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J. F. Serrano Ocejapserrano@planalfa.es Somos, en feliz expresión de John Hartley, ciudadanos de los medios de comunicación. Bien es cierto que unos más que otros, en unos medios más que en otros. La ciudadanía está mediatizada por el proceso de la relación entre modernidad-posmodernidad, en el sentido en que la participación en la toma de decisiones públicas, y me temo que privadas, está condicionada por los medios y sus mediaciones. Lo ha dicho magníficamente Ernesto Sábato, en su Resistencia: No se puede llevar a la televisión a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes y tratarlos como señores delante de los niños. ¡Ésta es la gran obscenidad! ¿Cómo vamos a poder educar si en esta confusión ya no se sabe si la gente es conocida por héroe o por criminal? ¿Cuántos ciudadanos de nuestro mundo y de otros mundos han habitado semanalmemte en programas de televisión como Tómbola, y demás familia? Vamos a los números. Lola Fernández, en Crónica, de el diario El Mundo, el pasado domingo, escribía: Los telespectadores madrileños (414.000 de media durante el pasado año) que cumplían el rito de enclaustrarse en casa la noche de los viernes para asistir a los debates y peleas de Mariñas y compañía se vieron, de repente, huérfanos (...) Hoy, los programas que exponen la vida privada de los famosos ante el ojo público son los más peligrosos por su capacidad para enganchar al espectador. "Presentan una realidad virtual que busca la fascinación por medio de figuras populares y un discurso simple y superficial...", explica Martínez Otero, psicólogo, pedagogo y profesor en la Universidad Complutense de Madrid. "El lenguaje chabacano y las temáticas insustanciales distraen a un público con poca capacidad crítica que se convierte en la mejor garantía de continuidad de estos programas". |
| El Delegado de medios de comunicación social del Arzobispado de Madrid, don Manuel María Bru, escribía en la edición de la capital de España, del diario ABC, un artículo titulado ¿Qué modelo de televisión queremos?, en el que aplicaba la abundante doctrina de la Iglesia a este tipo de situaciones comunicativas: En cuanto a los modelos, es perfectamente constatable cómo, en lugar de líderes de opinión plural de las sociedades, las empresas mediáticas, tanto de iniciativa estatal como social, sobre todo las audiovisuales con penetración social masiva, prefieren generar modelos de usar y tirar según el tiempo y la intensidad convenientes. De este modo, en un contexto de fragmentación cultural, tratan de proporcionar "status" social de referencia a personajes cuya aportación a la sociedad sea nula, máxima garantía de ausencia de proposiciones, ideas u opciones que fragmenten las audiencias. Juan Pablo II habla de métodos estereotipados de proposición de modelos de conducta social, junto a otros cuya fama sea reflejo de ideas y comportamientos dignos de crédito social, con personajes de lo más variopinto, que secundan las tendencias de frivolidad, despersonalización y consumo de sus promotores.
César Alonso de los Ríos, en el diario de Prensa Española, el pasado día 4, escribía: Creo que ha llegado la hora de que las televisiones públicas se retiren de todos los espacios que no respondan al interés del bien público. En definitiva, están obligadas a una inmensa retractación en los contenidos. Sólo así se podrá detener el proceso. Que la competencia por lo que unos consideran basura y otros ocio quede para las privadas. Nada justifica la presencia de un medio público en ese mercado, y aún menos esa filosofía cretina de utilizar lo degradante o lo anormal, o simplemente lo espectacular, para levantar la audiencia del medio y de ese modo asegurar el público de los telediarios. Encarna Jiménez, en el ya citado diario El Mundo, en su columna El último servicio, ponía bien alta la pelota en el tejado, también el pasado domingo: La eliminación del programa "Tómbola", espacio que no encaja en lo que debe ser una televisión pública, tendrá sentido en la medida en que sea el comienzo de una redefinición radical de los contenidos de unas cadenas prisioneras de los gestos políticos. La televisión es lo contrario de la memoria. Un ejercicio que no viene mal para esta Cuaresma. Fue Juan Pablo II, probablemente antes que K. Popper, quien, en su Angelus del 10 de marzo de 1996, nos habló de la Cuaresma televisiva: Se puede llevar a cabo oportunamente una aplicación de tal principio en lo referente al uso de los medios de comunicación de masas. Estos medios tiene una utilidad indiscutible, pero no deben engañarnos y adueñarse de nuestra vida. ¡En cuántas familias el televisor parece sustituir, más que facilitar, el diálogo entre las personas! Un cierto "ayuno", también en este ámbito, puede ser saludable, bien sea para destinar más tiempo a la reflexión y a la oración, o bien para cultivar las relaciones humanas. Lo digo por los tiempos que corren. |