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| Germán Doig, Vicario General del Sodalicio de vida cristiana (movimiento surgido en Perú y extendido por varios países de Iberoamérica y Europa), miembro del Consejo Pontificio para los Laicos, fue llamado a la Casa del Padre el pasado 13 de febrero. Recibí la noticia en México, a las pocas horas de su fallecimiento, y me produjo una honda conmoción porque le estimaba y admiraba mucho. Quiero unirme a los numerosos miembros de la jerarquía de la Iglesia, así como a intelectuales, dirigentes de movimientos eclesiales y a otros amigos que han expresado su reconocimiento a la vida de Germán Doig y su valiosa aportación a la nueva evangelización.
Muchas facetas de la rica personalidad de Germán podría destacar; he aquí sólo algunas. En primer lugar, su profundo amor, yo diría pasión, por la Iglesia. Mi último encuentro con él, en la Plaza de San Pedro, durante la celebración del Jubileo de los Laicos, mientras nos dejábamos empapar por las palabras del Santo Padre y mojar por la abundante lluvia que caía, me recuerdan ahora esta faceta de Germán. Asentía con verdadera devoción al rico mensaje que el Papa nos regalaba. Nos mirábamos de vez en cuando, asintiendo, y nos despedimos con una consigna común: Ahora tenemos que extender este maravilloso mensaje en todos los lugares. Él, lo hacía siempre con todas las enseñanzas del magisterio de la Iglesia. Con su espléndida capacidad de síntesis hacía asequible todas las enseñanzas pontificias en publicaciones, artículos que seguían siempre a acontecimientos notables en la vida de la Iglesia, como por ejemplo el librito que publicó después del encuentro del Papa con los movimientos eclesiales en Pentecostés del 98 |
| La profundidad de su pensamiento y los valiosos y lúcidos apuntes que ha hecho a la comunidad eclesial, jamás lo apartaron de una impresionante modestia, de la cual también todos somos testigos. Sin duda, la aprendió en el Corazón Inmaculado de María, al escuchar sus latidos hablando de cómo Dios se había fijado en la humildad de su Sierva. La Virgen ha estado siempre presente en la mente, el corazón y la vida de nuestro querido Germán. Su devoción a san José también lo alimentaba en su manera sobria de vivir. Así lo ha descrito el fundador del Sodalicio, don Luis Fernando Figarí, y sin duda era otra faceta que le caracterizaba.
Con generosidad le vimos entregarse, con plena disponibilidad, a la misión de evangelizar la cultura, y lo hizo desde su profunda formación humanística y, sobre todo, desde su experiencia interior de hombre de oración, que comunica con fuerza lo que previamente ha experimentado y contemplado. He aquí otra faceta a destacar: su profunda vida interior. El Señor lo encontró maduro en plena juventud, y por eso tuvo prisa en premiar a este siervo bueno y fiel, una existencia totalmente consagrada a la propia santificación en la santificación de los demás. Desde ese gozo eterno nos alienta a seguir trabajando por la civilización del amor en los albores de este nuevo milenio, confiando en la poderosa interseción de la Virgen Inmaculada. Lydia Jiménez |