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Lo había soñado? Él había oído: Salve, muchacha; Ave, María. ¿Quién había sido? De acuerdo, estaría soñando; pero él juraría que el nombre de la muchacha, de su adorada muchacha, desde luego, lo había oído con toda claridad
¡Dios, cuánto la amaba!
Te quiero más que una madre o que una hermana, pero nunca seré madre de los hijos que tú querrías. Lo más profundo de mi corazón no te pertenece, ni me pertenece a mí. Mi alma sólo engrandece a Uno, a Él. Pero, cuando estés triste, quiero que sepas, José, que tú eres para mí el predilecto, partícipe conmigo de Quien está a punto de nacer. Que Él te llene con la Verdad. Rezaré para que sufras siempre menos que yo. María se agachaba, exhausta, a unos pasos de la mula y del buey, en aquel rincón de la cueva donde hacía algo más de calor. El silencio era casi material. José echó mano de unos sarmientos para encender fuego. Arriba, las estrellas. Lo preparó todo. Ella gemía. José se acurrucó a su lado y, rendido, entornó los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir, ella tenía en brazos al pequeño, y lo limpiaba y acariciaba. Él, nervioso, no sabía qué hacer, pero enseguida se puso a hacerlo todo. José tenía miedo. Había escapado, pero los soldados a caballo podían alcanzarlos en poco tiempo En compensación, el Niño le miraba ¿pero todos los niños mirarán así? y le sonreía. Y él sentía, allá dentro del alma, una ternura inédita, que no sabía ni cómo ni dónde le había nacido. |
...y el Niño crecíapero ¿qué significaban aquellas palabras que murmuraba Simeón?: Este niño que tienes en tus brazos será signo de contradicción. Y a ti, una espada te traspasará el alma Pero, ¿qué querían decir aquellas palabras, Señor? El chaval crecía como un árbol limpio, y derecho, y fuerte. Ella los ha puesto guapos a los dos. El carpintero lo coge de la mano para dar una vuelta, y piensa para sus adentros: Es como los demás, pero tan diferente ¿Y aquel día que se perdió en la caravana? él creía que iba con su madre, la madre creía que iba con él ¡Dios, qué amargura!; y cuando se lo encuentran en el templo y le preguntan: ¿Por qué nos has hecho esto a tu padre y a mí?, va y les contesta: ¿Pero, por qué me buscábais? ¿No sabíais que me tengo que ocupar de las cosas de mi Padre? Es un chico fascinante, María. Te digo que las chicas no paran de mirarlo. Y ¡cómo lee en la sinagoga! ¿No lo has oído? Obediente, trabajador, alegre Yo no sé qué dirás tú, pero a mí, a veces, me deja con la boca abierta. Habla con seguridad, como con una autoridad Hasta me parece que le noto algo que no sé explicar cuando parte el pan y nos lo da en la mesa. La otra noche me dijo: Me quedé con él un largo rato , y hablamos. Yo le dije que no sabía de dónde sacaba tantas cosas. A veces me gustaría contradecirle, pero no encuentro manera. Le conté cómo le recordaba, de pequeño, jugando con los tarugos y las virutas del taller; y le quise explicar que la vida , que hay amigos y hay enemigos, que no se deje engañar Se me puso a decir que hay que amar a todos y no supe qué decir. Dice que quiere ir a soltar todo eso en la sinagoga. No sabe lo que le espera, si lo hace ¿Sabes qué digo? A veces siento como una angustia rara También yo, José, también yo Recuerdo el día en que se fue al desierto... María me dijo: Cuando volvió, me dijo: vives muchos años, verás el desprecio y la humillación y la muerte de tu hijo. Y yo le corté: . Ahora que se moría, entendía José las palabras, de treinta años antes, del viejo sacerdote Simeón. María le tenía cogidas las manos, y le recordaba cosas De repente, se abrió la puerta y entró el extranjero. Eso le pareció a José. Pero, aquel extranjero No, no; era Él Jesús. Le cogía también las manos y, en el último instante, José, el Varón Justo, juraría que había visto lágrimas en los ojos de los dos, de la Madre y del Hijo. ¿Se puede pedir más? Alfa y Omega |