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María Antonia Iglesias, que tiene, a decir poco, un curioso y, por desgracia, suficientemente acreditado sentido mejor sería decir sinsentido de lo que es la Iglesia, publicó el pasado domingo, en El País , una página bajo el título La Iglesia hace patente su desencanto con la política del Gobierno de Aznar. Este título, antiprofesionalmente generalizado, pero que al menos sí refleja una parte de la realidad, es de lo poco que se salva de toda la página. Llenar una página de El País con párrafos entrecomillados atribuidos unas veces a un alto dirigente del PP, sin decir quién, y otras a los despachos más próximos al de Aznar, o a algunos de sus más directos colaboradores, es un recurso tan manido como descalificador, para quien lo hace y para quienes, si fuera cierto, permitirían que se hiciese. Eso de tirar la piedra y esconder la mano, aparte de cobarde, es éticamente inaceptable y denota una irresponsabilidad intolerable. Si eso se aprovecha para tratar de insultar al cardenal Rouco como un eclesial muy eclesial que no da la talla, o a monseñor Asenjo como alguien realmente muy deficiente, resulta realmente vergonzoso, moralmente incalificable, y denota, desde luego, una dosis de deficiencia profesional llamativa. Si se aprovecha insidiosamente para seguir sembrando veneno y falsedad, como cuando dice que la jerarquía de la Iglesia pueda sacar la pata de donde la ha metido, o cuando habla de la inevitabilidad de la ley del aborto, hay que hablar lisa y llanamente de mentira, porque ni la jerarquía de la Iglesia ha metido pata alguna en ningún sitio, sino todo lo contrario, ni la ley del aborto es inevitable, ni muchísimo menos. |
| Disculpe el curioso impertinente de la revista polanquista El Siglo que no le haya respondido con la inmediatez con que él me respondió a mí. Es muy de agradecer que me siga con tanto interés y dedicación, pero en mi caso no ocurre lo mismo, y hasta que no me han pasado fotocopia de su artículo, no he podido responder. Me dedica ¡nada menos que dos páginas! No sé si pasaré o no a la Historia, ni me importa; lo que sí sé es que El Siglo me dedica dos páginas. ¡Qué derroche tan mal aprovechado! Es una lástima que se descalifique a sí mismo tratando inútilmente de descalificarme a mí, con una serie de adjetivos airados y con tópicos de quien se ha quedado en Galdós. El pobre, que se sorprendería si supiera quiénes me hacen llegar ciertas cosas y de dónde, ¡es que no da una! Créame que me ha hecho divertir un rato, y, con lo cara que está la diversión, no tengo más remedio que decirle: ¡Gracias, hombre, gracias! Endilgar a alguien el insulto de impostor que son ya palabras mayores y de juzgado de guardia es propio sólo de gente que, por sus pocas luces, confunde un pseudónimo literario y colectivo con una suplantación de persona; pero, en fin, cada uno da lo que tiene, y supongo que para llamar impostor a alguien es imprescindible serlo, o haberlo sido, porque, si no, ¿cómo se sabe? Yo, como ni lo he sido ni lo soy, no lo sé. Parece empeñado en que yo defienda o deje de defender a la COPE, que no necesita defensores porque ya saben defenderse solos, y, al parecer, muy bien, a juzgar por lo mucho que le escuece al curioso impertinente. Pues se va a quedar con las ganas, porque ni yo empecé esta mínima polémica, ni hice otra cosa que replicarle cuando se metió conmigo sin venir a cuento. Lo que sí haré, ya que no empecé, es terminarla. Así que, gracias por el buen rato, tómese una tila, y adiós.
Gonzalo de Berceo |