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No son infrecuentes en nuestro país, y menos en medio de las polémicas de estos días en torno a la Iglesia y el terrorismo, las acusaciones hacia el clero, injustificadamente generalizadas, a veces incluso virulentas, porque se mete en política. No cabe duda de que los sacerdotes no están para militar en partidos políticos, realizando funciones que no les corresponden la autoridad eclesiástica ya lo ha señalado, y ya ha actuado, cuando ha sido preciso, con toda claridad; están para algo más trascendente, y en el fondo también más a ras de tierra. Están para lo realmente indispensable en la vida: para que ésta se cumpla. En la medida en que así es, el pueblo cristiano, y toda la Humanidad, gozan sin duda de su mejor tesoro. |
| Ahí está el precioso testimonio de tantos sacerdotes, algunos de ellos numerosos beatificados por el Papa el domingo pasado, que han derramado su sangre precisamente por eso, por ser auténticos sacerdotes, como lo prueba asimismo el martirio de tantos laicos que los acompañaron en la confesión de la fe, de esa Gracia que, en palabras del salmista, vale más que la vida. Tales testimonios, de modo incontestable, hablan por sí solos del grado de humanidad de un pueblo que tiene tales sacerdotes; y al mismo tiempo, sin duda, del de unos sacerdotes que son llamados de tal pueblo. Es toda una interrelación fantástica de humanidad verdadera que sólo se da en la Iglesia, pecadora, sí, pero en la que sigue vivo, y actuante, Aquel que es el Principio y el Fin de todos y de todo.
No es el sacerdocio una carrera de moda en los tiempos que corren. A la hora de inscribirse en la Universidad, la moda que la cultura dominante marca a los jóvenes es buscar aquello que les dé salidas; en definitiva, dinero, por encima, en muchos casos, de la profesionalidad. Triste futuro, pero no únicamente para quien se encamina al sacerdocio. Cualquier joven que cercene de este modo su deseo infinito de plenitud, ciertamente, no puede ser feliz. Eso sí, el dinero le fabricará toda clase de sucedáneos, pero su destino inexorable no es otro que la tristeza. Justamente para que los jóvenes, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, no vean reducido, cada día que pasa de la vida, ese horizonte infinito de su corazón, que no puede fabricar hombre alguno, es preciso mostrarles y entregarles la Respuesta. Ésa es la vocación sacerdotal. Aquel que es la Respuesta definitiva de la vida ha llamado de entre los hombres, como se dice en nuestra portada, a pobres ministros, vasijas de barro, pero que portan y transmiten la riqueza verdadera de la vida, que no se corrompe y salta hasta la vida eterna. Ser llamado a este ministerio, efectivamente, no sólo llena la vida de los propios sacerdotes. Nos llena la vida a todos. Éste, y no otro, es el único y verdadero sentido del Día del Seminario. |