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Comencé a saborear la historia de "Juan de las Bandas Negras" así, de casualidad, en los meses de vagabundeo por el Po. Todo empezó al leer una antigua crónica de cirugía, en la que se describe la amputación de la pierna derecha al capitán de mercenarios Juan de Medici, operación que no le salvó de la gangrena y de la muerte el 30 de noviembre de 1526, tras cuatro días de lúcida agonía. El idolatrado "condottiero", llamado "de las Bandas Negras" por su insignia de guerra, tenía 28 años y acababa de guiar el ejército pontificio contra los Lansquenetes, acampados en las campiñas alrededor de Mantua. Y éste es el título elegido por Ermanno Olmi para su duodécimo film, ahora en las salas italianas, tras la prestigiosa pasarela en el Festival de Cannes. Uno de los raros kolossal del cine italiano, hecho gracias a una coproducción italo-franco-alemana que ha puesto a disposición un presupuesto de 15.000 millones de liras, gastados durante meses de rodaje en el extremo norte de Bulgaria.
¿Puede algún detalle tender un puente entre el espectador de hoy y el capitán de mercenarios de entonces? Me llenaba de curiosidad entender cómo podía morir un joven de hace 500 años que lo tenía todo: éxito, gloria, el amor de las mujeres. Porque aventura Olmi también los jóvenes de hoy mueren así, en una actitud de desprecio por la vida tan lanzada que roza la desvergüenza. Juan no iba en busca de la muerte, sino que convivía con ella porque formaba parte del "mester de las armas". Un gran personaje como él, temido y aclamado, que muere como todos nosotros deberíamos saber morir: no vestido de héroe, con la coraza de caballero medieval, sino con la sencillez y la conciencia necesaria para hacer de la muerte un hecho normal. Creo que la verdadera heroicidad es la aceptación de los propios límites y de la voluntad de Dios. |
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Me gustaría mucho que los espectadores más jóvenes se reconociesen en este héroe de hace 500 años admite el director. Puedo entender que un chico, que con toda justicia pretende hacerse responsable del mundo en que vive, tenga ganas de gritar Estamos inmersos en una sociedad que nos mortifica, en el sentido de que estamos rodeados por una muerte burlona que no aparece. Porque hoy la muerte se camufla en los alimentos, en la contaminación, en el engaño de la comunicación, en la falsedad de los puntos de vista, incluso en el falso amor de padres más atentos a su propia carrera que a las responsabilidades de padre y madre. Cada mentira es un signo mortificante, mortífero. Quizás los chicos que desafían a la muerte es como si gritaran: "¡Déjate ver!"
Olmi se transforma en un río en crecida: ¿Qué es el consumismo sino el signo de una sociedad de muerte? Nos dicen que usemos un objeto y luego lo tiremos. Usar y tirar. Es la ilusión de ser ricos porque disfrutamos de muchas más cosas. ¡Qué tontería! Ante el desenfrenado progreso de hoy hay que oponer alguna reserva. Una mirada atrás puede servir para ajustar la mirada. Hoy ya no hay necesidad de guerras, de muertos, sino de vivos para tratarlos como a "almas muertas", como decía Gogol. Personas a las que dar el consumismo, cierta televisión, ciertos espectáculos, el ordenador, la realidad virtual
Estamos en la transformación de una época, de la que no se habla a pesar de los signos cada vez más fuertes de la ciencia. La clonación, por ejemplo: con la excusa de curar se abren escenarios aberrantes. Aquí tiene culpa también la Iglesia.
El religiosísimo Olmi, el cineasta que ha sabido como pocos traducir en la pantalla las emociones de la fe, no tiene pelos en la lengua: Hace algún tiempo que quiero escribir una carta al Papa, dice. Pero luego he pensado que sería tomada como una forma de exhibicionismo, y he decidido no hacerlo. Pero, por una parte, oímos cada día noticias de devastación de los procesos biológicos, animales y vegetales; por otra, se habla cada vez más de clonación humana. Entonces, ¿por qué la "familia cristiana", entendida como el conjunto de personas que aspiran a ser cristianas (porque, como dice Carlo Bo, hay que entender que ser cristianos es una aspiración), no se preocupa por todo esto? ¿Por qué seguimos hablando del árbol de la fruta prohibida, del pecado original de Adán y Eva, que nos ha hecho en el fondo hombres conscientes por el conocimiento del bien y del mal, mientras que del segundo árbol no se habla nunca? Quería escribir al Pontífice para decirle: ¡Papa, háblanos de este otro árbol! Maurizio Turrioni |