RetrocesoA&ONº 250/8-III-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
El hombre no merece una mirada somera
Bastante tinta se ha vertido ya a propósito de la feliz decisión, por parte de la dirección de Telemadrid, de arrojar cal a la arena de ese coliseo de gladiadores de víscera que era Tómbola. Pero no me reprimo a la hora de añadir, a lo que ya se ha dicho hasta ahora, un comentario breve, desde una nueva pero imprescindible perspectiva, como ese poeta que ve su versos sin conclusión, sin el adjetivo preciso, y vuelca todos los abecedarios hasta dar con esa palabra casi inventada que saluda al poema con otros vientos.

Tómbola ha dejado sus virus de aftosa en el televidente. Y lo malo no es que ésta sea una imagen venida al pelo por la actualidad; es que es la pura verdad. Tómbola nos ha enseñado a mirar al ser humano de una determinada manera. Sin entrar en la dudosa moralidad de los escándalos puestos a secar en el patio público, ha enseñado a mirar sesgadamente al hombre, a quedarse con cuatro datos, los más superficiales y baratos, a jugar con las esquirlas que saltan de las broncas y de las defensas reñidas. Ha enseñado a estereotipar: Pues no se le notan ni nada a Rociíto las operaciones; Uy, Mariñas se está quedando en el chasis; y ésa, lo que habrá cobrado; lo de Yola Berrocal es de juzgado de guardia. Gracias a la cadena pública madrileña, sabemos del hombre a golpe de barrido de cámara.

A Tómbola le han faltado arrestos de profesionalidad para encontrarse de frente con el hombre, y se ha contentado con arrojar sobre él una mirada somera. Triste, pero cierto. Y de aquí surge la pregunta: ¿merece el hombre una mirada somera? Somera, ¡qué palabra más inadecuada para hablar de nosotros! Qué lejos queda de ella el testimonio firme de Juan Pablo II sobre nuestra dignidad: ¿Quién es el hombre, si el Hijo asume la naturaleza humana? ¿Quién debe ser este hombre, si el Hijo de Dios paga el máximo precio por su dignidad? Por eso, en las cadenas de televisión (especialmente en las públicas), se nos tienen que ofrecer niveles de producción en los que se contemple una explicación cumplida y satisfactoria sobre el hombre. Y esto es apremiante, porque así lo exige la propia definición de persona (en palabras de Simone Weil, el alma humana necesita verdad; por eso exige protección ante todo lo que sea falso y sesgado), y porque también lo pide el ámbito civil del juego democrático (por principio, la democracia busca para el ciudadano oportunidades cada vez mejores).

Y en literatura, otro tanto. A los maestros de las letras deberíamos pedirles que se comportaran, utilizando la bella separación que hizo María Zambrano, como autores más que como meros escritores: El autor es el que nos da la palabra que salva al individuo de su aislamiento, palabra que responde a las preguntas de cada uno y de todos, la palabra que nace del silencio planeando sobre él. No es por faltar, pero el perfil de los protagonistas de las novelas de Noah Gordon (uno de los punteros en lista) es bastante romo, y el lector puede salir de las vidas de esos personajes igual que sale de Tómbola, con impresiones y, en definitiva, sin haber atendido al hombre, sin haberle entendido. La ficción también nos habla a gritos del misterio del hombre, como nos ha recordado el escritor Claudio Magris en su reciente libro Utopía y desencanto: La religión formula verdades y la Historia indaga hechos, y es la literatura la que cuenta cómo y por qué los hombres viven esas verdades y esos hechos; cómo los universales se mezclan con las cosas pequeñas, mínimas e ínfimas, con las que está concretamente tejida su existencia.

Antes de la crítica por la trama de trapos sucios exhibidos, deberíamos culpar a Tómbola por haber impedido mirar al ser humano.

Javier Alonso Sandoica