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No es lo mismo la meseta castellana que los exóticos horizontes orientales, ni la contextura atlética de Francisco que la débil complexión de Teresa. Pero el temple, sí, y el impulso que les mueve a caminar. Falta les hizo, porque no fue el suyo un camino de rosas.Parece que Francisco Javier goza contando sus aventuras: En muchos peligros me vi en este viaje del cabo de Comorín para Malaca y Maluco, así entre tormentas del mar, como entre enemigos. En uno especialmente me hallé en una nao, en que venía, de 400 toneles: con viento recio navegamos más de una legua, tocando siempre el leme en tierra. Si acertáramos en todo este tiempo con algunas piedras, la nave se deshiciera; o si halláramos menos agua en una parte que en otra, quedáramos en seco. Muchas lágrimas ví entonces en la nao (Carta a sus compañeros de Europa, 1546). |
| En una carta también, esta vez a Ignacio de Loyola (1549), le descubre los motivos por los que arriesga su vida y el gozo que siente: Habemos de pasar por Malaca y por la China primero, y después a Japón, que habrá de Goa a Japón mil y trescientas leguas o más. Nunca podría acabar de escribir cuánta consolación interior siento en hacer este viaje, por ser de muchos y grandes peligros de muerte, de grandes tempestades, de vientos, de bajos y muchos ladrones: cuando de cuatro navíos los dos se salvan, es grande acierto. Yo no dejaría de ir a Japón, por lo mucho que tengo sentido dentro de mi ánima, aunque tuviese por cierto que me había de ver en los mayores peligros que nunca me vi, por cuanto tengo muy grande esperanza en Dios nuestro Señor, que en aquellas partes se ha de acrecentar mucho nuestra santa fe.
El ánimo en Francisco Javier era fruto del gozo interior en que él descubría la voluntad de Dios: Espero en Dios nuestro Señor que, en este viaje, me ha de hacer mucha merced; pues con tanta satisfacción de mi alma y consolación espiritual me hizo merced de darme a sentir ser su santísima voluntad fuera yo a aquellas partes de Macasar, que nuevamente se hicieron cristianos. Estoy tan determinado de cumplir lo que Dios me dio a sentir en mi alma, que de no hacerlo, me parece que iría contra la voluntad de Dios; y que ni en esta vida ni en la otra me haría merced; y si no fuesen navíos de portugueses este año para Malaca, iré en algún navío de moros o gentiles. Tengo tanta fe en Dios nuestro Señor, carísimos Hermanos, por cuyo amor hago únicamente este viaje, que, aunque de esta costa no fuese este año navío ninguno, y partiese un catamarán, iría confiadamente en él puesta toda mi confianza en Dios (Carta al maestro Diego y al padre M. Pablo, 1545). Quien no tenía esa intimidad con Dios, de la que brotaba su confianza, no contaba con esos ánimos: espántanse mucho todos mis devotos y amigos de hacer un viaje tan largo y peligroso. Yo me pasmo más de ellos en ver la poca fe que tienen, pues Dios nuestro Señor tiene mando y poder sobre las tempestades del mar de la China y del Japón, que son las mayores que hasta ahora se han visto; y poderoso sobre todos los vientos y bajos, que hay muchos, a lo que dicen donde se pierden muchos navíos. Tiene Dios nuestro Señor poder y mando sobre todos los ladrones del mar, que hay tantos que es cosa de espanto. Y son estos piratas muy crueles en dar muchos géneros de tormentos y martirios a los que cogen, principalmente a los portugueses. Como Dios nuestro Señor tiene poder sobre éstos, de ninguno tengo miedo, sino de Dios que me dé algún castigo por ser negligente en su servicio, inhábil e inútil para acrecentar el nombre de Jesús entre gentes que no le conocen (Carta al padre Simón Rodríguez, 1552). José Antonio Marcellán |