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La historia entera del cristianismo, y de modo particular su desarrollo en los primeros siglos en Roma, están íntimamente ligados a las figuras de Pedro y Pablo, las dos columnas de la Iglesia. Su veneración es el objeto central de todo jubileo; no sólo desde la institución del Año Jubilar, en el 1300, sino mucho antes: desde los albores del cristianismo, los peregrinos acudían a Roma para venerar sus tumbas, como lo demuestran las numerosas inscripciones de oraciones que, a modo de graffiti, adornan aún hoy las paredes del Memoria Apostolorum, en las catacumbas de San Sebastián: Pedro y Pablo, acordaos de Antonio; Pedro y Pablo, rezad por Leoncio. Ambos apóstoles fueron martirizados en Roma, según la tradición cristiana, en el año 67, siendo emperador Nerón: Pedro fue crucificado, a propia petición, boca abajo, porque no se consideraba digno de morir como su Maestro. El obelisco de la Plaza de San Pedro, último resto del circo romano en el que el Apóstol fue martirizado, apunta al cielo lo que una mano anónima escribió en el antiquísimo muro del trofeo que rodea el lugar donde está enterrado el primer Papa, en el corazón de las profundidades de la colina vaticana, entre los cimientos de la basílica: Petros eni (Pedro está aquí). |
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Pablo fue decapitado fuera de la ciudad, donde hoy se encuentra la abadía trapense de Tre Fontane: la cabeza del Apóstol de los gentiles rebotó tres veces al caer, y cuenta la leyenda que brotaron tres fuentes. No sólo los lugares de su martirio han sido honrados: también la cárcel Mamertina, donde Pedro fue encarcelado; así como el lugar en el que afirma la leyenda que Cristo se apareció a Pedro cuando huía de Nerón, y que nos ha llegado gracias, sobre todo, a la célebre Quo vadis?, de Manckiewich. Y sobre la tumba de Pablo, en la via Ostiense, se erige desde hace siglos la hermosa basílica de San Pablo Extramuros. El derramamiento de la sangre de ambos apóstoles, en Roma, consagra la Ciudad Eterna como cabeza de la Iglesia, pero es también una profecía de lo que habría de suceder: de las sangrientas persecuciones que tuvo que padecer la joven Iglesia desde su nacimiento hasta el edicto de Constantino, y de la sangre de los mártires en todo tiempo. |
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El Óbolo de San Pedro en el Día del Papa |