RetrocesoA&ONº 266/28-VI-2001SumarioTestimonioContinuar
Lo del Papa... impresionante

Lo del Papa sigue siendo espectacular. No he podido evitar un escalofrío al verle entrar en la Plaza de San Pedro. Paso a paso recorría los veinte metros que separan la entrada de la basílica del altar. Uno a uno baja los escalones de la basílica, monumentales, como todo en el Vaticano. Va apoyado en el brazo de Marini, pero avanza seguro, lento pero seguro. Levanta el brazo, bendice al pueblo una y otra vez, y pienso en su entrega: ochenta y tres años y no se pertenece, es un poco de todos, un poco de cada uno que sueña con él, que le escucha y le pide, y que piensa y que, inevitablemente, se emociona. Al llegar al micrófono, es difícil identificar esa voz potente con la figura de ese anciano que se arrastraba hace unos instantes por la Plaza de San Pedro.

Es este día la Iglesia canoniza a cuatro santos italianos, y a una santa libanesa, cristianos del siglo XIX, y el público congregado es de lo más diverso, una representación de toda Italia. Delante de mí se sientan los alcaldes de los lugares de origen de los santos: un napolitano muy de pueblo, con chaqueta y un pantalón de dos trajes distintos; otro con barba bicolor de una semana, otro impecable, camisa de paño, nudo amplio. Luego el embajador del Líbano, el embajador de Italia en la Santa Sede…

Nosotros estamos en segunda fila, junto al Papa. Asistir a la Santa Misa desde ese lugar es un auténtico lujo. El Papa, recogido en oración, a lo suyo, marcando el tiempo de la ceremonia de dos horas y media, ha pensado una vez más en los presentes y se ha dirigido en árabe a los libaneses. Al final, tras agradecer a todos su asistencia, ha recorrido la Plaza en el papamóvil descapotable, saludando a unos y otros, repartiendo bendiciones, sonrisas, luz.

Hemos entrado en la basílica, que siempre impresiona. Hoy estaba vacía, aún no estaba abierta al público, y quizá por eso el impacto es mucho mayor: la extensión, el brillo, la belleza. Hemos podido rezar delante de los restos incorruptos de Juan XXIII, el Papa de la sonrisa, de la gente. Allí, a sus pies, he puesto la alegría de todos, la de algunos de manera especial, problemas, situaciones laborales, tres oposiciones, nuevos matrimonios, algún que otro desengaño, y le he pedido además que nunca perdamos la sonrisa, y que, aunque estemos en lo más hondo del hoyo, sigamos repartiendo felicidad.

Rafael Rubio