RetrocesoA&ONº 249/1-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Sin fronteras
Para el amor con mayúscula, para los diversos amores con minúscula, para los sentimientos y afectos humanos, el tiempo es lo de menos; es permeable y elástico. Igual que en nuestros días trabajan y sirven eficazmente a los demás los médicos sin fronteras, los periodistas, los farmacéuticos y hasta los payasos y sonrisas sin fronteras, José Sanchís Sinisterra ha creado un espacio y un tiempo teatral sin fronteras, y lo ha titulado muy acertadamente: La raya del pelo de William Holden. Igual podía haber sido la raya del pelo de Clark Gable, o de Ava Gardner...

Es un arriesgado pero legítimo ejercicio espiritual que hace posibles a tres personajes comiendo pipas en un cine durante treinta años, o los que hagan falta, con un acomodador simbólicamente ciego. ¿Cuánta gente de nuestro tiempo pasa las tardes en un cine de barrio, cambiando, tratando de cambiar unos ojos llenos de la suciedad de cada día, por la luz y la sonrisa imaginada, por la inefable raya del pelo de William Holden o de Marilyn Monroe, es decir, tratando de escapar, de huir hasta de sí mismos?

Es el abstracto, indeterminado, indefinido pero real y humanísimo intento de pasar por la vida sin despeinarse, como las estrellas de cine... Pero la vida, claro, es la que es y como es, y está esperando a la salida del cine, o del teatro, aunque siempre guarda el recurso de volver al día siguiente, a huir aunque sólo sea un rato...

Al servicio de esta huida, tan comprensible, Daniel Bohr pone todo su buen hacer como director sobre las tablas del Teatro Arlequín y tres grandes actores: José Luis López Vázquez, Manuel Galiana y Ana Torrent, que se convierten mágicamente en Domingo, Esteban y Catalina; en realidad, en tantos Domingo, Esteban y Catalina antes de volver, como dice Sinisterra, a la gran inclemencia de la calle. ¡Ay, si fuera posible vivir soñando reecuentros sorprendentes con novias en el cine de barrio, sin tener que encarar esa gris, a veces cruel, pero también a veces maravillosa, esperanzadora, inclemencia —o clemencia— de la calle! ¿Quién no quiere, o no ha querido alguna vez, ser Charlot o Greta Garbo?; pero eso es un lujo que sólo pueden permitirse, un rato cada día, los actores. Y, además —y sobre todo— es mejor, mucho mejor ser uno mismo y afrontar con dignidad todas las inclemencias, sean del color que sean.

Miguel Ángel Velasco