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José Francisco Serranopserrano@planalfa.es Sinfonía pastoral, que no sólo episcopal, en muchos tiempos y en varios movimientos para aclarar los silencios sospechosos y las equívocas y equivocadas consideraciones respecto a la condenación de toda clase de violencia y de todo acto, personal o social, contra la vida. Sínfonía orquestal de instrumentos siempre limitados, en una dependencia de los medios que más se acerca a la pendencia de la opinión pública, con acordes de una comunicación borrosa. Comenzamos, a modo de peligrosa memoria, como diría J. B. Metz, porque así lo hemos leído, con las consideraciones de monseñor Antonio Montero, arzobispo de Mérida-Badajoz, publicadas en Iglesia en Camino del 25 de febrero: Se alternaron, con visos de orquestación arrolladora, las voces de tres ministros y de destacados líderes de la oposición, con los hirientes comentarios periodísticos a izquierda y derecha, sin limitarse a la no firma del pacto, sino con acusaciones al episcopado de debilidad y ambigüedad en su crítica al terrorismo, de escasa sensibilidad ante sus víctimas y de mal ejemplo a sus fieles en la valoración de la vida humana. Pocas veces, desde épocas que no queremos recordar, se han concertado tantas voces pasionales, arrastradas en cascada las unas por las otras, en tan sólo cuarenta y ocho horas. El fenómeno deberá estudiarse a fondo cuando los gritos se amortigüen. Entre tanto, millones de católicos de a pie, o han sido tocados por esta algarabía, o carecen de elementos de juicio para saber a qué atenerse. Y, si de la asimilación orgánica, en muchos de nosotros, del virus de la ignorancia afectada hablamos, nos llega la consideración del Consejo Episcopal de la diócesis de Salamanca, bajo la batuta de su obispo, monseñor Braulio Rodríguez Plaza: Pudiera ser que haya católicos que se escandalicen porque la Conferencia Episcopal no haya suscrito ese pacto. No debe haber tal escándalo, porque, en primer lugar, no firmar el pacto antiterrorista no significa no condenar los asesinatos de ETA ni estar cerca de sus víctimas; en segundo lugar, la Iglesia no puede ser equiparada a un partido político y, sin embargo, en ese pacto suscrito por los dos partidos políticos mayoritarios de España sin duda hay católicos, y ellos también son Iglesia. Reiteramos que nos parece injusto y calumnioso afirmar que la Iglesia católica no ha condenado el terrorismo como atentado contra la vida, ni ha recordado que vulnerar el quinto mandamiento ("No matarás") es un delito gravísimo. Lo decimos muy alto: ETA es el mayor problema de España y la prueba está en que también con esta polémica absurda nos está confundiendo y dividiendo. |
| Por si alguien pudiera pensar que los obispos no han hecho un análisis serio del pacto, leamos lo publicado en el diario Hoy, de Badajoz, el pasado domingo día 25 de febrero, por el obispo de Plasencia, monseñor Carlos López: En el pacto en cuestión debemos distinguir, a mi juicio, dos partes bien diferenciadas: el prólogo, y un acuerdo de principios formulados en diez números. El contenido básico de esta segunda parte son principios generales de derecho y de moral políticos, concretados en una firme defensa de los derechos humanos y una absoluta condena del terrorismo, que sin reparos podrían ser suscritos por la Iglesia. Me parece también que esta parte del acuerdo habría sido firmada por todos los partidos políticos democráticos, pues en el número tercero queda incluso abierta la posibilidad de una acción política encaminada a la superación del actual marco constitucional y estatutario, por las vías en este marco establecidas. Pero esta parte del Pacto, por sí sola y sin el prólogo, perdería la mayor parte de su interés político, como respuesta concreta a la actual situación.
Es en el prólogo, en efecto, donde se concentra el mayor contenido e interés político del documento, en cuanto ofrece un análisis de la actual situación y aporta un programa determinado de acción política, que toma una opción muy definida en relación con el partido nacionalista vasco. Esta parte del documento es de naturaleza estrictamente política y su contenido no puede ser considerado como aplicación directa e inmediata del derecho fundamental de la persona a la vida, ni de normas morales ni, menos aún, del quinto madamiento del decálogo. Nos encontramos aquí en el ámbito de lo legítimamente opinable con recta libertad de conciencia, tanto para un católico como para un ciudadano de otra creencia. Y en ello está el punto más débil y discutible del documento, que ha movido a varios partidos políticos democráticos a abstenerse con toda legitimidad de su firma, como es sabido, sin que a estos partidos se les hayan dirigido descalificaciones y reproches siquiera aproximados a aquellos que, por hacer lo mismo, pero con mucha más razón, se nos han regalado a los obispos. Espero que alguien, más inteligente que un servidor, me aclare por qué era exigible de la Conferencia Episcopal un apoyo político más decidido que el que cabría esperar de los legítimos partidos políticos. Monseñor Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao, recordaba, en un artículo titulado ¿Por qué la reciente avalancha?: Misión de la Iglesia es la predicación del Evangelio y de las exigencias morales que de él se derivan. Esta tarea se realiza de muchos modos; por ejemplo, con declaraciones públicas, y también a través de la oración, la educación de las personas y, en particular, la formación de las conciencias. La Iglesia puede, quiere y debe contribuir a la erradicación del terrorismo y sus causas manteniéndose en el ámbito de su propia misión . Otros muchos textos podrían reproducirse en esta muestra, mi querido Teófilo, del Evangelio de la vida, pero no tendríamos páginas suficientes para esta sinfonía, fundamento de las enseñanzas que has recibido de palabra (Lc 1, 4). |