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| Las cosas que nos ocurren en la vida son siempre misteriosas, afortunadamente. Digo esto porque el hecho de que el pacto antiterrorista tuviese tanto que ver conmigo es algo también extraordinario.
Tuve noticia de las acusaciones contra la Iglesia por no haber firmado el citado pacto por mi padre. Yo percibía que de la misma manera que mi vida es una, la Iglesia también es una, y no dudé un instante de las razones que llevaban a la Conferencia Episcopal a no adherirse al pacto. La necesidad de entender bien las razones me llevó a preguntar a ciertos amigos que me ayudaron a entenderlas. Más tarde, llegó a mis manos el juicio sobre dicho tema que se había hecho en el movimiento al que yo pertenezco (Comunión y Liberación), y esto fue decisivo porque en aquel papel (que recoge además el comunicado de la Conferencia Episcopal) se plasmaba la respuesta a mi inquietud. ¿Cómo? Afirmando de dónde proviene la dignidad humana y la posibilidad de experimentar la misericordia de Otro. Esto correspone plenamente con lo que yo soy. Desde hace medio año soy presidenta de la Delegación de estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid, y con motivo de la inauguración de unas nuevas instalaciones en la Facultad de Medicina de esta Universidad, fui invitada al acto que iba a estar presidido por don José María Aznar. |
| Comentando con algunos amigos la invitación, surgió la idea de poder dar el juicio del movimiento sobre el pacto al Presidente. No es que yo sea especialmente atrevida, pero es cierto que el acontecimiento cristiano nos hace libres y nos introduce con ingenuidad y sencillez en las cosas. Como la idea me pareció justa (si aquello había sido un bien para mí, ¿por qué no para don José María Aznar?), después de la presentación y de la visita por el centro, me dirigí a él; le dije mi nombre, que estudio Ingeniería Química, que soy presidenta de la Delegación de estudiantes de la UCM, pero que lo que me llevaba a hablar con él era que, como católica, no estaba de acuerdo con la forma en la que el Gobierno había tratado a la Iglesia en lo referente a este tema, y de ahí mi enfado. Me preguntó si no era con los obispos con los que debía estar enfadada, y yo le repetí que era con el Gobierno; y que quizá el papel que le daba podría ayudarle a entender mejor de dónde nace la postura de la Iglesia, donde el hombre es concebido como misterio y necesidad infinita.
Él cogió el papel e hizo ademán de leerlo por si tenía que defenderse de algo. Pero insistí que podía leerlo cuando tuviese algo de tiempo, porque no era un ataque sino un juicio para entender más. Con la misma sonrisa que había mantenido durante toda la conversación, metió el papel en el bolsillo de la chaqueta y me animó a que mantuviese el ímpetu que me había llevado hasta él. Este ímpetu no nace de un voluntarismo, sino de una pertenencia. Mónica Luis González |