El pequealfa
Historias de la Biblia
En el principio
En el principio, Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo. Todo era muy confuso, pero el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Entonces, Dios dijo: ¡Hágase la luz!, y hubo luz. Le gustó, y vio que la luz era buena. Así que decidió separar la luz de la oscuridad, y a la luz la llamó día, y a la oscuridad, noche; pasó una tarde, y una mañana, y ése fue el primer día.
En el segundo día de la creación, lo que hizo Dios fue separar las aguas de arriba de las aguas de abajo, y creó el firmamento, al que llamó cielo. Pasó una tarde y una mañana, y al tercer día dijo Dios: ¡Que se junten en un lugar las aguas de debajo del cielo, y que aparezcan los mares y la tierra seca! Al ver aquello tan bonito, decidió que haría que creciesen las hierbas, los árboles, las flores y los frutos en la tierra. Así ocurrió. Y vio que también esto era muy bueno. Pasó otra tarde y otra mañana.
Entonces, al cuarto día, pensó que le gustaba tanto ver aquello, que haría habitantes para todo lo que acababa de hacer: el cielo, el aire, la tierra y el mar. Y creó el sol, para que iluminase el día, y las estrellas y la luna, que pusieran luz a la noche, tan bella como el día. Pasó una tarde, y una mañana.
Los pájaros del cielo y los peces del mar aparecieron por deseo de Dios al quinto día; pasó otra tarde, y otra mañana. Al sexto día creó a los ganados, los reptiles y a todos los animales terrestres. Y vio Dios que esto era bueno. Pero aún le faltaba lo más importante, y decidió crear al hombre, a su imagen y semejanza: Hombre y mujer los creó, dice el texto sagrado, para que hombres y mujeres pudieran compartir toda esa belleza que les había regalado. Pasó otra tarde, y otra mañana.
Cuando llegó el séptimo día, nuestro Padre Dios se paró a contemplar todo aquello que había hecho. Le gustaba tanto, que lo bendijo e hizo del séptimo día el día de descanso del Señor.
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¿Quieres saber quién es tu santo?
San Francisco de Asís
San Francisco de Asís es uno de los personajes de la historia de la Iglesia más bonitos y fascinantes. Nació en Asís, Italia, en 1182. Era hijo de un rico comerciante de telas de la ciudad, Pedro Bernardone, y de Pica, a la que quería especialmente. De joven, le gustaba mucho asistir a fiestas, pasear y pasárselo bien.
Un día, rezando ante el crucifijo de la iglesia de San Damián, oyó una voz que le decía: Francisco, repara mi Iglesia, que amenaza ruina. Al principio Francisco entendió que se refería a que debía reparar las piedras, y con esa intención reparó tres ermitas. Pero Jesús quería otra cosa de Francisco. Cuando éste se dio cuenta de lo que quería Jesús de él, lo dejó todo y decidió seguir el Evangelio al pie de la letra. Se enamoró de la pobreza hasta el punto de que le llamaban el poverello, que en italiano significa pobrecillo, pero no os penséis que era infeliz. Al contrario. El amor a Jesús le daba tanta alegría que contagiaba a todo el que pasaba a su lado, amaba todo y a todos: la luna, el sol, los animales, las plantas
; y cuando falleció, el 3 de octubre de 1226, acostado en el suelo y vestido con un hábito que le habían prestado como limosna, había más de 5.000 personas que le habían seguido y entrado a formar parte de su Orden: la Orden franciscana. Entre aquellos que se contagiaron de la vida de pobreza, oración y alegría que llevaba Francisco, destacó Clara, una joven de Asís con quien Francisco fundó las hermanas clarisas, que hoy tienen conventos por todo el mundo.
El espíritu y el carisma de esta Orden: la humildad, la alegría, la pobreza, la fraternidad, perduran hoy en día en las más de 250 ramas franciscanas que se han creado en la Iglesia a lo largo de los siglos.
Apenas dos años después de su muerte, el Papa lo declaró santo.
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