la fidelidad y la justicia eran bienes para toda la sociedad, que tenían que ser defendidos. Un ámbito propicio para desarrollar el conjunto de tales virtudes era la familia, que se inicia con la entrega conyugal y se realiza acabadamente con la llegada de los hijos. Proteger la familia era un modo primordial de la defensa de la misma sociedad y de la civilización. No sólo porque prevenía tales desviaciones, sino porque promovía las virtudes y valores humanos de civilización.

¿Qué está sucediendo hoy para que aspectos primarios de esta protección sean abandonados con tanta superficialidad? Hoy las armas, murallas y baluartes no dan garantía contra los enemigos. Se ha progresado suficientemente en una protección civil que garantiza, al menos, contra aquellas amenazas que ahora podemos juzgar como primitivas. No es necesario tampoco hoy formar ejércitos cuyo poder prevalente era el número de los alistados. Los actuales instrumentos mecánicos pueden hacer totalmente irrelevante la ingente grandeza de un ejército que se enfrenta con un pequeño grupo bien adiestrado. La familia, pues, parece no tener mayor interés para los rectores de la ciudad; y la razón es porque no la necesita ni para la protección civil ni para el bienestar económico. Si los hijos son considerados como bienes de consumo, se explica fácilmente la caída de la tasa de natalidad en las sociedades occidentales, en razón del principio de utilidad decreciente (véase Francisco Cabrillo, Matrimonio, familia y economía, Minerva Ediciones, Madrid 1997).

Ahora bien, ¿la sociedad necesita a la familia para otras tareas? Parece, por el proceso de la legislación en estos últimos años, que no le son muy necesarios ni la estabilidad de los casados, ni las ventajas que para los hijos proporciona la comunión estable de sus padres, ni siquiera la misma capacidad reproductiva de quienes se unen maritalmente. El divorcio no sólo es bien visto y legalizado, sino que a veces parece que es hasta promovido e incentivado. La fecundidad de los hogares no es ya una bendición para la sociedad. La práctica de la esterilización química, o mecánica, y aun quirúrgica, no es sólo tolerada, sino aprobada y aun incorporada a la red de seguridad sanitaria, con intentos de aprobar la misma píldora abortiva RU-846, y se acepta legalmente la práctica del aborto en ciertos supuestos.

Todas estas manifestaciones son ataques parciales pero concéntricos contra la institución del matrimonio. Son ataques sibilinos porque no manifiestan expresamente su fuerza y la malicia de destrucción que contienen. Pero si son graves las precedentes deformaciones —mucho más si son asumidas en la legislación de los pueblos, además de introducidas en los usos y costumbres — hay otras peores que vienen precedidas y preparadas por aquellas que niegan directamente la misma naturaleza de la institución matrimonial.

A ellas se refería el Santo Padre en el discurso al tercer grupo de obispos españoles en su visita ad limina (20 de febrero de 1998). Se trata de una corriente que tiende a debilitar su verdadera naturaleza: es el intento de equipar la familia en la opinión pública, e incluso en la legislación civil, a meras uniones carentes de forma jurídica constitucional, o reconocer como familia la unión entre personas del mismo sexo. Aunque no es competencia única y específica del magisterio de la Iglesia, es obligación de sus pastores proclamar, con firmeza pastoral, como un auténtico servicio a la familia y a la sociedad, la verdad sobre el matrimonio y la familia, tal como Dios lo ha establecido.

Tal anuncio profético es un bien necesario para el pueblo fiel, que es confirmado en la verdad: también para quienes no profesan la fe católica, pues el matrimonio y la familia constituyen un bien insustituible de toda la sociedad; y, finalmente, para quienes tienen la importante responsabilidad de tomar las decisiones sobre el bien común de la nación.

Las actuales tendencias de descomponer la familia, y la fragilidad de la ley en la defensa y la protección de los valores a ella conexos, hace más perentorios y urgentes la formación y el testimonio de los laicos cristianos, especialmente el de las familias, en proponer con su palabra y anunciar con sus vidas los valores humanos y sociales del matrimonio y la familia. Los laicos casados han de ser los primeros en testimoniar la grandeza de la vida conyugal, familiar, fundada en el compromiso y en la fidelidad. Mediante el sacramento, su amor humano adquiere un valor infinito.

Para un fortalecimiento de la pastoral del matrimonio y de la familia en estas circunstancias, convendría desarrollar algunos objetivos prioritarios.

- Profundizar en la teología del matrimonio: tanto pastores como esposos pueden mejorar el conocimiento científico de todo cuanto concierne a esta institución prioritaria de la sociedad. El interés de Juan Pablo II de crear institutos para los estudios sobre el matrimonio y la familia no ha sido otro que capacitar intelectualmente a los agentes de la pastoral ante los desafíos que se avecindaban. En Valencia está ya operante uno de estos centros.

- Despertar el celo apostólico de las familias y en concreto de los movimientos y asociaciones de espiritualidad matrimonial. Punto prioritario de la nueva evangelización es la familia. Las familias pueden dar un gran impulso abriendo las puertas a quienes no tienen hogar, o viven en situaciones difíciles, proyectando la fuerza de un amor desinteresado e incondicional. Junto a la doctrina, el testimonio de quienes expresan en sus vidas la realidad de los valores tiene una fuerza arrolladora: hace patente con las obras los frutos de la verdad.

- Adecuada preparación de quienes acceden al matrimonio. Los aspectos cristianos que conlleva este estado presuponen toda una antropología: la visión de la persona, del amor humano, del compromiso de entrega conyugal, de su intrínseca orientación a la transmisión de la vida, de la fidelidad, del perdón. Hay que presentar a los futuros esposos los aspectos antropológicos del amor humano, y con ellos las bases para una auténtica espiritualidad conyugal. Es en el matrimonio y en la familia donde los casados han de encarnar la fe, la esperanza y la caridad.

Pueden estar ciertas las autoridades civiles de que la Iglesia continuará protegiendo y cuidando el matrimonio y la familia, aunque las leyes y costumbres no los favorezcan; pero han de entender que es una competencia que no pueden abandonar impunemente, pues el bien de las familias grava naturalmente sobre quienes tienen la obligación de buscar y promover el bien común.

+ Francisco Gil Hellín