La tarde del martes que yo asistí a la representación, el teatro estaba lleno de jóvenes que, puestos en pie, aclamaban a los actores, al finalizar la función. Habían asistido, conmovidos, a la humanísima y trágica peripecia del amor y de la esperanza de una niña que se hace mujer, con los suyos, en plena barbarie nazi de genocidio, de holocausto y de exterminio. Habían escuchado a los personajes decir cosas como No es fácil tener fe cuando pasan las cosas que pasan, pero habían comprobado también, en la excepcional protagonista, que eso no era, y no es, verdad, ni lo será nunca; que sí se puede tener, y se tiene, y se tendrá fe y esperanza aun en medio de la más cruda, inútil y absurda abyección: Llegará un día en que volveremos a ser personas, dice Ana. Sigo pensando que, en el fondo de su corazón, la gente es buena.
Si el cine negro es pura esencia cinematográfica, este teatro que cabría llamar negro es pura esencia teatral. No resulta fácil encontrar el adjetivo adecuado para calificar la interpretación de esta obra en el Bellas Artes. Es sencillamente perfecta, con la ayuda de una expertísima, matizadísima dirección, y de una hermosísisma e inquietantemente realista escenografía de Gil Parrondo. Todos rayan a gran altura: Julia Martínez y Mara Goyanes, Lola Manzanares y Marisa Segovia, Pepe Rubio y Vicente Gisbert, José Hervás y Marco Sauco; pero, en especial, una deliciosa, chispeante, intensamente emocionante y hondísima Carmen Martínez Galiana, en el papel de Ana Frank. No es difícil augurar a esta jovencísima actriz, que hace recordar con nostalgia a la magnífica Berta Riaza de los años 50, un futuro profesional espléndido.