RetrocesoA&ONº 249/1-III-2001SumarioCriteriosContinuar
Gafas para la aldea global
En la sociedad actual se habla mucho de formación, pero parece disminuir, paradójicamente, el compromiso educativo propuesto por personas adultas que constituyan modelos significativos para los jóvenes: así acaba de expresarse el cardenal Martini, arzobispo de Milán, en un congreso organizado por la Facultad de Teología de la Italia septentrional sobre La reforma de la escuela: lo que queda por pensar. Añade: No nos extrañemos tanto, entonces, de las aberraciones que todos despreciamos, desde los estragos del sábado noche con el uso de estupefacientes y las peligrosas competiciones de velocidad en automóvil entre los jóvenes, hasta las variantes de la violencia en los estadios e incluso en el ámbito de la escuela. El tema de la educación, ciertamente, no es ajeno a los males, incluido el terrible del terrorismo, que afligen, no sólo a España, sino a la entera aldea global.
Si el problema del terrorismo —que ciertamente no está aislado de un caldo de cultivo que bulle a lo largo y ancho de la sociedad— es consecuencia del más hondo que nos aflige a los españoles, habrá que ir también a lo más hondo para abordar su solución. Bien está la acción policial, y las leyes adecuadas, y la eficacia de la justicia, y los pactos políticos, pero una sociedad que, en su fondo, no está sana no puede, en definitiva, dar frutos sanos, y la salud viene de la raíz. Aquí entra en juego el reto insoslayable de la educación, en la que los padres son los primeros responsables, con los maestros y educadores, y, de un modo especialísimo, con la propia Iglesia.

La nueva escuela —ha dicho también en el citado congreso el cardenal Martini— tiene ciertamente necesidad de información y de formación, pero también de pasión, de competencia, de fantasía… Vienen aquí, necesariamente, a la memoria, las certeras palabras de aquel otro cardenal, Newman, cuyo bicentenario ahora celebramos: Para que exista una Universidad sólo hacen falta dos cosas: maestros con pasión por enseñar y discípulos con pasión por aprender. Lo demás, no cabe la menor duda, vendrá por añadidura. Esa pasión, que no es otra que la del amor que brota de la experiencia previa de haber sido amado, y amado según las exigencias infinitas del propio corazón, ¿cómo puede darse si los valores supremos que rigen nuestro mundo están en sus antípodas?

Sólo una mirada nueva al fondo de todo ser humano, a esa raíz de la imagen de Dios que lo constituye, puede orientar por el buen camino la obra educativa que es, sin duda, la primera necesidad de nuestra sociedad: una educación capaz de formar a hombres nuevos, a partir de la auténtica novedad. Lo contrario, sólo seguirá generando al hombre viejo, corrompido por las innumerables lacras que envenenan el mundo, por mucho que se las quiera edulcorar con el poder del dinero, y por muchos que sean sus conocimientos, llegando hasta los últimos secretos de la cibernética y de la informática. Buenas son las gafas cuando hacen falta, pero gafas que no incapaciten para ver más allá de sí mismo, ni nublen lo que indispensablemente hay que ver.

Una mirada nueva. He ahí la primera y más urgente necesidad de la reforma educativa, que necesita España, y toda la vieja Europa que un día fue cristiana. Sin la novedad de la fe, es decir, de esa novedad que no puede estar ausente de todo proyecto educativo —salvo que se quiera seguir condenado a vivir en un mundo cerrado sobre sí mismo— que pretenda generar hombres nuevos, en los que puedan fijarse y a los que puedan seguir nuestros hijos, todo otro esfuerzo, por loable que sea, está inexorablemente abocado al fracaso en lo que verdaderamente importa al ser humano.