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La doctrina de la Iglesia
sobre los cultos satánicos
En ninguna época de la historia del cristianismo ha cambiado el juicio de la Iglesia sobre los cultos satánicos. Éstos entran en la categoría de la idolatría, porque atribuyen poderes o características divinas a un ser que no es Dios y que es el enemigo del género humano. Por lo tanto, son actos que apartan radicalmente de la comunión con Dios, ya que conllevan en el hombre una libre opción por Satanás en lugar de por el único Señor. El Catecismo de la Iglesia católica dice: Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos y otras prácticas que, equivocadamente, se supone "desvelan" el porvenir. La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y suertes, los fenómenos de visión, el recurso a "mediums" encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la Historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Está en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios (n. 2116).
Hay otro aspecto de los cultos satánicos que no podemos olvidar. No sería difícil descubrir, en el universo conceptual de las personas que practican estos ritos, cierta visión maniquea de la realidad, tal vez inconsciente. Atribuir a Satanás algo que sólo pertenece a Dios implica, por lo menos de hecho, poner dos principios como fundamento del mundo y del tiempo, luchando entre sí y en busca de adoradores. Nada es más extraño a la fe católica que ese maniqueísmo. Las repetidas declaraciones del magisterio de la Iglesia (baste recordar la polémica con el gnosticismo o, en el medioevo, la sostenida con los cátaros y los albigenses), han reafirmado siempre el carácter de criatura propio del diablo, y el origen del mal en su voluntad y en la libertad de los hombres. |
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Con esas prácticas no solamente se perjudica la fe. También sufre radicalmente la esperanza cristiana, porque quien lleva a cabo tales actos, confía su salvación, presente y eterna, a las potencias demoníacas y no a Dios. Tampoco podemos olvidar que los que rinden culto a Satanás, al ponerse al servicio de su obra de destrucción, actúan contra la caridad: baste pensar en las degradaciones morales que normalmente acompañan a los ritos satánicos. En este caso, no nos encontramos frente a una simple debilidad humana, sino frente a una opción libre y radical contra Dios, que debe ser considerada, en su aspecto objetivo, como pecado mortal. Y de paso conviene recordar que los ritos satánicos contienen muchas veces el sacrilegio (particularmente de la Eucaristía), que incurre en excomunión latae sententiae (automática), reservada a la Sede apostólica. También esto puede ayudar a descubrir la gravedad de tales prácticas. De diversa naturaleza son las acciones extraordinarias de Satanás contra el hombre, permitidas por Dios por razones que sólo Él conoce. Entre éstas podemos citar: trastornos físicos o externos (baste recordar el testimonio de la vida de tantos santos); o intervenciones locales sobre casas, objetos o animales; obsesiones personales, que ponen al sujeto en estado de desesperación; vejaciones diabólicas; finalmente, la posesión diabólica, que es la situación más grave porque, en este caso, el diablo toma posesión del cuerpo de una persona y lo pone a su servicio sin que la víctima pueda resistirse. Todas estas formas, por misteriosas que sean, no pueden considerarse sólo situaciones de tipo patológico, como si fueran todas y siempre formas de alteración mental o de histerismo. La experiencia de la Iglesia nos muestra la posibilidad real de estos fenómenos. Frente a estos casos, la santa Iglesia, siempre que haya certeza de la presencia de Satanás, recurre al exorcismo. Contra la acción del Maligno, que lleva a perder la esperanza de la salvación, el Padre jamás niega su perdón a quien se lo pide con corazón sincero. Cuanto más fiel es la comunidad cristiana a su misión evangelizadora, tanto menos el cristiano deberá temer al Maligno. Podrá confiar plenamente en Aquel que ha vencido a Satanás. Quien ha descubierto a Jesucristo no necesita buscar su salvación en otra parte. Él es el único y auténtico Redentor del hombre y del mundo. Monseñor Angelo Scola |