RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Séneca y la movida
El autor de este artículo es Secretario General de la Academia de la Historia Eclesiástica, de Sevilla
Es un término de fortuna ya antiguo, pero todavía actual. Se ha escrito y se ha hablado mucho de la movida. La palabra quiere expresar dinamismo: la juventud que se mueve, que supera barreras, que vive la libertad, que progresa. La vanguardia de esa juventud que bulle, cambia y se agita recibe el nombre de movida.

En estas breves líneas querría fijarme sólo en una característica de este peculiar grupo sociológico, que, a veces y por desgracia, pretende apropiarse del copyright de la juventud (cierta opinión pública identifica a los jóvenes con la movida). Me estoy refiriendo a su nocturnidad. La movida ocurre esencialmente por las noches. Por si alguien ha podido pensar que se trata de una propiedad moderna de esta presunta vanguardia juvenil, ahí está el preciso testimonio de un clásico: Lucio Anneo Séneca.

Estamos en el siglo I. El filósofo cordobés escribe a su amigo Lucilio y se hace eco de su demanda: ¿Preguntas cómo se genera en el alma este vicio de rechazar el día y transferir a la noche vida entera? Antes de responder, describe la movida de su época: Hay gente que ha invertido las tareas del día y de la noche, y no entreabren los ojos fatigados por la orgía de la víspera antes de que la noche vuelva a reaparecer (…) Los cuerpos de estos hombres que se han entregado a las tinieblas se ven repulsivos…, lánguidos y frágiles, están blanquecinos y, aunque vivos, su carne es cadavérica. No obstante, podría afirmar que éste es el menos grave de sus males: ¡cuánta mayor oscuridad hay en su espíritu! (…) ¿No te parece que viven en contra de la naturaleza los que beben en ayunas y van a comer embriagados? (…) ¿No te parece que viven contra la naturaleza los que cambian su vestido con el de las mujeres? (…) Puesto que se han propuesto querer todas las cosas contra el orden de la naturaleza, a la postre se apartan totalmente de ella. Amanece: es tiempo de dormir. Todos descansan: practiquemos la gimnasia, paseemos en litera, tomemos el almuerzo. Se aproxima ya la aurora: es la hora de cenar. No debemos obrar como lo hace el vulgo; es cosa deshonrosa vivir de modo trivial y ordinario. Abandonemos el día que luce para todo el mundo: procuremos una mañana propia y exclusiva para nosotros (Epístola a Lucilio, epist. 122).

Es tarea fácil para la imaginación reescribir el ambiente de cualquier botellona callejera —he aquí otro término de fortuna ligado a la movida juvenil—, que uno puede contemplar en las plazas de una ciudad del tercer milenio sobre la lúcida descripción senequiana que acabamos de leer. Las variaciones son accidentales: en la Roma imperial del siglo primero no había ni botellas de whisky ni litronas de cerveza, pero igualmente corría el alcohol en exceso, se exacerbaba el impulso sexual y se amaba descontroladamente la noche.

Es aleccionador comprobar que lo moderno, cuando no pasa de ser un reclamo sociológico que se utiliza para hacer creer que eso que se tilda de moderno es un valor del progreso, constituye siempre un tremendo fraude. La finura del ingenio de Séneca da en la diana. Él no piensa que lo importante es vivir, sino vivir bien, y que la vida buena no es la buena vida. Entiende, en la línea de toda la ética clásica, que la moral es el arte de aprender a vivir de acuerdo con la dignidad humana. O lo que es lo mismo, en conformidad con la naturaleza —como dice el filósofo cordobés—, o sea, en la libre adaptación a la voluntad de Dios. Por eso, le pregunta a su amigo Lucilio, refiriéndose a los de la movida romana: ¿Crees tú que éstos saben cómo deben vivir, si ignoran cuándo? Cuando por motivos banales se elige la noche para vivir, se pone de manifiesto que uno no sabe vivir. Y la razón la da el mismo Séneca: El motivo por el que algunos se comportan así no está en que piensen que la propia noche presente algún aspecto más agradable, sino en que nada de lo usual les resulta grato, y la luz es molesta para la mala conciencia.

Manuel J. Cociña y Abella