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En ocasiones nos sentimos heridos, dañados y estafados sin que medien causas que lo justifiquen. Y de pronto nos rebelamos: el ser humano difícilmente tolera que lo degraden, lo hieran y lo humillen con armas calumniosas, o con ataques gratuitos provocados por la envidia o la intolerancia.
El malestar o la inquietud disparan el odio, la venganza y, por supuesto, nuestros planteamientos de paz. Obcecados por el daño que nos han hecho, olvidamos que más vale morir de humillaciones que vivir con resentimientos. El rencor nos daña y nos entristece. Es como un cáncer del alma que sólo puede curarse con el perdón. Pero el perdón se encabrita y se niega a colaborar. Sin embargo, bastaría echar una ojeada a la vida de Jesús para encontrar el remedio para vencer esa enfermedad, que sólo acarrea tristeza. Ahí está Él, silencioso ante Caifás y ante Pilato, mientras reserva sus clamores para lanzarlos desde la cruz. ¿No fue Jesús quien dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen? Y lo que es peor, continuamos rezando el Padrenuestro como si hubiéramos perdonado, cuando el perdón es sólo una quimera que ni por asomo queremos otorgar.Además, ¿somos tan perfectos como para presumir de no haber herido a nadie a lo largo de nuestra vida? Desengañémonos; para curar la enfermedad de ese cáncer del alma, sólo existe un remedio: rezar por los que nos ofenden, recordar que también son hijos de Dios y aceptar las humillaciones como un regalo que nos permite participar en la Pasión de Jesús. Mercedes Salisachs |