RetrocesoA&ONº 249/1-III-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Iglesia y política
La Iglesia y la política, dos realidades presentes en la vida de muchas personas en España. A nadie le han dejado
indiferente los desagradables acontecimientos de los últimos días, en los que la Iglesia ha ocupado los titulares
de la mayor parte de los medios de comunicación, acusada injustamente de no mostrar su rechazo
al terrorismo de forma clara y rotundamente. Las respuestas a estas duras críticas se centran en aclarar exactamente
cuál es la función de la Iglesia, totalmente distinta a la función de una institución política o una ONG,
como en algunos ámbitos políticos y sociales se pretende
Como católico asisto algo perplejo a la polémica suscitada estos días —atizada por algunos medios de comunicación— sobre la supuesta obligación que tiene la Iglesia de suscribir el pacto de los principales partidos políticos por la libertad y contra el terrorismo. Algunos comentaristas, que se consideran también católicos, han llegado a proponer nada menos que el boicot a la Iglesia dando por buena esa necesidad moral de una firma que, por otra parte, no ha sido requerida, de una manera expresa, por los citados partidos. Más aún: he podido escuchar alguna homilía dominical en la que el sacerdote sugería a la feligresía que protestara contra la posición de la jerarquía eclesiástica que, por las manifestaciones de algunos obispos, parece contraria a la firma del famoso pacto por considerarlo un acto meramente político.

La cuestión que se debate, por tanto, es si la Iglesia debe suscribir de manera expresa y solemne un acuerdo entre partidos en la medida que tiene una relevancia moral de indudable alcance como es la condena del terrorismo y la lucha por la libertad. Mi perplejidad nace, sin embargo, de que, repentinamente, se trate de igualar a la Iglesia con un partido o una especie de ONG de servicios asistenciales que podría obtener una supuesta rentabilidad —¿política, moral?— a su adhesión al pacto y que el hecho de no suscribirlo suponga no sólo una oposición al mismo sino su renuncia a esos réditos que beneficiarían a la comunidad católica. Quiero precisar, de antemano, que, como católico, me opondría terminantemente a que mi Iglesia, Madre y Maestra de pueblos, columna y fundamento de la verdad, olvidase su misión divina de evangelizar, y cayera en la tentación de verse a sí misma como otros quisieran verla: como una benéfica institución que, por su altruismo, dispone de un buen caudal de fuerza moral para influir en la construcción de la paz civil, según las coordenadas de un Estado de Derecho. En otras palabras: me negaría a pertenecer a una Iglesia que, de acuerdo con algunos teólogos de la liberación, que confundieron el cristianismo con una ideología, trabajase por el advenimiento de una nueva sociedad, como si de un partido político se tratase.

Quisiera concretar más: la Iglesia fue fundada por Cristo para la salvación de los hombres y para anunciar el reino de Dios en toda la tierra. Bien sé que este Reino no sólo es futuro, sino actual, y que no sólo es celestial, sino terreno, ya que el Reino tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza en la medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente, tal y como se afirma en la Redemptoris missio. Sin embargo, en el momento en que Cristo afirmó: Dad al César lo que es del César y a Dios los que es de Dios, se introdujo en la Historia una auténtica revolución al romperse la pretensión estatal de entonces —que aún subsiste, en cierta medida— de representar ante los hombres una especie de exigencia divina con respecto al mundo. Entró en funcionamiento así la separación de lo sagrado y lo estatal que es el fundamento mismo de la idea occidental de la libertad, tal y como afirma el cardenal Ratzinger en su conocido ensayo sobre la Iglesia y política. A partir de entonces, el Estado deja de ser portador de una autoridad religiosa al tiempo que la Iglesia, fundada por Cristo, se declara a sí misma como última instancia ética. Con la notable diferencia de que la pertenencia a la Iglesia es voluntaria y que sus sanciones son sólo espirituales y no civiles, por la simple razón de que no extiende su dominio a lo estatal.

La Iglesia, por su misión salvífica, ha condenado, condena y condenará siempre el terrorismo. Más aún: la Iglesia se ha pronunciado abiertamente contra los nacionalismos exacerbados. Y esto significa que la Iglesia nunca podrá ser cómplice de una ideología que propugne la exclusión étnica, la represión de la libertad, la coacción, el terror. La Iglesia, por supuesto, tiene el derecho y el deber de pronunciarse sobre todo acto moral dentro de su propio ámbito evangelizador. Y en este contexto, sin necesidad de suscribir pacto alguno, sí que cabe esperar de nuestros obispos que, a la luz del Evangelio, como ya ha ocurrido a lo largo de la reciente historia a propósito de otros problemas que aquejan a la sociedad, elaboren un nuevo documento claro, contundente y definitivo sobre el terrorismo, la libertad, los nacionalismos, la convivencia, el perdón, el arrepentimiento, la complicidad y todo lo que conlleva el gravísimo problema vasco.

No hay, por tanto, razón para exigir que la Iglesia se convierta circunstancialmente en un poder más del Estado para complacer a unos partidos. En cambio, lo que sí debe exigirse en su conjunto a los católicos, como pueblo de Dios, es que intervengan en la vida pública de manera más eficaz para promover la justicia y todos los valores evangélicos en los que creen. Muchos problemas sociales que padecemos no existirían si esa supuesta mayoría católica que compone la sociedad española actuara en la vida pública con arreglo a su conciencia cristiana. Pero, por favor, no metamos a la jerarquía de la Iglesia en política, que bastante mal le fue ya en el pasado para repetir ahora el error de un neoclericalismo que, con toda seguridad, no figura en los planes de los partidos firmantes del pacto.

Manuel Cruz

Plebiscito diario en la Iglesia contra el terrorismo

Por España, para que cese y desaparezca el terrorismo y todo germen de violencia, los terroristas y sus inductores se conviertan, los amenazados y los que ya han sido heridos en cualquier forman experimenten ayuda cristiana, las víctimas alcancen el descanso eterno, sus familiares el consuelo y el amor fraterno, y todos la paz de Dios, roguemos al Señor.